TRES ARTÍCULOS CON FONDO

El enigma de la tolerancia intolerante. De qué modo el Estado neutral acaba imponiendo valores
entrevista de michael cook al sociólogo michael case
 profesor de la universidad de notre dame de australia
miércoles 18 de mayo de 2011

En nombre de la tolerancia, algunos gobiernos occidentales actúan de modo intolerante contra grupos que mantienen posiciones distintas a lo “políticamente correcto” del momento. La creencia en la verdad se considera peligrosa, mientras que la imposición del relativismo se presenta como un bien. El sociólogo Michael Casey, profesor de la Universidad de Notre Dame Australia, explica cómo se ha llegado a esta situación.

¿Cuál es el sentido genuino de la tolerancia y a qué se refiere usted cuando habla de la “tolerancia intolerante”?
Originalmente, la tolerancia era una práctica al servicio de la convivencia en las sociedades pluralistas; una forma de convivir y de respetar la libertad de los demás. Pero ahora se ha convertido en un valor absoluto; quizá el valor por excelencia en Occidente.
El problema surge cuando, para crear una sociedad tolerante, las democracias recurren cada vez más a la intolerancia. Una buena sociedad debe protegerse a sí misma y a las minorías más vulnerables frente a los grupos que se niegan a respetar los derechos de otras personas. Pero la “tolerancia intolerante” de la que hablo está dirigida precisamente contra grupos que sí respetan los derechos y las libertades de los demás.
 Esto ocurre, por ejemplo, cuando se tacha de “intolerantes” a los cristianos porque mantienen distinciones legítimas entre parejas que pueden considerarse matrimonio y las que no; o cuando quieren dar preferencia para determinados puestos de trabajo a quienes comparten su fe; o cuando defienden los derechos de los no nacidos y de los discapacitados.
 En su sentido genuino, la intolerancia sería negarse a respetar los derechos de otras personas, pero ahora se ha extendido a algo que de ninguna forma es intolerancia: el derecho a negarse a dar por buenas elecciones con las que no estamos de acuerdo. La “tolerancia intolerante” pretende obligar, en nombre de la tolerancia, a admitir como buenos valores y prácticas con los que se discrepa.

Respetar la libertad de todos
¿Cuándo se forjó el concepto de tolerancia? ¿A quién considera usted como el punto de referencia de la tolerancia en la historia de Occidente?
La fuente más antigua e importante es el escritor latino Lactancio (240-320 d.C.), miembro del séquito de Constantino. Influyó decisivamente en su concepción de la tolerancia cuando éste llegó a ser emperador.
 Su obra fundamental, las Institutiones divinae, contiene lo que posiblemente sea la primera teoría articulada de la tolerancia religiosa. Para Lactancio, la devoción religiosa sólo es auténtica si se practica con libertad. La coerción en cuestiones de fe contradice la naturaleza misma de la creencia religiosa. Si hay un castigo por seguir una religión falsa, solamente Dios puede imponerlo. En definitiva, el respeto a la religión exige respeto a la libertad.
 El tratado contemporáneo más importante sobre la tolerancia es de John Rawls (1921-2002), de la Universidad de Harvard. Según Rawls, el Estado debe ser “neutral” ante las diversas concepciones del bien que defienden los ciudadanos; ha de limitarse a crear un marco político orientado a garantizar una igualdad de libertad y de justicia en el que todos puedan vivir sus propias creencias.
 Aunque la idea suena bien, alcanzar esta meta –sobre todo, para los grupos que parten con desventaja– hace inevitable que el Estado vigile la sociedad cada vez más de cerca. Su lógica es que las creencias que “discriminan” son intolerantes, porque, cuando se llevan a la práctica, violan los derechos de los demás. De modo que para salvaguardar la sociedad tolerante, es preciso restringir la libertad de quienes tienen creencias “discriminatorias”.
 Lo curioso del asunto es que el llamado Estado “neutral” termina aprobando unos valores y prohibiendo otros, según estén de acuerdo o no con los requisitos de moda de la tolerancia. Hoy día, estos requisitos conducen con demasiada frecuencia a concluir que los cristianos coherentes son unos intolerantes.
Si comparamos la concepción de la tolerancia de Lactancio con la de Rawls, observamos una diferencia importante: mientras que la visión de Lactancio tiene su principio y su fin en el respeto a la libertad, la de Rawls funciona como un medio para conseguir una visión concreta de la sociedad buena o justa. Pero la intolerancia aparece precisamente cuando se pone al servicio de un proyecto particular.

