Viaje del Papa a México y Cuba

El Papa en México: Los periodistas entrevistan en el avión a Benedicto XVI.
Escrito por Redactora de Ecclesia
Viernes, 23 de marzo de 2012
Padre Lombardi: ¡Gracias, Santidad, por estar entre nosotros en el comienzo este viaje tan hermoso y tan importante! Como ve, nuestra asamblea viajera es numerosa: somos más de setenta periodistas que le seguimos con atención. El grupo más numeroso, aparte de los italianos, son naturalmente los mexicanos, que constituyen un buen grupo, al menos catorce, los representantes de las televisiones mexicanas que seguirán y cubrirán todo el viaje. Se encuentra también grupos de los Estados, de Francia y de otros países. Esto es, representamos a todo el mundo. Como es costumbre, hemos recogido en los días previos de los periodistas y hemos seleccionado cinco, que son expresión, en líneas generales, de las expectativas de todos. Como en esta ocasión tenemos más tiempo de vuelo, las preguntas no las haré yo, las harán ellos. Comenzamos ahora con una pregunta que le formula la señora Collins de la televisión Univisión, una de las televisiones que siguen este viaje. Es una señora mexicana que hará la pregunta en español y que yo repetiré después en italiano para todos.

Primera pregunta (Univisión): México y Cuba son tierras en los que los viajes de Juan Pablo II hicieron historia. ¿Con qué ánimo y esperanzas sigue las huellas de su predecesor?
Santo Padre: Queridos amigos: ante todo bienvenidos y gracias por acompañarme en este viaje que esperamos sean bendecido por el Señor. En este viaje me siento totalmente en continuidad con Juan Pablo II. Recuerdo muy bien su primer viaje a México, verdaderamente histórico. En una situación jurídica todavía confusa, abrió la puerta, comenzó una nueva fase en la colaboración entre la Iglesia, la sociedad y el Estado. Asimismo recuerdo también su histórico viaje a Cuba. Mi deseo es proseguir su camino y sus huellas y proseguir cuanto él inició.
Siendo cardenal estuve en México y tengo óptimos recuerdos de los mexicanos, así como cada miércoles (en las audiencias generales) veo la alegría de los mexicanos, percibo su cariño, escucho sus aplausos... Y para mí es una gran alegría realizar este viaje que deseaba desde hace tanto tiempo. Como enseña el Concilio Vaticano II, con la constitución pastoral Gaudium et spes, comparto las alegrías y esperanzas de este gran país, y también sus luchas y angustias también ante las dificultades que vive. Vengo para alentar y para aprender. Para confirmar en la fe, en la esperanza y en la caridad. Y para confortar en el compromiso en favor del bien y de la lucha contra el mal ¡Esperamos que el Señor nos ayude!

Segunda pregunta (Tele Azteca): Santidad, México es un país con recursos y posibilidades maravillosas. Sin embargo, en estos años sabemos que es también tierra de violencia por el problema del narcotráfico.  ¿Cómo afronta la Iglesia católica esta situación: Tendrá usted palabras para los responsables, para los traficantes que a veces se profesan católicos o incluso benefactores de la Iglesia?
Santo Padre: Conocemos bien toda la belleza de México, pero también este grave problema del narcotráfico y de la violencia. Ciertamente es una gran responsabilidad de la Iglesia católica en un país con el 80 % de católicos. Tenemos que hacer lo posible contra este mal, destructivo para la humanidad y para nuestra juventud.
Diré en primer lugar que, ante todo, hay que anunciar a Dios: Dios que es juez y nos ama para atraernos al bien y a la verdad contra el mal. Por lo tanto, es una gran responsabilidad de la Iglesia la de educar las conciencias y de educar a la responsabilidad moral y desenmascarar el mal, desenmascarar esta idolatría del dinero que esclaviza a los hombres solo por una cosa; desenmascarar también estas falsas promesas, la mentira, el engaño que están dentro de la droga. Debemos ver que el hombre tiene necesidad del infinito. Pero si Dios no está, el infinito se crea en los propios paraísos, una apariencia de infinito que es solo una gran mentira Es importante, pues, hacer presente a Dios, hacerlo accesible. Es una responsabilidad ante el Dios juez que nos guía, que nos señala la verdad, y en este sentido la Iglesia debe desenmascarar el mal: hacer presente la bondad de Dios, hace presente su verdad, el verdadero infinito del cual tenemos sed. Este es el gran deber de la Iglesia. Hagámoslo todos juntos posible y siempre más.

