HOMILÍA DEL PRELADO EN LA ORDENACIÓN DE SACERDOTES DEL OPUS DEI



Homilía de Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei
Ceremonia de ordenaciones sacerdotales - Torreciudad

5 de septiembre de 2010





 
Queridísimos hermanas y hermanos, queridísimos ordenandos. Hemos cantado Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam! Tenemos que hacerlo dando gracias al Señor por ser Él quien es. Y es importante que salga de nuestra alma este grito con frecuencia, porque además, Dios quiere conversar con cada una y con cada uno de nosotros. Su infinitud y su perfección también se traducen en esa cercanía con las pobres criaturas que somos nosotros. Y hoy, con esta ceremonia en la que estamos participando, nos dice también que habla con nosotros a través de sus ministros, y concretamente, de estos dos nuevos sacerdotes que serán dispensadores, como los demás ministros, de la gracia de Dios a través de los sacramentos y la predicación de la Palabra.
Hace poco más de dos meses ha concluido el Año Sacerdotal convocado por Benedicto XVI para que todos, todas y todos, cada una y cada uno, sintamos esa responsabilidad de pedir diariamente por la santidad de los sacerdotes, y aumente el número de vocaciones sacerdotales en el mundo entero, de forma que acudan a los seminarios muchos hombres decididos a querer ser fieles ministros del Señor. Y también hemos de aprovechar esta ceremonia, y nuestra vida, para pedir que los católicos, hombres y mujeres, sintamos esa alma sacerdotal que el Señor ha querido confiarnos, porque a cada uno de nosotros, a cada una, a cada uno, la Trinidad Santísima ha confiado su Iglesia. Y ser Iglesia, que eso somos, nos debe llevar a tomar conciencia de que hemos sido llamados a continuar en el tiempo la misión que Dios Padre confió a Jesucristo para obtenernos la salvación y la liberación de nuestros pecados.
Hay unas palabras en la carta a los Hebreos, que están tomadas de un profeta y dirigidas de modo singular al Redentor, a Jesucristo que, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, tomó nuestra naturaleza con todas las limitaciones propias de la naturaleza humana menos la del pecado.
Y dice ese texto de la carta a los Hebreos: corpus autem aptasti mihi (…), ut faciam, Deus, voluntatem team (Heb. X, 5, 7). Estas palabras se pueden aplicar a cada una y a cada uno de nosotros, y cómo no sentir la alegría y la responsabilidad de la confianza divina, que se apoya en cada una y en cada uno de nosotros para continuar en el tiempo esa misión de Jesucristo, enviado por el Padre, movido por su amor misericordioso, para que nosotros tengamos participación en la vida divina.
Por lo tanto, no caben excusas. No cabe decir “es que yo soy débil”, “es que no tengo condiciones”, “es que me falta garra y gancho para el apostolado”… No, Dios espera de nosotros una lealtad y una coherencia de vida que nos lleve, nos empuje a identificarnos con ese Cristo que San Josemaría llamaba con confianza “Cristo nuestro, Jesús mío”. Que nos lleve a identificarnos con Él para que, a través de nuestra vida, muchas personas le conozcan y le traten. De todos, de todos nosotros, de todos los católicos, espera el Señor lealtad. De todos espera que no le dejemos solo. Y entra aquí la conjunción entre esa lógica divina, que no se entiende más que por su infinito amor y su misericordia, la conjunción entre esa lógica divina y la respuesta humana. Lo hemos encontrado en las lecturas que hemos escuchado precedentemente, cuando el profeta sí, se dirige en este caso a los ministros, pero todos somos continuadores, como os he señalado, de la misión de Cristo… Y se dirige a nosotros señalándonos como pastores que tenemos que sembrar en el mundo entero esa semilla de paz y de alegría, de reconciliación con Dios, que ha venido a traer nuestro Señor Jesucristo a la tierra.
San Pablo nos dice, con la fuerza del hombre enamorado de la gracia, el hombre enamorado de Cristo, como debemos ser nosotros, nos dice “la caridad de Cristo nos urge”. El amor de Cristo, las ansias de salvación, tienen que ser para nosotros una comezón diaria que nos lleve a rezar y a movernos para que a nuestro alrededor se conozca más al Salvador. Podemos vivir todos la jornada de hoy y todas las jornadas, con la convicción, el convencimiento, de que estamos en condiciones de realizar todo nuestro quehacer, ¡todo nuestro quehacer!, con alma sacerdotal que, como volvía a explicar una y otra vez San Josemaría, se traduce en esas ansias, en esas hambres de tratar más y más a Jesucristo, de amar más y más a todas las almas. Y permanecer con una fidelidad y una lealtad a la fe que nada haga desfallecer. Un programa que todos estamos en condición de cumplir.