El mito del Estado neutral
La filosofía característica de nuestra época es relativismo. ¿Cómo afecta al concepto de tolerancia?
El relativismo parece considerar que la tolerancia es fundamental. Si no hay valores mejores ni peores que otros, y si la verdad (y, por tanto, el juicio entre valores) es inalcanzable, la tolerancia se convierte en la única base para la vida social y política.
 Pero estos son mimbres muy débiles para armar una vida en comunidad. La sospecha que parece estar detrás es que si cada cual insiste en la verdad de sus propias convicciones, terminaremos atacándonos unos a otros para tratar de imponer nuestros valores sobre los de los demás.
 Ante este panorama, la tolerancia se convierte en un dogma de fe que está por encima de todos los otros valores. Para garantizar la armonía social –se argumenta– todos debemos creer en esto y, si es preciso, hay que imponerlo, tarea que corresponde al Estado.
El relativismo refuerza así el mito de que en una sociedad tolerante el Estado es neutral ante diferentes valores. Pero la realidad es que nadie vive de manera neutral.
 Cuando el relativismo es lo que da forma a la vida moral de la sociedad, cualquier actividad consentida entre adultos que no viola la ley se convierte en un “derecho” al que nadie puede oponerse. Y eso con independencia de los efectos nocivos que pueda tener en los individuos y la comunidad.
 No hay verdadera neutralidad cuando el bien no puede ser preferido sobre el mal. Si quieres una sociedad realmente tolerante necesitas que su base sea la verdad, no el relativismo.

Una pasión compartida
Pero creer en la verdad, ¿no lleva necesariamente a discriminar a quienes no aceptan “tu verdad”?
Este planteamiento explica por qué el relativismo está considerado a veces como la única forma de filosofía moral segura para una democracia. Dada la pluralidad de visiones del mundo, de un lado, y la firme insistencia por defender la nuestra, de otro, la verdad parece no sólo inverosímil sino también tiránica.
Vistas así las cosas, se tiende a pensar que cuando la verdad prevalece, las posibilidades de conocimiento, la libertad y la autonomía se reducen. Las ideas sobre lo bueno y malo, lo verdadero y lo falso, causan entonces división e intolerancia.
 Pero esta no es la única interpretación posible. Podríamos escoger otro camino: abandonar la insistencia obstinada de que no existe algo tal como la verdad, o de que es peligrosa; admitir que quizá existe la verdad y que es posible acceder a ella; y que de hecho todos la buscamos, con más o menos acierto.
 Admitir la posibilidad de la verdad, y que todos nosotros compartimos el deseo de encontrarla y de vivir bajo su luz, cambia la situación por completo. No se renuncia a la diversidad, la discrepancia, el escepticismo y la controversia, pero ahora son integradas dentro un camino común. Esto hace que la confianza, la apertura y el respeto hacia los demás –dentro de nuestros diferentes compromisos morales– sean a la vez más firmes y más fáciles. Esto es lo que realmente significa la tolerancia.
 La verdad no es una respuesta dentro de una caja, y tampoco es un garrote. Es el despliegue de la realidad en la cual cada uno de nosotros se encuentra. A donde quiera que nuestra búsqueda de la verdad nos lleve, la aceptación común de que la verdad es lo que todos estamos buscando, cambia las reglas del juego. Nos saca del callejón sin salida de la “tolerancia intolerante”.

