Por qué el matrimonio gay es una mala idea
artículo de brendan o´neill editado

jueves 22 de marzo de 2012

La agitación en torno al matrimonio gay no tiene nada que ver con la libertad y la igualdad, y sí mucho con que algunas élites han descubierto aquí una nueva misión moral. Esto es lo que detecta Brendan O’Neill, director de spiked, donde se publicó originalmente este artículo, con más referencias a la propuesta en el Reino Unido (1).


Cualquiera que se haga la sencilla pregunta de por qué el matrimonio gay ha llegado a ser un tema del que tanto se habla en Norteamérica y en Europa, sin duda concluirá que es la cuestión política más surrealista de nuestro tiempo. No hay campaña popular en su favor; históricamente, los gays no han tenido interés por casarse; y según una reciente encuesta, aunque el 45% de los británicos apoyan el matrimonio gay, el 78% creen que legalizarlo no debería ser una prioridad del Parlamento.

Sin demanda popular
Nada cuadra en el debate sobre el matrimonio homosexual. Nada. Por ejemplo, el derecho al matrimonio homosexual se presenta como un radical toque de generala equivalente a las luchas en pro del sufragio femenino o de los derechos civiles; y, sin embargo, recibe el respaldo entusiasta de instituciones tan insuperablemente ajenas a todo radicalismo [y conservadores] como The Times, Goldman Sachs y David Cameron.
Los políticos afirman que deben hacer “lo que se debe” acerca del matrimonio homosexual, al igual que sus homólogos de antaño hicieron lo que se debía hacer dando derecho a voto a las mujeres. Olvidan mencionar que no ha habido en absoluto una campaña pública tenaz, y nadie se ha arrojado delante del caballo de la reina en defensa del derecho de los homosexuales a casarse.
Sedicentes portavoces de los homosexuales presentan este esfuerzo como la conclusión lógica de sus aproximadamente sesenta años de campaña en favor de la igualdad, pasando por alto que hubo un tiempo en que muchísimos activistas homosexuales consideraban el matrimonio y la familia como problemas y exigían el reconocimiento de su derecho de vivir al margen de tales instituciones.

Un lazo en la solapa de las élites
Es este un asunto tan relativamente repentino y tiene tan escasas raíces en las campañas políticas o en la sustancia histórica, que sería igual de razonable que mañana todo político y comentarista sobre la faz de la tierra empezara de pronto a hablar sobre la gran importancia de conceder a las mujeres el derecho de vivir en cabañas construidas en las copas de los árboles. Después de todo, probablemente haya algunas mujeres que deseen llevar una existencia arborícola, y bien podría el público apoyar su derecho a hacerlo, aunque precisando a la vez que eso no debería ser una prioridad parlamentaria. Entonces, ¿por qué Cameron y el gremio de comentaristas no hacen de ello una cuestión importante?
Dado lo surrealista del asunto, resulta sorprendente que tantas personas inteligentes tomen en serio el matrimonio homosexual, diciendo con aire de gravedad: “Sí. Yo respaldo por completo que se legalice este derecho histórico vilipendiado durante tanto tiempo”. Lo que en cambio deberían hacer es preguntarse si el matrimonio entre homosexuales es realmente una cuestión y dilucidar cómo ha llegado a ser un campo de batalla definitorio en las modernas Guerras Culturales. Pues, según tengo para mí, lo que aquí está sucediendo es que, so capa de “ampliar la igualdad”, en realidad estamos presenciando la consolidación instintiva de una nueva clase, de un nuevo escenario político, que, carente de los conocidos postes indicadores morales del pasado, ha creado por arte de magia una seudocausa por la cual definirse a sí misma y a sus valores.
La razón por la que la cuestión del matrimonio homosexual puede parecer surgida de la nada, y haber llegado a estar en todas partes, consiste en que es algo totalmente impulsado por las élites, de arriba abajo. La verdadera fuerza motriz que lo respalda no es ninguna ansia real ni públicamente manifestada de las parejas homosexuales por casarse, menos aún un afán público más general por la reforma de la institución del matrimonio; más bien consiste en la necesidad de la clase política y mediática de hallar una cuestión con la que expresar sus valores y anunciar su superioridad. El matrimonio entre homosexuales no es un cuestión real: es un distintivo cultural, como lucir un lazo rosa para mostrar que nos preocupa el cáncer de mama.

