MISA DE SAN JOSEMARÍA EN LA CATEDRAL DE SANTIAGO

El día 28 de junio, a las 20,15 horas, miles de fieles abarrotaban la Catedral, en donde el Vicario del Opus Dei para Galicia, D. Ángel Lasheras, y casi un centenar de sacerdotes, presididos por el Arzobispo de Santiago de Compostela, Mons. Julián Barrio, concelebraron la Santa Misa en Honor de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.
Él mismo fue peregrino compostelano en el año 1938.
Como celebramos el Año Santo Compostelano, todos los asistentes pudieron ganar la indulgencia jubilar, para lo que hubo también muchos confesores disponibles para atender a los asistentes que lo desearan.
Ofrecemos la Homilía que pronunció el Señor Arzobispo
Homilía del 28-VI-2010
1. Como proclamaremos en el prefacio de la Misa de hoy, Común de Pastores, la Iglesia entera es robustecida por el ejemplo de los santos, es guiada por su enseñanza y es protegida por su intercesión (Prefacio), que vemos en San Josemaría, Fundador del Opus Dei, cuya memoria conmemoramos hoy, en este Año Santo Compostelano, aunque en el calendario litúrgico se celebra su fiesta el 26 de junio, día en que terminó su peregrinación terrena hace ya 35 años.

2. En la providencia de la venida del Papa a Santiago, hoy quisiera fijarme en el amor y la veneración por la Iglesia y por el Papa que siempre caracterizaron a San Josemaría, considerando que esto puede ayudar a prepararnos para la peregrinación de Benedicto XVI el próximo 6 de noviembre a la Tumba del Apóstol Santiago. Cuando el Fundador del Opus Dei todavía era un joven sacerdote, escribió estas palabras en uno de los primeros documentos sobre el espíritu del Opus Dei, fechado en 1934: "hemos de dar a Dios toda la gloria. Él lo quiere: mi gloria no la daré a otro (Is 42, 8). Y por eso queremos nosotros que Cristo reine, ya que por Él, y con Él, y en Él, es para ti Dios Padre Omnipotente en unidad del Espíritu Santo todo honor y gloria. Y exigencia de su gloria y de su reinado es que todos, con Pedro, vayan a Jesús por María" (Instrucción, 19-III-1934, nn. 36-37).

Como manifestación de esta veneración por el Papa, a veces en los primeros años de la Obra, contaba a sus hijos algún detalle entrañable como por ejemplo, que cada vez que rezaba el Rosario, cuando todavía vivía en Madrid, concluía esta oración con una comunión espiritual, imaginando que recibía la Hostia Santa de manos del Papa, en su capilla privada. Esta y otras pequeñas estrategias humanas le ayudaban a acrecentar el amor por la Iglesia, y a fomentar una unión más estrecha, afectiva y efectiva, con el sucesor de San Pedro.

Conociendo este detalle de su vida interior, podemos imaginar el sentimiento espiritual de San Josemaría cuando llegó a Roma, en junio de 1946: al ver la cúpula de la Basílica de San Pedro por primera vez, la emoción interior del Fundador del Opus Dei se tradujo en el rezo de un Credo, cuyas palabras saboreó una a una, como profesión de la fe cristiana.

Y una vez llegados a la Ciudad Eterna, San Josemaría y las personas que estaban con él se dirigieron al primer Centro del Opus Dei en Roma, muy cerca de los muros vaticanos. Mientras los demás se retiraban a descansar, San Josemaría se entretuvo en una pequeña terraza de la casa, que daba a las del apartamento del Papa. Gracias a las luces encendidas de las ventanas podía seguir el trabajo del Sucesor de San Pedro, que era entonces Pío XII. Aquellas circunstancias fueron para el Fundador del Opus Dei una ocasión más para intensificar su íntima unión con el Santo Padre. Cuando se apagaron todas las luces, él permaneció recogido en oración hasta el amanecer, y así transcurrió su primera noche romana.

Encontramos aquí un primer momento de reflexión del que podemos sacar consecuencias prácticas como la de preguntarnos si nos acordamos de rezar cada día por Benedicto XVI, de ofrecer por él y por su misión universal nuestro trabajo y alguna pequeña mortificación durante el día, y de conocer sus enseñanzas, de ponerlas en práctica y transmitirlas a otras personas.

En la Misa del inicio de su Pontificado pidió a todos los cristianos que le acompañáramos con la oración. Os recuerdo sus palabras: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros (BENEDICTO XVI, Homilía del inicio del pontificado, 24-IV-2005).

3. San Josemaría amaba profundamente a la Iglesia; la consideraba como escribía San Pablo, resplandeciente, sin mancha, ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada (Ef 5, 27)

Nos ha dejado un ejemplo luminoso de cómo distinguir entre la santidad de la Iglesia y las faltas de sus miembros sobre la tierra. No se escandalizaba de los errores de los cristianos, que son siempre episodios personales y que no pueden ser imputados de modo general a la Iglesia, a los obispos, a los sacerdotes, al conjunto del pueblo de Dios. Al contrario, si alguna vez era testigo, u oía hablar, del comportamiento reprochable de un miembro de la Iglesia, este hecho le llevaba a acrecentar la fe en el Espíritu Santo y en la Iglesia. Por eso, escribió en una de sus hornillas: demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos y de miserias, en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia — por alto que esté colocado en virtud de su función –, sintiese disminuida su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada ni por Pedro, ni por Juan, ni por Pablo; está gobernada por el Espíritu Santo, y el Señor ha prometido que permanecerá a su lado todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20) (San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI.1972).

