LOS SANTOS ESTÁN DESTINADOS A ENTENDERSE

Recogemos una entrevista realizada por Michele Dolz al Obispo Prelado del Opus Dei Monseñor Javier Echevarría, publicada en la revista Studi Cattolici, cuando aún están recientes la vida ejemplar de Juan Pablo II y el consiguiente reconocimiento que ha hecho la Iglesia proclamándolo como beato el pasado día 1 de mayo en Roma con el apoyo y el afecto del mundo entero y de personas con posiciones ideológicas y religiosas variadísimas.
 Michele Dolz | Todos conservamos aún en los ojos las imágenes de las interminables filas para honrar los restos mortales de Juan Pablo II y la petición – santo subito – que se elevó de la plaza ya el día de su funeral. Pasados seis años, y ante su inminente beatificación, es natural recordar y reflexionar sobre tan imponente figura. Muchos lo han hecho y lo harán.

Hoy hablamos con mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, que ha tenido el privilegio de estar muy cerca de Juan Pablo II durante todo su pontificado. Le pedimos recuerdos que ayuden a comprender la persona del nuevo beato. Como es lógico, nos detendremos especialmente en la relación de Juan Pablo II con el Opus Dei.

¿En qué medida intervino Juan Pablo II en el gobierno del Opus Dei? ¿Dio indicaciones?
Lo más importante, claro está, fue la erección del Opus Dei en Prelatura personal, acto con el que ponía esta parte de la Iglesia formada por laicos y sacerdotes, hombres y mujeres de toda clase y condición, bajo la jurisdicción de un prelado para que – también con su presbiterio – sirviera mejor a la Iglesia universal, en comunión con las iglesias particulares.
Por lo demás, sugería al Prelado iniciativas apostólicas, ya que estaba muy convencido de la eficacia del apostolado personal de cada fiel del Opus Dei y de quienes – personas de todos los ambientes de la sociedad – se acercan a la labor apostólica de la Obra.
Una petición expresa del Papa, por ejemplo, fue la erección del seminario internacional Sedes Sapientiae, en Roma, con el objeto de formar sacerdotes que pudieran ser luego formadores en seminarios de diversos países, también de los que acababan de alcanzar la libertad tras el periodo de dominio soviético.
A sugerir iniciativas de apostolado le animaba también la respuesta de don Álvaro, siempre pronta y fiel. Juan Pablo II venía hablando de la nueva evangelización al menos desde 1981, pero fue en 1985 cuando dio un fuerte impulso a esta prioridad pastoral, sobre todo, en los países de la Europa occidental y América del Norte, donde los síntomas del secularismo iban creciendo de modo alarmante. Una fecha simbólica es la del 11 de octubre de 1985, día en que el Santo Padre concluyó un Sínodo extraordinario de Obispos, celebrado en Roma, invitando a la Iglesia a un renovado impulso misionero, deseo que comentó con el Prelado en una conversación. Don Álvaro se hizo eco inmediatamente de este programa, y ya con fecha 25 de diciembre del mismo año escribió una Carta pastoral a los fieles de la Prelatura, urgiéndoles a colaborar con todas sus fuerzas en esta tarea, que era particularmente necesaria sobre todo en los países de la vieja Europa, Estados Unidos y Canadá.
Monseñor Javier Echevarria, Prelado del Opus Dei, a quien se dirigen las preguntas de esta entrevista. A partir de entonces, redobló su esfuerzo pastoral en este sector, con viajes frecuentes a países europeos. Los años 1987 a 1990 se caracterizan por la extensión de este empeño a otros continentes: Asia y Oceanía, América del Norte y África.
El Papa invitó a don Álvaro a empezar la labor de la Obra en los países escandinavos. Y, naturalmente, en Polonia. Puntualizaba que era muy importante difundir entre el pueblo de Dios en Polonia la necesidad de la dirección espiritual personal y sabía cómo ésta se practicaba asiduamente en el Opus Dei.
Este aliento a seguir en la misión evangelizadora con el espíritu propio del Opus Dei, el Papa lo siguió dando a don Álvaro – como luego hizo conmigo – hasta el final de su vida. El 13 de enero 1994 le concedió una audiencia, en la que el Prelado le informó sobre el desarrollo de la labor apostólica de los fieles del Opus Dei y de otras muchas iniciativas que tenía en proyecto; el Papa insistió sobre la necesidad de seguir empeñándose en la nueva evangelización de la sociedad.
Don Álvaro salía de aquellas audiencias muy reconfortado, con renovada conciencia de la necesidad de hacer siempre el Opus Dei – como había visto en San Josemaría – viviendo en plena unión con el sucesor de Pedro y los demás Obispos.
En esas audiencias, el Papa le dio varias indicaciones, junto al estímulo para continuar en las labores apostólicas que ya se realizaban: por ejemplo, la recomendación de que se trabajara muy a fondo en el apostolado con los intelectuales, especialmente a través de quienes ya se encuentran en ese ambiente, procurando alentarles en su tarea, y mostrarles que la fe y la razón no marchan por caminos separados, y mucho menos opuestos.
Juan Pablo II pensaba que los intelectuales eran personas clave para la nueva evangelización, y se preocupaba de que se les prestara un cuidado pastoral particular. Así mismo consideraba prioritaria la evangelización de los que desempeñan cargos de responsabilidad en el ámbito político y económico, porque es la manera más eficaz de mejorar la situación de todos, en primer lugar de los más necesitados. En este sentido, animaba a los fieles de la Prelatura y a muchas otras personas que trabajan en escuelas de negocios, diciendo: «Si quienes estudian estas materias se hacen cristianos, se convierten, será más fácil erradicar la pobreza».

