OPINAN SOBRE LA JMJ





HORA DE EVITAR LA TRAGEDIA DE TODAS LAS JMJ
Alberto Artero
23/08/2011
El Confidencial


  
“No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás”. No cesa de retumbar en mi cabeza esa frase, aparentemente una entre tantas, pronunciada por Benedicto XVI en su homilía del domingo a los jóvenes del mundo concentrados en la explanada de Cuatro Vientos. Encierra, a mi juicio, los dos mensajes clave de todos los discursos que el Papa ha pronunciado durante esta visita pastoral. De su comprensión y aplicación por parte de los asistentes al encuentro depende que la fuerza transformadora -interior y exterior- que se ha de derivar de un acontecimiento como éste, se materialice. El baremo del éxito de una JMJ no es, no puede ser, en ningún caso, numérico, tamaño de la convocatoria o metros cuadrados ocupados. Sin un fruto cierto de conversión, pertenencia y testimonio desde el día inmediatamente después, volverá a cumplirse el drama de muchos de estos eventos eclesiales multitudinarios: sirven para llenar los estadios mientras los templos se vacían
La primera parte es fundamental y desmonta buena parte de la crítica que se hace a quienes profesamos activamente la fe católica. Nuestro credo ha dejado de ser una convención social, conjunto de normas que asfixia a quienes se ven sometidos a su duro yugo bajo la amenaza del fuego eterno en el insoportable Averno. Hubo un tiempo reciente en el que la confusión Iglesia-Estado, la falta de preparación de muchos presbíteros y la ignorancia de una parte de la feligresía provocaron que, desgraciadamente, se pudiera ver y ejercer así, y se dejara en segundo plano el componente de libertad que está en la esencia de nuestra opción vital. Nunca más. Seguir a Cristo es, debe ser, consecuencia de una elección personal que, como nos ha recordado B16, nace de un encuentro íntimo e individual con Él que, además, es un don. La fe no es delegada ni -ojo- un sentimiento compartido de euforia colectiva.
Sin un fruto cierto de conversión, pertenencia y testimonio desde el día inmediatamente después, volverá a cumplirse el drama de muchos de estos eventos eclesiales multitudinarios: sirven para llenar los estadios mientras los templos se vacían
Sin este ejercicio previo de adhesión, sin la novedosa dimensión del hombre que de él se deriva, es imposible entender el modo en el que la Iglesia interpreta las relaciones humanas y sociales. Su defensa de la dignidad de la persona desde su concepción, su propuesta de una vida en la que la satisfacción inmediata se sustituye por una voluntad sólida y orientada al bien, su deseo de mantener aquellos modelos de relación que aseguran la perpetuación de la sociedad en el tiempo, cobran de este modo sentido pleno. Pero es necesario dicho conocimiento y relación preliminar, condiciones sine qua non para la paradoja de felicidad del católico: cuanto menos “libre” es, de más libertad disfruta; cuantas más obligaciones asume, menos ataduras tiene. El júbilo mostrado por el numeroso grupo de monjas de clausura que se encontraron el viernes con el Papa en El Escorial, donde destacaban las insultantemente jóvenes Iesu Communio, es buena prueba de ello.
“Encontrar a Cristo” del modo que acabamos de describir, en el seno de una Iglesia que no es solo magisterio o jerarquía sino, sobre todo, comunidad y lugar sacramental, conduce inevitablemente a “darlo a conocer a los demás”. He visto estos días a cientos de miles de jóvenes reconociéndose por las cruces que colgaban de sus cuellos, orgullosos de su pertenencia, junto a voluntarios extenuados en su gratuidad; me he conmovido ante las hileras que formaban en los confesionarios del Retiro sin pudor alguno a reconocer su relación fraternal con el Padre; he oído el silencio atronador de su postración ante el Santísimo en las numerosas adoraciones que se han montado estos días; he recordado la lección de que la alegría no depende de las circunstancias -cansancio, tormentas y calor, falta de comunión- sino del modo en que éstas se abordan.
¿Quién habló de paño de lágrimas? La gracia divina ha actuado a diestro y siniestro y, como decía el propio Pontífice, es hora de que se derrame también en las familias, amistades y círculos sociales de los que han acudido al acto. La crisis de valores que nos ha conducido a la actual coyuntura hace más imperativa que nunca esta renovada evangelización.
Es la tarea más difícil. El mundo parece girar en dirección contraria. Sin embargo, la santidad nunca ha sido gregaria, no se ha construido bajo la sombra de la masa. El identificarse fija una posición y determina una acción. No quita nada y da mucho. Más ahora que hay un efecto arrastre, de reconocimiento de un modelo que choca contra aquellos que constituyéndose en alternativa, no proponen alternativa alguna que oriente la libertad y la voluntad. Hay hambre de verdad, en su doble dimensión de autenticidad humana e identidad divina. Pensar en el juicio de los hombres y no en el de la propia conciencia o en el de Dios es carne de suicidio espiritual pues renunciar a la primera premisa a la que hemos hecho referencia. La fe, o determina la vida o es un paripé insufrible. Es la hora de los cristianos cuyo errática conducta supone, paradójicamente, la principal causa del descrédito de la Iglesia. El éxito real de las JMJ -participé en Santiago 89, Czestochowa 91 y Manila 95 y me cambiaron la vida- dependerá del deseo perpetuado en el tiempo de mostrar al mundo el Tesoro encontrado por muchos en el campo de Cuatro Vientos. Más allá de los impactos individuales, si se da el caso contrario las Jornadas habrán sido, al menos en España, un fracaso absoluto, multitudinariamente absoluto. De nosotros depende.


Opus Dei, Vigo