Pese a la indiferencia de las masas
Uno de los aspectos más chocantes en torno al matrimonio homosexual es la disparidad entre el sentimiento de las masas por la cuestión (que es entre débil e inexistente) y la pasión que por ella siente la élite (que es intensa). Todo tipo de instituciones elitistas, desde partidos políticos hasta enormes empresas, están poniéndose en fila para respaldar la “causa” del matrimonio homosexual por haber detectado que es la cuestión por medio de la cual los de su clase pueden ahora exhibir su santidad.
De modo que no son sólo instituciones mediáticas conservadoras del viejo mundo, como The Times, ni partidos de derechas como los conservadores, los que declaran su apoyo al matrimonio homosexual; también lo hace el consejero-delegado de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein. Este se ha convertido en portavoz de uno de los mayores grupos pro derechos de los homosexuales de los Estados Unidos, apareciendo en sus anuncios para afirmar: “Yo apoyo la igualdad en el matrimonio”.
La intervención de Goldman Sachs no tiene pies ni cabeza, salvo como parte de un proceso de rara e instintiva redefinición de las élites en torno a este asunto. El matrimonio homosexual se ha convertido en el gran cosmético de instituciones desacreditadas o desorientadas; tanto, que hasta un odiado banco de inversiones ve provechoso enrolarse en la causa.
Lo que efectivamente tenemos aquí es la formación de una nueva camarilla por medio de una cuestión cuidadosamente seleccionada. En una época en la que las tradicionales líneas divisorias políticas importan poco y cuando ha decaído la antigua moralidad, se da un tanteo instintivo en busca de algo, cualquier cosa, a través de la cual uno pueda afirmar de nuevo su seriedad moral y su superioridad cultural. Y en los últimos años el matrimonio homosexual se ha convertido en la principal plataforma de semejante acicalamiento de las élites.

Barómetro de la decencia moral
Resulta, pues, asombroso que un escritor partidario de los Tories haya argumentado que no importa que el público no esté entusiasmado en masa por el matrimonio homosexual, ya que “el verdadero arte de gobernar no espera a obtener permiso en referéndum: un gobierno promulga medidas civilizadoras porque eso es lo que hay que hacer” (2). Aquí se establece un contraste explícito entre la sensibilidad de la élite y la indiferencia de la masa ante cuestiones culturales aparentemente importantes. El matrimonio homosexual se considera claramente como una oportunidad de demostrar “verdadero arte de gobernar” en un momento en el que otras oportunidades de hacerlo son escasas e infrecuentes para nuestros distantes dirigentes.
La transformación del matrimonio homosexual en un barómetro de la decencia moral explica por qué el debate que lo rodea está tan plagado de censura y condena. Ésta es otra chocante diferencia entre los viejos reformadores genuinamente democráticos y quienes hoy apoyan el matrimonio homosexual: mientras los verdaderos reformadores estaban a favor de la transparencia y el debate, el grupo de presión pro matrimonio homosexual parece mucho más interesado en sofocar todo desacuerdo.
En palabras de una colaboradora de The Guardian, “existen algunos temas que deben ser discutidos en tonos grises, reconociendo sutilezas y diferencias culturales. El matrimonio entre personas del mismo sexo no es uno de ellos. Solo hay una postura correcta” (3). Queda claro que no es éste un problema político tal y como lo habríamos entendido antes, en el que distintas opiniones chocan y compiten en busca de apoyo; es más bien semejante a una nueva restricción religiosa, cuyo objetivo es distinguir entre los que son Buenos (la élite de incondicionales del matrimonio homosexual) y los que son Malos (aquellos que se oponen o a los que no es posible entusiasmar con ello).