Tercera pregunta (Televisa): ¡Santidad, le damos verdaderamente la bienvenida a México! Estamos todos muy contentos de su visita. Usted ha dicho que quiere dirigir su mensaje a toda América Latina en el bicentenario de la independencia. América Latina, a pesar del desarrollo, sigue siendo una región de conflictos sociales, y de fuertes contrastes entre ricos y pobres. A veces parece que la Iglesia católica no está suficientemente alentada en comprometerse en este campo. ¿Se puede seguir hablando de "teología de la liberación" de una manera positiva, después que ciertos excesos -sobre el marxismo y la violencia- han sido corregidos?
Santo Padre: Por supuesto que la Iglesia siempre debe preguntarse si hace lo suficiente por la justicia social en este gran continente. Este es un asunto de conciencia, que constantemente hay que preguntarse. ¿Qué debe hacer la Iglesia, que es lo que no puede y no debe hacer? La Iglesia no es un poder político, no es un partido, pero es una realidad moral, un poder moral. En cuanto que la política debe ser fundamentalmente una realidad moral, la Iglesia tiene relación con la política. Repito cuanto he dicho ya: el primer pensamiento de la Iglesia es educar las conciencias y así crear la responsabilidad necesaria; educar las conciencias tanto en la ética individual como en la ética pública. Y aquí hay quizás un déficit. Tal vez, en América Latina, pero también en otros lugares, hay en muchos católicos, una cierta esquizofrenia entre la moral individual y la moral pública: individualmente, son creyentes católicos, pero en la vida pública siguen otros caminos que no responden a los grandes valores del Evangelio que son necesarios para el establecimiento de una sociedad justa. Es bueno educar para superar esta esquizofrenia, educar no sólo a una moral individual, sino a una moral pública. Y tratar de hacer esto con la doctrina social de la Iglesia, porque, naturalmente esta moral pública debe ser una moral razonable y compartida, compartida también por los no creyentes, una moral de la razón. Por supuesto, a la luz de la fe podemos ver mejor tantas cosas que también la razón puede ver. Y precisamente la fe sirve también para eliminar los falsos intereses y los intereses que oscurecen la razón y así crear en la doctrina social los modelos sustanciales para una colaboración política sobre todo, para la superación de esta división social, antisocial, que por desgracia existe. Queremos trabajar en este sentido.
No sé si la palabra “teología de la liberación”, que se puede también interpretar muy bien, nos ayudaría mucho. Lo importante es la común racionalidad a la cual la Iglesia ofrece una contribución fundamental y debe siempre ayudar en la educación de las conciencias, tanto para la vida pública como para la vida privada.

Cuarta pregunta (Paloma Gómez Borrero, Cadena Cope de España): Santidad, miremos a Cuba. Todos recodamos las  famosas palabras de Juan Pablo II: "Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba". Han pasado 14 años, pero parece que estas palabras continúen siendo actuales. Como usted sabe, Santidad,  en las vísperas de su viaje, muchas voces de la oposición y defensores de los derechos humanos se han hecho sentir. Su Santidad, ¿usted piensa llevar de nuevo el mensaje de Juan Pablo II, pensando en la situación interna en Cuba, y en el plano internacional?