Conocéis bien lo que contó también muchas veces el Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo: San Josemaría solía acercarse a rezar a la Basílica del Vaticano. Durante muchos años lo hacía casi a diario. Frente a la Basílica recitaba el Credo, intercalando algunas palabras: cuando llegaba a la frase creo en la Santa Iglesia Católica..., decía siempre tres veces seguidas: creo en mi Madre la Iglesia Romana, a pesar de los pesares. En una ocasión creyó oportuno contar esta devoción suya al entonces Secretario de Estado del Vaticano, el Cardenal Tardini, y cuando éste le preguntó qué quería decir con aquel 'a pesar de los pesares', San Josemaría le respondió con simpatía: sus errores personales, Eminencia, sus errores personales y los míos (MONS. ÁLVARO DEL PORTILLO, nota al número 84 de la Instrucción de San Josemaría, fechada en mayo de 1935/14-IX-1950).

Es la hora propicia para pedir a Dios que nos conceda una fe y un amor por la Iglesia profundos, como los de San Josemaría. Él aseguraba, con frase muy incisiva, que estaba dispuesto a morderse la lengua, antes que hablar de los defectos o de las faltas ajenas. También nosotros debemos evitar hablar mal de los demás. Más aún cuando están en juego la Iglesia, sus representantes, sus instituciones.

Al contrario, estamos llamados a defender a la Iglesia de los ataques que recibe, sin permanecer callados por respetos humanos o por miedo, exponiendo serenamente la verdad que pueda haber sido mal interpretada, pero sin alzar la voz, sin faltar el respeto a las personas. Para hacerlo así, es necesario formarse bien... Y esto debe estar bien arraigado en una vida de oración alimentada por la meditación personal y por la frecuencia de sacramentos.

Sólo así estaremos en condiciones de transmitir el mensaje lleno de esperanza, que Benedicto XVI está transmitiendo a toda la iglesia y que a nosotros nos dirigía con ocasión del Año Santo Compostelano: el lema "Peregrinando hacia la luz", así como la Carta pastoral para esta ocasión, "Peregrinos de la fe y testigos de Cristo resucitado", siguen fielmente esta tradición y la reproponen como una llamada evangelizadora a los hombres y mujeres de hoy, recordando el carácter esencialmente peregrino de la Iglesia y del ser cristiano en este mundo (cf. Lumen gentium, 6.48-50) (BENEDICTO XVI, Mensaje al Arzobispo de Santiago de Compostela con ocasión de la apertura del Año Santo Compostelano, 19-XII-2009).

El apostolado se debe ejercer con las personas cercanas y con las que están más lejos, porque todos tienen el derecho de conocer a Cristo... A todos nosotros el Señor nos está pidiendo que con nuestro ejemplo, con nuestra palabra, en la vida ordinaria, nos esforcemos por acercarle a todas las personas que tenemos a nuestro alrededor: nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo...

Es el mismo Jesucristo quien nos lo indica cuando nos dice: remad mar a dentro y echad vuestras redes... Es verdad que los tiempos actuales son difíciles para Iglesia: no le han faltado al Papa ataques provocados por quienes están empeñados en marginar a Dios en el horizonte de la sociedad de los hombres; tampoco han estado ausentes los sufrimientos ante la incoherencia y los pecados de algunas personas llamadas a ser luz del mundo... Nada de esto ha de extrañarnos, pues las dificultades forman parte del camino ordinario del cristiano, ya que no es el discípulo más que el Maestro, como anunció Jesucristo: si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 15, 20). Al mismo tiempo, no olvidemos lo que añadió el Señor: si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra (Ibidem).

Reafirmemos nuestra confianza absoluta en Dios. Los cristianos tenemos esta atractiva misión: transmitir a las personas con las que convivimos, con fuerza y con convicción, que quien deja entrar a Cristo en su vida, quien se da a Cristo, no pierde nada, sino que recibe el ciento por uno. Que si nos decidimos abrir de par en par las puertas a Cristo, como nos decía Juan Pablo II y nos reitera Benedicto XVI, entonces encontramos la verdadera vida, la que merece la pena vivirla.

A lo largo de estos cinco años de su pontificado, el Santo Padre ha mostrado de un modo incansable que Dios es Amor y que no se comienza a ser cristiano como fruto de una decisión ética o de una gran idea, sino por el encuentro con una Persona -Jesús de Nazaret- que abre un nuevo horizonte a la vida (Deus Caritas est, 1). En el mundo en el que Dios podría aparecer ausente o alejado, desentendido de los hombres, la catequesis del Papa lo acerca a la vida cotidiana, al caminar del hombre y de la mujer del siglo XXI.

De verdad, el panorama que tenemos por delante es apasionante y sugestivo: todos hemos de ilusionamos para llegar a más personas, siendo verdaderos testigos del amor de Dios por los hombres, por cada uno de nosotros, sembrando a manos llenas el bien y la verdad, y ayudando a que las personas que nos rodean pongan a Jesucristo como centro de su vida. En definitiva, nuestra preocupación debe ser alcanzar lo que decía San Josemaría a sus hijos: ser sembradores de paz y de alegría.

Pedimos al Señor que acreciente en nuestra alma el deseo de llevar a muchas personas a frecuentar el sacramento de la Reconciliación, a participar en la Santa Misa recibiendo la Sagrada Comunión, y a fomentar el espíritu de oración, mensaje tan propio del Año Santo Compostelano, Año de la Gran Perdonanza. Éstas son las intenciones que hoy, por intercesión del Apóstol Santiago y de San Josemaría, ponemos en las manos de la Virgen María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Que Ella las haga fructificar en nuestra vida y en nuestro trabajo cotidiano. Así sea.

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