No hemos hablado aún de la beatificación y canonización de San Josemaría, proclamadas por Juan Pablo II.
El Papa estaba muy contento de elevar a los altares al fundador de la Obra. Como se recordará, antes de la beatificación en 1992 hubo algunas incomprensiones que produjeron un cierto revuelo.
Eran coletazos del diablo para impedir lo que, como dijo Juan Pablo II inmediatamente después de la beatificación, fue «una gran manifestación de fe». Al concluir la ceremonia, el mismo Juan Pablo II manifestó su alegría al ver aquella multitud en recogimiento y oración, y dijo a don Álvaro, que le acompañaba hacia la basílica de San Pedro: «Ahora entiendo por qué algunos sectarios no querían que se diese esta manifestación de fe».
Añadió el Papa que agradecía al Señor que se hubiera celebrado aquella ceremonia, en la que también había beatificado a la Madre Bakhita, canosiana, porque había podido hacer llegar al mundo la situación trágica de la Iglesia en Sudán. En fin, lo que ha quedado para la historia es el bien que la devoción a San Josemaría está haciendo en toda la Iglesia. Y el Papa de esto era consciente.
En la canonización, el Papa definió a San Josemaría como «el santo de lo ordinario», muy en sintonía con aquella idea suya de evangelizar la sociedad a través de la vida ordinaria: en la Iglesia doméstica que es cada familia, en el trabajo, el deporte y las relaciones sociales.

Quizá por eso se entendió muy bien con el Opus Dei, cuyo espíritu es la santificación y el apostolado en la vida ordinaria...
Tengo que aclarar que la veneración y el agradecimiento de los fieles del Opus Dei se extienden a todos los Papas, por la labor que han realizado en bien de la Iglesia universal y porque todos, desde Pío XII hasta hoy, han sido providenciales para el desarrollo de los apostolados del Opus Dei.
Con Juan Pablo II existe una particular deuda de gratitud, porque durante su pontificado han tenido lugar algunos eventos de especial importancia para la historia de la Obra, como la erección de esta parte de la Iglesia en Prelatura personal, la beatificación y canonización de San Josemaría o la creación de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
Desde luego el Papa veía en la Obra un instrumento eficaz en la línea de la evangelización a través de la vida ordinaria.
Pero, al mismo tiempo, diría que no tuvo predilección distinta hacia el Opus Dei: Juan Pablo II fue verdaderamente el Papa de todos, un padre sensible a todos los carismas que el Espíritu Santo suscita. Pienso que, con él, millones de personas se han sentido “hijos predilectos”; y con esta alegría y agradecimiento diarios han vivido los fieles del Opus Dei.

¿Juan Pablo II conocía el Opus Dei desde antiguo?
Durante el Concilio Vaticano II le presentaron, en el Aula Conciliar, a don Álvaro del Portillo, pero luego no hubo más contactos hasta que en 1971 el joven Cardenal de Cracovia Karol Wojtyla, durante un sínodo de obispos en Roma, asistió a una conferencia del Cardenal Höffner organizada por el CRIS, Centro Romano d’Incontri Sacerdotali, que habían promovido algunos sacerdotes del Opus Dei.
En aquella ocasión le pidieron una entrevista sobre el sacerdocio para una publicación del CRIS, porque era interesante escuchar la voz de un obispo que padecía la tiranía comunista.
Tomó nota de las preguntas y al cabo de unas semanas envió treinta y un folios escritos a mano, en polaco. Al principio de cada página – el papel era de muy mala calidad – había escrito una jaculatoria, Totus tuus, y unos versículos tomados de la secuencia al Espíritu Santo: Veni Sancte Spiritus… Dulce refrigerium… In labore requies… O lux beatissima… Reple cordis intima…
En 1974 el CRIS le invitó como conferenciante a un ciclo sobre Exaltación del hombre y sabiduría cristiana. El tema tratado por el Cardenal Wojtyla fue La evangelización y el hombre interior.
Fue un discurso de gran profundidad, con una referencia final a una expresión de mons. Escrivá de Balaguer que este sacerdote consideraba el camino para plasmar en la tierra la paz de Cristo: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo. El texto se publicó después en un libro junto con otras intervenciones suyas. Durante un periodo, siendo ya Papa, Juan Pablo II regalaba este libro a algunas de sus visitas.
Cuatro años más tarde, el Cardenal Wojtyla vino a Villa Tevere, sede central del Opus Dei, a almorzar con don Álvaro. Fue una comida muy amigable. Después, cuando fuimos a hacer la visita al Santísimo Sacramento, el cardenal se arrodilló en un reclinatorio de madera que se conserva allí como reliquia porque fue utilizado por Pío VII y San Pío X. Y por San Josemaría, claro, a quien se lo habían regalado unos sobrinos de San Pío X.
Cuando don Álvaro le explicó estos detalles, inmediatamente el Cardenal Wojtyla se bajó del reclinatorio y se arrodilló en el pavimento después de haber besado la reliquia. Fue un gesto espontáneo de humildad, que no he olvidado.
Tomó mucho cariño a don Álvaro, sobre todo después de su elección a ocupar la Cátedra de Pedro. Las personas santas se entienden muy bien.