Santo Padre: Como ya he dicho me siento en completa continuidad con las palabras del Santo Padre Juan Pablo II, que siguen actualísimas hoy en día. Aquella visita del Papa abrió un camino de cooperación y diálogo; un camino que es largo y requiere paciencia, pero que va hacia delante. Hoy está claro que la ideología marxista, tal como fue concebida, ya no responde a la realidad. Porque no tiene respuestas para la construcción de una nueva sociedad. Deben ser encontrados nuevos modelos, con paciencia. Este proceso requiere paciencia, pero también decisión. Queremos ayudar en un espíritu de diálogo, para ayudar a construir una sociedad más justa. Como lo deseamos para todo el mundo y queremos cooperar en este sentido. Es obvio que la Iglesia está siempre del lado de la libertad: la libertad de conciencia, la libertad de religión. Y al respecto contribuyamos, contribuyan también los fieles de modo sencillo en este camino de ir adelante.

Quinta pregunta (France Press): Santidad, tras la Conferencia de Aparecida se habla de “misión continental” de la Iglesia en América Latina. Dentro de pocos meses tendrá lugar el Sínodo sobre la nueva evangelización. También América Latina con los desafíos de la secularización, de las sectas. En Cuba se viven las consecuencias de una larga propaganda atea y la religiosidad afrocubana está muy difundida. ¿Piensa que este viaje podrá servir de estímulo en orden a la nueva evangelización y cuáles son los puntos que están más en su corazón al respecto?
Santo Padre: El tiempo de la nueva evangelización se inició con el Concilio Vaticano II. Está era fundamentalmente la intención del Papa Juan XXIII, que subrayó después el Papa Juan Pablo II, y ahora, en un mundo que experimenta grandes cambios, se vuelve cada vez más evidente. Necesidad en el sentido de que el Evangelio debe ser expresado en formas nuevas; y necesidad también  en el otro sentido: el mundo tiene necesidad de una palabra en medio de la confusión, en medio de las dificultades para orientarse hoy. Esto es una situación, una realidad común en el mundo. Esto es la secularización, la ausencia de Dios, la dificultad de encontrar el acceso para verlo como una realidad que concierne a mi vida. Por otro lado, hay contextos específicos. Usted ha aludido al de Cuba con el sincretismo afrocubano, con tantas otras dificultades. Pero cada país tiene su propia situación específica. Y de una parte, debemos partir del problema común: como hoy, en este contexto de nuestra moderna racionalidad, podemos de nuevo descubrir a Dios como la orientación fundamental de nuestra vida, la esperanza fundamental de nuestra vida, el fundamento de los valores que fundamentalmente construyen una sociedad, y cómo podemos tener en cuenta las especificidades de las situaciones diversas. 
Lo primero me parece muy importante: anunciar un Dios que corresponde a nuestra razón, porque vemos la racionalidad del cosmos, vemos que hay algo detrás, pero no vemos que este Dios sea próximo, que me concierne y esta síntesis del Dios grande y majestuoso y del Dios pequeño que me es próximo, me orienta, me muestra los valores de mi vida y  es el núcleo de la evangelización. Este es, un cristianismo en esencia donde se encuentra realmente el núcleo para vivir hoy con todos los problemas de nuestro tiempo.
Y por otra parte, tenerlo en cuenta en la realidad concreta.  En América Latina, generalmente, se debe considerar que el cristianismo no ha sido tanto algo ligado a la razón como al corazón. La Virgen de Guadalupe es reconocida y amada por todos porque entiende que es una Madre para todos y que está presente desde el comienzo de esta nueva América Latina, tras la llegada de los europeos. Y también en Cuba tenemos a la Virgen del Cobre, que toca los corazones y todos saben intuitivamente que es verdad, que esta Madre nos ayuda, que existe, que nos ama y nos ayuda. Pero esta intuición de corazón debe unirse con la racionalidad de la fe y con la profundad de la fe que va más allá de la razón. Debemos buscar no perder el corazón, sino unir corazón y razón para que cooperen, porque solo así el hombre es completo y puede realmente a ayudar y a trabajar por un futuro mejor.

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