Cuando el Estado decide
Un elemento clave de su crítica es el “decisionismo”. ¿A qué se refiere con esta expresión? ¿Cómo degrada la tolerancia?
El “decisionismo” es una palabra fea para expresar una idea empobrecida de la autoridad. En su formulación más sencilla significa que, ante la ausencia de verdad, la autoridad se deriva solamente de la decisión de afirmar un conjunto de valores sobre todos los demás. Coincide con el relativismo en que no hay valores que sean universalmente verdaderos, pero rechaza su conclusión de que entonces todos son equivalentes. El decisionismo es una “solución” al relativismo; supone tomar partido y decidir –sustituyendo así la verdad por un acto de la voluntad– para justificar que unos valores son superiores sobre otros.
 En la formulación adoptada por muchos gobiernos occidentales, el “decisionismo” supone que la decisión de optar por unos valores sobre otros se deja en manos de las mayorías parlamentarias. Siempre que se respete el procedimiento correspondiente, la decisión aprobada resulta vinculante.
 Después se podrá revestir con un ropaje jurídico e incluso moral. Pero la decisión es lo que cuenta y, hasta cierto punto, lo que determina qué es “justo” y “verdadero” en cada caso particular. A falta de una verdad, es el éxito del procedimiento –y su capacidad para resolver controversias– lo que legitima la decisión.
 En consecuencia, si un grupo de ciudadanos –por ejemplo, los cristianos– sigue poniendo pegas a ciertas decisiones alegando que actúan en defensa de la dignidad, la libertad, la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, el matrimonio y la familia natural, la libertad religiosa, la conciencia... se debe actuar contra ellos para hacer cumplir lo que requiere la “sociedad tolerante”.
La solidaridad, fuente de tolerancia

¿Cómo podemos escapar de la “tolerancia intolerante”?
Cuando la tolerancia acaba tratando como intolerantes a los ciudadanos que sí respetan y defienden los derechos y las libertades de los demás, es preciso preguntarse en qué nos estamos equivocando y volver a poner las bases. En mi opinión, una forma de hacerlo es anclar la tolerancia en la solidaridad.
Tal y como hemos llegado a practicarla, la tolerancia convierte las discrepancias en diferencias irreconciliables. No hay entendimiento moral posible, e incluso la idea de una naturaleza humana común es discutida. La única forma de resolver los conflictos de valores sería a través de la afirmación de la voluntad.
 En el fondo, esta tolerancia relativista favorece la sospecha y la desconfianza entre los ciudadanos. También fomenta la dureza y la presunción de querer imponer las propias ideas sobre el resto, incluso con hostilidad. En este contexto, la gente termina por vivir atrincherada con quienes piensan de forma similar, bien para “defenderse” o para “atacar”.
 La solidaridad corrige esta situación. Frente al relativismo, propone el ideal de la tolerancia en la verdad; admitir la posibilidad de que la verdad existe, aunque los caminos para llegar hasta ella sean diversos, constituye un fundamento más sólido para la convivencia.
 Por otra parte, la solidaridad asume que pertenecemos a una sola familia humana. Y como en una buena familia, no nos limitamos a soportarnos de mala gana o resentidos; procuramos enriquecernos con las diferencias de los demás.
 La solidaridad trata a los seres humanos no como átomos independientes, sino como personas que dependen unas de otras para su realización. Somos autónomos, pero nuestra autonomía está modelada por la reciprocidad; por nuestra capacidad para asumir libremente responsabilidades hacia los demás, no solamente hacia nosotros mismos.
 Si la “tolerancia intolerante” ha traído la presunción de que el discrepante es un enemigo, la solidaridad favorece la presunción de que el discrepante puede llegar a ser un amigo.
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(1)        La entrevista se publicó originalmente en MercatorNet.com.