¿Podría contar algún recuerdo de sus primeros encuentros con el nuevo Papa?
Inesperadamente el primer encuentro tuvo lugar al día siguiente de la elección, el 17 de octubre de 1978. Mons. Andrea Deskur, un obispo polaco que era entonces Presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, y que era amigo fraterno de don Álvaro y aún más amigo de Karol Wojtyla desde su juventud, se hallaba internado en el Policlínico Gemelli a causa de un ictus sufrido algunos días antes.
El día de la elección del Papa, don Álvaro le llamó por teléfono. No quería darle la buena noticia directamente, para no provocarle una emoción quizá dañina. Se limitó a preguntarle: «Andrea, ¿sabes a quién han elegido Papa?». Deskur respondió: «No podían haber hecho mejor elección». Y añadió: «Mañana lo encontraré». Don Álvaro pensó que el enfermo deliraba: ¿cómo iba a salir del Vaticano el Papa recién elegido?
Al día siguiente don Álvaro fue a visitar a su amigo. Yo lo acompañé. Y qué sorpresa cuando, al salir de la habitación del enfermo, nos dijeron que debíamos esperar en un rincón con otras personas, porque había llegado el Papa y habían bloqueado la salida de la planta.
Mayor sorpresa aún cuando, al abandonar el cuarto del paciente, Juan Pablo II se dirigió hacia don Álvaro y le dio un abrazo. Don Álvaro se conmovió filialmente, y al besar el anillo al nuevo Pontífice, notó que llevaba en la mano el rosario.
Fueron días muy intensos, los del inicio del pontificado. Pudimos ver al Papa con una frecuencia que no hubiéramos imaginado. Por ejemplo, don Álvaro quiso ir a rezar al santuario de La Mentorella, cerca de Roma, para encomendar al nuevo Papa a la intercesión de la Santísima Virgen. Y allí mismo, apoyado en el capó del coche, escribió una postal a Juan Pablo II en la que manifestaba su deseo de ayudarle con la oración; ponía a su disposición las más de sesenta mil Misas que diariamente ofrecían los fieles del Opus Dei por las intenciones de quien hacía cabeza en la Obra: era, precisaba en esas letras, el mejor apoyo que podría entregarle.
Al cabo de pocos días, recibió una llamada telefónica del mismo Papa: quería agradecer aquel gesto; por el tono de voz se percibía que le había conmovido el tesoro que había puesto en sus manos, y se puede decir que se tocaba el gran amor del Pontífice a la Eucaristía. El 28 de octubre, Juan Pablo II le recibió por vez primera en una audiencia informal. Nos encontrábamos también presentes don Joaquín Alonso y yo, y pudimos ver cómo el Papa escuchaba con mucha atención y afecto lo que le refería don Álvaro.
Recuerdo que afirmó con seguridad, dando un significativo y cariñoso golpe con el puño en la mesa, que la Iglesia iba a superar todas las dificultades con la ayuda de la Virgen Santísima, el primer opus Dei, la más importante obra de Dios. Don Álvaro contestó que compartía plenamente aquella esperanza.
También en esos momentos, D. Álvaro le comentó que con motivo de la Sede Vacante, por el inesperado fallecimiento del venerado Juan Pablo I, no se había podido recibir la carta que el nuevo Pontífice, anterior Patriarca de Venecia, había querido enviar con motivo del 50º aniversario de la fundación del Opus Dei.
Añadió Mons. del Portillo que había entendido muy bien que el Opus Dei, de hecho, no era un Instituto Secular y que había que pensar en la solución jurídica oportuna. Nuevamente, refiriéndose a esa carta, Juan Pablo II dijo: «La facciamo!».

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Entrevista publicada en el número 602 (abril 2011) de la revista Studi Cattolici.


Opus Dei, Vigo