Nos encontramos en el santuario de Torreciudad, dedicado a Nuestra Señora de los Ángeles, a esta Virgen, Madre de Dios y madre nuestra, mujer eucarística, gran corredentora, y acudimos a Ella para que nosotros vivamos esa paradoja de que, siendo poca cosa, sin embargo podemos y debemos ser otros Cristos, el mismo Cristo. Y por eso os pregunto y me pregunto, con aquella incisiva demanda que hacía san Josemaría: “¿Cunde a tu alrededor el amor de Dios, el conocimiento del Señor?”. Y eso, ¿dónde? En el trabajo, en las amistades, y desde luego, en vuestro hogar.
Tenemos que ser vínculos de unidad con el Señor y vínculo de unidad entre nosotros por el alma sacerdotal.
Hay unas palabras en el Evangelio, de ese Señor Nuestro Jesucristo, todo amor, todo comprensión, que nos revelan esa entrega continuada que vivió y que nos pido a todos los que hemos sido llamados a la fe católica. Dice el Evangelio, hablando con sus discípulos, a los que quiere con locura como nos ama a nosotros, dice el Señor Jesucristo dirigiéndose a su Padre Dios: pro eis sanctifico meipsum (Ioan. XVI, 19). “Me santifico por todos…”. Y eso nos trae a la cabeza la idea clara de que la gente que se acerque a nosotros debe llevarse, como también exhortaba el fundador del Opus Dei, la garra de Dios, el amor de Dios. Ojalá, ojalá quienes se acerquen a nosotros por cualquier circunstancia puedan exclamar “he conocido a una persona o me ha hablado una persona que es consciente y responsable del don que ha recibido para transmitir con su vida, con su actuación, la fe que el Señor ha depositado en su alma”.
Y vosotros dos, nuevos ministros del Señor, mirad perseverantemente al Señor para orar en todo como Él lo haría. Y no puedo silenciar unas palabras de San Josemaría que escuché meses atrás. Estaba hablando de su labor sacerdotal y de la ayuda que quería prestar a todas las personas a las que se dirigía con su palabra, con su caridad, con su cariño humano y sobrenatural. Y tuvo que tratar a una persona que había probado, que había tocado la indiferencia de la soledad, o la soledad de la indiferencia. Y estaba sumido, sumida esa persona, en una gran tristeza y en una gran manifestación de no querer arrancar. Fue nuestro Padre tras esa persona, con toda la búsqueda del buen pastor, y provocó que aquella alma abriese su contenido. Y nuestro Padre nos decía, y a mí es lo que me llamó la atención: “Viendo su situación –lo hacía siempre, pero de manera particular en esa ocasión en que tocaba la dureza de la indiferencia que había padecido aquella persona, y decía nuestro Padre- le traté como pensé que Cristo lo habría hecho”.
Hijos míos, nuevos sacerdotes y todos, que procuremos de verdad tratar a la gente con ese sentido claro de que el Señor se sirve de nosotros para que ellos se encuentren con la alegría de la fe, con la alegría de ese Dios nuestro que nunca nos abandona. Mientras los hombres, las mujeres, podemos dejar a las personas aisladas, Dios siempre con nosotros, siempre nuestro Dios, siempre nuestro amor, siempre nuestro punto de referencia. Pues hijos queridísimos, nuevos sacerdotes, no ceséis de pensar que, al recibir el Espíritu Santo por la imposición de las manos del Obispo, la Trinidad Santísima os conforma sacramentalmente a Cristo. Es para vosotros, y para todos los sacerdotes, y para todos para que nos ayudéis a los sacerdotes, una gran alegría y una gran responsabilidad. Todos los sacerdotes, todos, también los fieles, las mujeres y los hombres con su alma sacerdotal, todos, como decía también San Josemaría, debemos de luchar cotidianamente para no defraudar a Dios, para no defraudar a la Iglesia, para no defraudar a nuestros hermanos, las mujeres y los hombres, para no defraudar a tantas personas que, sin saberlo o sabiéndolo, van buscando esa verdad que les falta en sus vidas.