Intelectuales y todólogos
manuel rodriguez rivero
miercoles 18 de mayo de 2011

Hubo una época hoy casi olvidada en que la gente escuchaba a los intelectuales. No siempre lo que decían les gustaba, pero lo cierto es que se les concedía cierta autoridad para hablar públicamente a cuenta de cualidades -morales, intelectuales, cívicas- que parecían haberse ganado. Al intelectual se le atribuía conocimiento, independencia y valentía. De vez en cuando abandonaban su trabajo, espoleados por ansiedades generales, y se dirigían a un público mucho más amplio que el que habitualmente se interesaba por sus realizaciones profesionales. Lo hacían con los medios a su alcance y cuando creían que debían hacerlo. Solía coincidir con momentos en que la gente se mostraba desconcertada y se preguntaba: "Qué pensarán X o Y acerca de esto". Entonces irrumpían en el foro público, atreviéndose a formular en voz alta lo que otros pensaban o temían pero no sabían o podían expresar: denunciaban la corrupción y el abuso de autoridad, aun a costa de las represalias del poder, y apuntaban posibles respuestas. Cuando terminaban, regresaban a su trabajo.
Eran elementos simbólicos fundamentales de un paisaje social muy diferente y que ahora, en la época de las redes sociales y de la comunicación permanente, se nos antoja primitivo o naíf. La historia de cómo perdieron o les fue arrebatada la autoridad y el prestigio que se les concedía tiene que ver no solo con la evolución de la sociedad, sino también con su propia transformación (tempranamente criticada por Julien Benda en La traición de los intelectuales, Galaxia Gutenberg), su venta o alquiler a los poderes que los cortejaban, sus suicidas tomas de posición y sus catastróficos errores de juicio a lo largo del siglo XX, que fue precisamente el de su nacimiento, esplendor y ocaso.
 A los intelectuales se les escuchaba porque tenían voz. No se trataba solo de una opinión más o menos fundada, como la que (mejor o peor) puede leerse o escucharse hoy en los medios, sino de un tipo diferente de voz que surgía de aquella auctoritas socialmente reconocida, y que vehiculaba un discurso más grave y meditado -y, en cierto sentido, más universal-, que no se prodigaba demasiado. A los intelectuales se les escuchaba en las grandes ocasiones porque la audiencia buscaba precisamente su voz. Eran intérpretes de la realidad, aunque a menudo parecieran profetas que emitían un oráculo laico. A veces incluso podían ser algo más: "Dios ha llegado. Lo encontré en el tren de las 5.15", fue la célebre fórmula (no exenta de ironía) que empleó John Maynard Keynes en la carta que escribió (en 1929) a su mujer para relatarle su encuentro con Ludwig Wittgenstein, que acababa de regresar a Cambridge para quedarse.
 Hoy la voz se ha desplazado. El descrédito de los grandes discursos emancipadores precipitó el de los intelectuales que jalearon los infiernos y purgatorios totalitarios en que se concretaron, cuando la voz que se escuchaba ya no pertenecía al pensador audaz e independiente, sino al compañero de viaje. El concepto de intelectual ha cambiado, fagocitado por modalidades diferentes (e incluso antagónicas) de lo que llamamos periodismo. El juicio fundamentado sobre los grandes asuntos colectivos escasea, sustituido, en el mejor de los casos, por la mera opinión o el debate-espectáculo sobre asuntos de agenda inmediata. Y, en el peor (pero más frecuente y con mayor audiencia), por el circo de los todólogos, que ya no hablan, sino que gritan para acallar la voces de rivales igualmente redundantes y chillones.
Como Estentor, aquel soldado aqueo (Ilíada, V: 785) "que tenía vozarrón de bronce y gritaba como cincuenta", los nuevos "intelectuales" de la mayoría de las tertulias televisivas pretenden ganar su batalla desgañitándose. Estos días se escucha aún más su estrepitoso guirigay, mientras saltan de una a otra jaula mediática para seguir vociferando. Y el eco insoportable de sus gritos inicuos hace aún más estruendoso el silencio de otras voces ahora ausentes.

Agraviar sin ánimo de ofender
juan Meseguer
lunes 18 de mayo de 2011

Una forma de tomar el pulso al grado de tolerancia en una sociedad es ver cómo se resuelven las tensiones entre la libertad de expresión y el respeto a las creencias religiosas, sin necesidad de acudir a los tribunales. En una sociedad verdaderamente tolerante, lo ideal sería que fueran los propios ciudadanos quienes sopesaran si todos los usos de la libertad de expresión son igualmente valiosos.
 Pocos días antes de Semana Santa, Lady Gaga volvió a dar que hablar con el lanzamiento de su nuevo single “Judas”. En esta ocasión, la cantante interpreta a una María Magdalena que proclama su amor a Judas.
 El single forma parte de su tercer álbum Born This Way, que saldrá a la venta el próximo 23 de mayo. Uno de los temas que plantea el álbum, según la cantante, es la relación entre la cultura pop y la religión.
 Pero no una “religión organizada” –explica– sino otra más espiritual e íntima destinada a saciar “la sed de esperanza, de entendimiento, de amor, de ausencia de prejuicios, de aceptación”.
Lady Gaga no quiere ofender a nadie. Por eso, advierte que el single “pretende celebrar la fe, no desafiarla”. Y aunque admite que emplea “metáforas realmente agresivas”, precisa que “sólo se trata de metáforas”.

