HOMILÍA DEL PRELADO DEL OPUS DEI EN LAS ORDENACIONES



Homilía que pronunció Mons. Javier Echevarría en la basílica de san Eugenio (Roma) el 14 de mayo de 2011


1. Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos ordenandos.
Tenemos la alegría de asistir a la ordenación presbiteral de 35 diáconos de la Prelatura del Opus Dei. En esta ocasión, el evangelio de la Misa es especialmente significativo, pues nos habla de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.
La imagen del pastor es clásica en la tradición bíblica y cristiana. Ya en el Antiguo Testamento, los reyes ungidos para regir al pueblo de Israel en nombre de Dios se designaban a sí mismos como pastores, siguiendo una antigua costumbre del Oriente medio. También Moisés, a quien el Señor puso al frente de su pueblo para liberarlo de la esclavitud de Egipto, había desempeñado el oficio de pastor; e igualmente David, a quien Dios mismo eligió y prometió que de su descendencia saldría el Mesías. Y en los tiempos del exilio babilónico, los profetas alentaron al pueblo prometiendo, de parte del Señor, unos pastores según su corazón, que lo alimentarían con la ciencia y la doctrina.
Eran alusiones, más o menos claras, al verdadero Pastor de las almas, que sólo en Jesucristo alcanzan pleno cumplimiento. Él no cometió pecado, ni en su boca se halló engaño, exclama San Pedro. Subiendo al madero, Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia (1 Pe 2, 24). Y, después de morir, resucitó de entre los muertos y subió al Cielo, donde está sentado a la derecha del Padre. Con el tiempo pascual estamos conmemorando la victoria de Cristo. Hoy le damos gracias de todo corazón, porque —además de redimirnos— ha establecido en la Iglesia, mediante un sacramento específico, el oficio sacerdotal. Jesús mismo, por medio de los obispos y presbíteros, prosigue ahora en la tierra su misión salvadora, dispensándonos la gracia que nos mereció en la Cruz. Por sus llagas —concluye San Pedro en la segunda lectura de la Misa— fuisteis sanados. Porque erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas (1 Pe 2, 24-25).
¡Eficacia de la Cruz de Cristo! Sin unión al santo madero, no aprovecharemos los frutos de la Redención; pues —como escribió San Josemaría— ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz[1].
2. Hace algunos años, administrando el sacramento del Orden a un grupo de diáconos, Benedicto XVI señalaba que, en el pasaje del Evangelio de este IV Domingo de Pascua, «el Señor nos dice tres cosas sobre el verdadero pastor: da su vida por las ovejas; las conoce y éstas le conocen a Él; y está al servicio de la unidad»[2]. Recemos para que estos hermanos vuestros, y todos los sacerdotes de la Iglesia, tengan siempre presente las características del buen pastor.
En primer lugar, el Evangelio nos dice que el Buen Pastor da la vida por las ovejas. Esto significa que «el misterio de la Cruz está en el centro del servicio de Jesús como pastor: es el gran servicio que Él nos presta a todos nosotros. Se entrega a sí mismo, y no en un pasado lejano»[3]. ¿Qué es la Santa Misa, en efecto, sino la presencia del Sacrificio del Calvario, que se actualiza de modo sacramental en nuestros altares por mediación de los sacerdotes? Por eso, hijos míos diáconos, desde este momento, renovad el propósito — que ya fomentabais como cristianos— de seguir el ejemplo de Nuestro Señor. A partir de hoy, la celebración cotidiana de la Eucaristía ha de ser —especialmente para vosotros— el momento central de cada jornada; y también debe ocurrir en todos que la Santa Misa sea el centro y la raíz de nuestra vida, de cada día de nuestro caminar terreno. A todos os pido que vuestra existencia se funda con la de Jesús eucarístico.
Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa —adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo—, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad[4].
El Buen Pastor conoce a sus ovejas y éstas le conocen a Él, vuelvo a recordaros. Es otra característica señalada por Jesucristo. La Iglesia os confiere la misión de servir a todas las almas, y especialmente a los fieles de la Prelatura del Opus Dei, para cuyo servicio recibís hoy la ordenación presbiteral. Habéis entrado en el redil por la puerta, que es el mismo Jesucristo, mediante la especial identificación con Él en el sacramento del Orden presbiteral. Y esto os exige el deber de preocuparos de las almas que se os confíen, una por una.
Repasad el consejo que nuestro Padre —que tanto ha rezado por vosotros— daba a sus hijos sacerdotes. Es preciso que seamos como el cañamazo, que no se ve, para que los demás brillen con el bordado del oro y de las sedas finas de sus virtudes, sabiendo ponernos en un rincón, a fin de que vuestros hermanos luzcan con su trabajo profesional santificado, en su estado y en el mundo, de modo que podáis decir: pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17, 19); por amor de ellos me santifico a mí mismo, para que sean ellos santificados en la verdad[5].
3. La preocupación santa por el pusillus grex, por el pequeño rebaño que la Iglesia os confía, lleva a la tercera característica señalada por el Papa: el amor a la unidad. San Josemaría insistió mucho en que los sacerdotes han de ser instrumentos de unidad. Ejercitad el ministerio con esta característica tan propia del buen pastor, que se desvive por todos, sin distinciones. Y, lógicamente, permaneced estrechamente unidos al Romano Pontífice y a los Pastores de las Diócesis en las que desarrollaréis el ministerio. Recemos por el Cardenal Vicario.
Como los demás sacerdotes del Opus Dei, no os limitéis a atender las necesidades espirituales de vuestras hermanas y de vuestros hermanos en la Obra, y de las almas que acudan a vosotros. Vuestro corazón, unido al Corazón de Jesús, os impulsará a llegar más lejos, a estar disponibles para todos; más aún, yendo a buscarlos.
Así seréis siempre instrumentos de unidad y de cohesión: con vuestro sentido sobrenatural de la vida, con vuestra oración, con el ejemplo constante de vuestro encendido trabajo sacerdotal, con vuestra caridad amable, con vuestra mortificación, con vuestra devoción a la Santísima Virgen, con vuestra alegría y vuestra paz[6].
Felicito de todo corazón a los padres, hermanos y parientes de los nuevos sacerdotes: tendréis un intercesor especialmente cualificado ante el Señor. Al mismo tiempo, todo hemos de rezar por ellos más que antes, pues es grande la responsabilidad que han asumido. No les dejéis solos.
Recemos también para que el Señor envíe abundantes vocaciones sacerdotales; también al Seminario de Roma. Pidámoslo a diario a la Santísima Trinidad, a través de Santa María. Y recomienda nuestro Padre: pide que sean alegres, operativos, eficaces; que estén bien preparados; y que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas[7].
Estamos en pleno mes de mayo. Encomendemos a la Virgen, Madre de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, la fidelidad y la santidad de estos hijos suyos. Que Ella los proteja y nos acompañe a todos. Así sea.
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[1] San Josemaría, Forja, n. 882.
[2] Benedicto XVI, Homilía, 7-V-2006.
[3] Ibid.
[4] San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.
[5] San Josemaría, Carta 8-VIII-1956, n. 8.
[6] Ibid.
[7] San Josemaría, Forja, n. 910.

Opus Dei, Vigo