Devaluación del matrimonio
Algunas personas dirán: ¿Qué más da que la campaña en pro del matrimonio homosexual sea un poco snob y excéntrica? Al menos sus consecuencias serán una mayor igualdad y “derechos nupciales” auténticos para los homosexuales.
Pero incluso en sí mismo, el matrimonio homosexual es una mala idea por muchos motivos. Principalmente porque, aunque se nos presente como un acto maravillosamente generoso de elevación cultural (de las parejas homosexuales), constituye –lo que es más importante– un irreflexivo acto de devaluación cultural (del matrimonio tradicional).
Una institución a la que se incorporan millones de personas por razones muy específicas –a menudo, aunque no siempre, con el fin de procrear– está siendo degradada con toda indiferencia, llegando el gobierno liberal-conservador a proponer que las palabras “marido” y “esposa” dejen de ser utilizadas en documentos oficiales. El repentino lavado orwelliano de los archivos públicos aplicado a dos títulos tan antiguos, demuestra hasta qué extremo está la élite dispuesta a hacer caso omiso de identidades tradicionales en su busca de una nueva identidad propia como personas morales y respetuosas de la homosexualidad.

Más grande que las parejas
Bueno, quizá piense usted que la institución del matrimonio debería ser devaluada, que está acartonada, que es conservadora y que necesita una revisión general. De acuerdo. Entonces, argumente usted en pro de ello de forma transparente y honesta. Pero nadie sale ganando con la farsa del matrimonio homosexual. La realidad es que el matrimonio no tiene que ver simplemente con la cohabitación o la pareja; ni siquiera con mantener una relación intensa. Históricamente, su contenido ha sido mucho mayor: la creación de una unidad, dotada de sus propias normas, que es reconocida por el Estado y la sociedad como una unión característica, a menudo celebrada con el fin de criar una nueva generación.
Sí, algunas parejas lo contraen por otros motivos –por compañía, por divertirse, por el convite o por lo que sea–, pero aquí no hablamos de los motivos de las personas; hablamos del significado de una institución. Incluir sin distinción a toda relación humana de modo que todo, desde el amor homosexual a un matrimonio cristiano que quiera tener cinco hijos, quede homogeneizado bajo el término “matrimonio”, no beneficia a nadie. Ni a las parejas homosexuales, cuyo “matrimonio” tendrá escasa profundidad o significado histórico, ni a los matrimonios actuales, algunos de los cuales pueden sentir que su identidad queda corroída.
Spiked apoya sin reservas el derecho de las personas a vivir sus vidas como les parezca bien, dentro o al margen de instituciones “respetables” como el matrimonio y la familia, y libres de toda interferencia del Estado. Pero la campaña del matrimonio homosexual no tiene nada que ver con la libertad ni con la igualdad. Más bien se trata de una cínica campaña de pavoneo moral oportunista por parte de la élite cultural que llevará a que los homosexuales queden engatusados con una forma de “matrimonio” francamente carente de significado y, al mismo tiempo, a que los matrimonios descubran que la antigua institución a la que se han incorporado está siendo aún más privada de sentido. Digamos “no quiero” al matrimonio homosexual.
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Notas:
 (1) www.spiked-online.com, 22-03-2012.
(2) Matthew d’Ancona, “The case for gay marriage is fundamentally conservative –it will strengthen Britain's social fabric” (The Daily Telegraph, 10-03-2012).
(3) Hadley Freeman, “New York must pass the same-sex marriage bill” (The Guardian, 21-06-2011).
© 2012: spiked Ltd.
© 2012 de la versión española, realizada por Paulino Serrano: Aceprensa, S.A.
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