Curiosa forma de celebrar la fe
La simpatía de Lady Gaga por las metáforas “duras, fuertes y oscuras” contrasta con su apología de las creencias blandas (cfr. Aceprensa, 28-07-2010). En una sociedad pluralista, cada uno es muy libre de montarse su religión a la carta. Pero también es razonable preguntarse si todos los usos de la libertad son igualmente valiosos.
 Cuando Lady Gaga sostiene que sólo quiere “celebrar la fe”, ¿está teniendo en cuenta que su particular celebración de la fe puede estar ofendiendo los sentimientos de muchos creyentes?
Siempre se podrá decir que el lanzamiento del single “Judas” en vísperas de Semana Santa fue pura coincidencia. O que la cantante no tiene intención de ofender a nadie. Pero, aun en ese caso, ¿es eso suficiente?
 En una entrevista concedida a The Hollywood Reporter, la directora artística de la cantante, Laurieann Gibson, enreda un poco más las cosas. “Para mí fue un signo ver que Dios estaba actuando en una habitación donde creyentes y no creyentes hablábamos sobre la salvación, la paz y la búsqueda de la verdad. El resultado fue surrealista”.
 “No cambiamos cosas que no tenemos derecho a cambiar. Pero con la inspiración y el alma y la experiencia de tu propia opresión, de tu oscuridad, de tu ‘judas’... puedes llegar a una luz maravillosa. De eso se trata: de inspiración, de no rendirse nunca. Hemos creado una nueva Jerusalén”.
 Desde luego, algo surrealista es. En la “nueva Jerusalén” de Gibson y Gaga, uno puede defender una cosa y su contraria sin preocuparse demasiado por el principio de no contradicción. Hay que forzar mucho las leyes de la lógica para admitir que hay cosas que uno no tiene derecho a cambiar, y luego desmarcarse con una recreación tan curiosa del pasaje bíblico.

Grafito en los Foros Romanos
Puestos a hacer un single como el de Lady Gaga, lo más trasgresor (y sencillo) hubiera sido hacer el video... y punto. O sea: dar por hecho que el single iba a molestar a muchos creyentes; aguantar las críticas; estar dispuesto a perder fans; y mantener el tipo ante las posibles denuncias legales que pudieran llegar. Todo menos decir “te ofendo pero no te ofendo porque no tengo intención de ofenderte”.
 En este sentido, los primeros perseguidores del cristianismo fueron ejemplares. Ya entonces los cristianos estaban expuestos a las burlas de paganos. Así lo testimonia un grafito encontrado entre restos arqueológicos del Palatino, en el Pedagogium de Nerón, la escuela de los pajes que entraban al servicio del emperador.
 El agravio va dirigido contra un joven cristiano, llamado Alexameno. El grafito representa a un hombre rezando delante de un crucificado con cabeza de asno, y lleva esta inscripción: “Alexameno adora a su dios”. Debajo, con una letra distinta a la anterior, está grabado: “Alexameno fiel”, respuesta audaz del joven cristiano.
 Por lo menos, los autores del grafito en el Pedagogium no se molestaron en maquillar su falta de respeto con piruetas lingüísticas. Tampoco se presentaron como los abanderados del amor universal.

“Yo lo veo así”
Contra esto se podría argumentar que hoy los autores del grafito podrían haber terminado ante un tribunal. Cierto. Es una de las garantías del pluralismo en un Estado de derecho; si un grupo de ciudadanos no es capaz de discernir cuándo puede estar ofendiendo las creencias religiosas de los demás, los tribunales actúan para proteger el derecho fundamental a la libertad religiosa.
 Es lo que ha ocurrido en Madrid con el intento de convocar una manifestación conocida como “procesión atea” en pleno Jueves Santo. Los organizadores estaban convencidos de que no estaban ofendiendo las creencias religiosas de nadie, ya que sólo pretendían “hacer una crítica a la Iglesia como institución”.
 Pero el que los organizadores vieran así las cosas no pareció un argumento demasiado sólido a la Delegación del Gobierno, que prohibió la marcha en esa fecha. Decisión que respaldó el Tribunal Superior de Justicia de Madrid.
 De todos modos, más que un problema jurídico de conflicto de intereses, parece que estamos ante una cuestión de sensibilidad o de “cultura política”. Si bien uno puede sentirse muy libre de ridiculizar las creencias ajenas (siempre que las autoridades no le frenen los pies), resulta difícil imaginarse cómo sería posible la convivencia pacífica en una sociedad en la que todos se movieran con esa lógica.