Pues, hijos míos sacerdotes, que cuidéis vuestro ministerio cotidianamente y especialmente en tres momentos: la Santa Misa, la administración del sacramento del perdón, vuestra predicación.
Pensemos todos, especialmente los sacerdotes, que en la Santa Misa llevamos y nos acompaña toda la Iglesia, y que la Misa debe ser para todos, para todos, el centro y la raíz de nuestra vida, y sobre todo de la vida sacerdotal. Celebrad con piedad, si siempre hemos de ser ministros de Dios, me atrevo a decir que en esos momentos de la Misa somos más de Dios. Y al participar en la Misa los fieles somos también más de Dios. Vivamos esos tiempos con el recogimiento debido, exterior e interior. Todavía recuerdo cómo en más de una ocasión San Josemaría, recogiendo unas palabras que había escuchado de un obispo santo, que decía a sus sacerdotes “¡Tratádmelo bien! ¡Tratádmelo bien!”, y eso lo recogió este sacerdote santo para predicarlo y, sobre todo, para predicarlo con su vida. Pues os pido, por favor, os pido en el nombre de Dios, con la fuerza de ese sacerdote santo San Josemaría, que tratéis todo lo mejor posible a ese Dios nuestro. Y que escuchéis en el fondo de vuestra alma ese grito: ¡Tratádmelo bien! ¡Tratádmelo bien!
Después, sacerdotes, vosotros que sois exportadores del perdón de Dios, sed pregoneros, con esa administración del sacramento del perdón, de que tenemos todos un Dios que desea perdonarnos, que no se asusta de nuestras miserias, que nos recibe como el buen pastor, como aquel padre del hijo pródigo para abrazarnos y para hacer, como decía nuestro Padre traduciendo un poco libremente el Evangelio, para “comernos a besos”. Porque queremos ponernos nuevamente en su amistad. En el confesonario os espera Cristo, y en el confesonario os esperan las almas. ¿Para que? Para que todos, también los sacerdotes, recibamos ese sacramento del perdón que nos pone a bien con Dios y que San Josemaría, precisamente por esa amistad que nos trae el perdón de los pecados, llamaba “el sacramento de la alegría”.
Terminamos rezando nuevamente por los sacerdotes. Quiero leeros unas palabras de Benedicto XVI comentando la labor del sacerdote. Porque tenemos que pedir por todos los sacerdotes del mundo. Y decía el Papa actualmente reinante, a quien tenemos que encomendar con todo el corazón de hijos: “El sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar, en nombre de Dios, la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia también sobre las ofrendas del pan y del vino las palabras de acción de gracias de Cristo que son palabras de transustanciación, palabras que hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre. Son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él”. Y luego subrayaba el Papa: “Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos, que aun conociendo nuestras debilidades considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra ‘sacerdocio’”.
Hijos míos sacerdotes, sed conscientes de esa audacia de Dios contando con nosotros, y vosotros, mujeres y hombres, sed también conscientes de esa audacia de Dios que quiere servirse de vuestras vidas para que las personas se acerquen al Señor.
Ahora me dirijo a las familias de los dos ordenandos. Cuántas cosas os diría San Josemaría si estuviese físicamente entre nosotros. Os las dice desde el Cielo. Os daría las gracias porque habéis colaborado en la formación y habéis creado un ambiente donde ha podido surgir esta vocación sacerdotal de vuestros hijos o de vuestros hermanos. Pero os diría también que pidieseis por todas las familias que tienen algún miembro, alguna persona que haya sentido la llamada de Dios y que vean en eso como una especie de obstáculo. Rezad por esas familias para que se abran a la Voluntad, a esa audacia de Dios, y que tengan la gran alegría, como la tenéis vosotros, padres y hermanos de los nuevos sacerdotes, de que el Señor se haya dignado elegir a uno de vuestra familia para que, siendo su ministro, lleve la paz de Dios a todo el mundo.
Nuevamente acudimos a Nuestra Madre de Torreciudad, Nuestra Señora de los Ángeles. Le pedimos, uniéndonos… Aquí, en esta nave, estaba sentado San Josemaría mirando embelesado su imagen. Nos unimos a esa oración de entonces y de toda su vida, para pedirle a nuestra Madre de la Iglesia, que cuide del Papa, que cuide de los sacerdotes, que cuide de todos los fieles, que cuide de toda la humanidad, para que nosotros queramos ser mujeres y hombres leales a Dios. Así sea.


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