UNA MUY INTERESANTE ENTREVISTA



Coloquio con el Card Robert Sarah.
Almudí, abril 2012



— Eminencia, ¿cómo comenzó su vocación sacerdotal?
Un sacerdote me preguntó si quería ir al seminario; yo no sabía qué era el seminario, y me dijo que un lugar para llegar a ser sacerdote como él. Le dije que sí y me contestó que se lo dijese a mis padres. Le dije a mi madre: mamá, yo quisiera ir al seminario, aunque usted no sepa en qué consiste un seminario. Ella me ha preguntado: ¿qué significa eso? Le he respondido: para llegar a ser como los padres. Ella ha dicho: pero estás loco, has visto alguna vez un africano… No, le he respondido. Bah, entonces para qué dices cosas extrañas. Pregúntale a tu padre. A él le he dicho lo mismo, y me ha respondido: no es posible, debes haber entendido mal. Sí, pero podéis ir a preguntarle al padre. Han ido para preguntarle si era verdad. Él les ha confirmado que él me había sugerido ir al seminario. Y entonces mis padres me han dado permiso para ir al seminario por un año, como no sabían de que se trataba… En Guinea francesa no teníamos seminarios, y era necesario ir a Costa de Marfil, en un viaje que duraba tres días en barco. Era la primera vez que yo me subía a un barco, así que no puede comer durante tres días. Vomitaba siempre. El primero año fue malísimo, porque era la primera vez que dejaba a mis padres. Estaba enfermísimo. En la escuela no había hecho nada, no había estudiado. Para continuar en el seminario se necesitaban tres S: la primera S, la salud; la segunda, la ciencia; y la tercera, la santidad. Me faltaban las tres. El superior me dijo entonces que, como había estado enfermo, me daban todavía un año, y así pude continuar. Pero no les dije a mis padres que había estado enfermo. Volví a casa y después de las vacaciones regresé al seminario, hasta terminar mis estudios. Sin embargo, mucha gente le decía a mis padres que ellos tenían un sólo hijo y que lo habían dejado ir para convertirse en sacerdote, por lo que él no tendría hijos y, cuando ellos fuesen viejos, quién se ocuparía de ellos. Querían así ponerme obstáculos, pero tuve padres de fe, que me dejaron ir, que jamás me obligaron a dejar mi vocación, que me dieron la libertad para continuar, y así terminé el seminario menor en Guinea, porque después el país llegó a ser independiente y no tuve que ir a Costa de Marfil. Terminé mi seminario en la escuela estatal, porque estaba prohibido a la Iglesia tener escuelas, fuesen seminarios o escuelas. Por eso terminé los estudios en la escuela estatal, y después partí a Francia, para hacer allí el seminario mayor. Fui ordenado sacerdote el 20 de junio de 1969. Inmediatamente mi obispo me envió a Roma para hacer los estudios de Sagrada Escritura. Paralelamente, mi obispo fue detenido y encarcelado durante nueve años. Durante nueve años no hubo en mi país ningún obispo, ningún misionero, todos fueron expulsados por el gobierno. Durante mi estancia en Roma no tuve ningún contacto con mis padres ni con mi obispo, porque estaba en prisión. Afortunadamente, en 1971 llegó a Roma el cardenal Gantin, que era el secretario de Propaganda Fide, o sea, mi padre, mi obispo, todo. Él ha sido quien me ayudado en los momentos de desaliento y dificultad. Terminados mis estudios regresé a Guinea, donde fui párroco por un año. Entonces me nombraron responsable del seminario. En ese tiempo, el seminario servía sólo de alojamiento, porque no teníamos permiso para dar clases, porque esto debía permitirlo el Estado. Permanecí allí un año y medio, y después fui nombrado obispo por Pablo VI en 1978. El gobierno rechazó mi nombramiento y sólo después de un año y cuatro meses, tras palabras y negociaciones de por medio, finalmente aceptó. Mientras, en el tiempo intermedio, murió Paulo VI. Fue elegido Juan Pablo II, y éste confirmó mi designación al año siguiente. La primera vez que fui nombrado tenía 33 años, y al momento de la confirmación 34.  El Papa confirmó mi designación en agosto, y el 8 de diciembre de 1979 fui consagrado obispo.
— ¿Directamente para Conakri?
Sí, para Conakri, como arzobispo. Existían dos diócesis, pero en la otra no había obispo. Conakri y otra. Conakri tenía 116 km2 y la otra 118 km2. He estado ahí durante 22 años como arzobispo. En 2011, el papa Juan Pablo II me designó como secretario de Propaganda Fide. Este nombramiento no quería aceptarlo, porque mi madre vivía conmigo. Mi padre había muerto en 1991. No podía llevar a mi madre a Roma. Mi madre era ya anciana y no podía dejarla. Me han dicho: pero si tantos obispos han dejado a su madre, el cardenal Gantin, el cardenal Arinze. Tú también debes dejarla o bien llevarla contigo. Tenía miedo de decir a mi madre que debía dejar el país. Le pedí a una monja que le dijera a mi madre que tenía que partir para Roma, pero que no tuviera miedo porque vendría siempre a visitarla. Ella ha ido y le dijo a mi madre que su hijo había sido llamado por el Papa y, por tanto, debía dejar el país.  Pero que no tenía que tener miedo, porque iría siempre a visitarla. Mi madre, que era una mujer de gran fe, dijo cuatro cosas: primera, yo doy gracias a Dios, porque me ha dado sólo un hijo y lo envía siempre lejos a cumplir con su labor; segunda, le doy gracias al Santo Padre, porque habiendo tantos obispos en el mundo se ha fijado justamente en mi hijo para llamarle; tercera, yo me pregunto si mi hijo será capaz de hacer el trabajo que quiere el Santo Padre; y cuarta, quién ocupará su puesto como arzobispo de Conakri. No se ha lamentado; ha dado gracias a Dios y al Santo Padre, pero se ha quedado preocupada si su hijo sería capaz y sobre quién vendría a sucederle como arzobispo. Yo me quedé muy contento, porque Dios me ha dado a mi padre y a mi madre, que eran hombres de paz, de fe. Yo me sorprendo, porque ellos siempre me han sostenido en mi vocación. Resulta curioso que los dos hayan muerto la víspera de un aniversario mío, sacerdotal o episcopal. Fui consagrado obispo un 8 de diciembre, y mi padre murió un 7 de diciembre. Fui ordenado sacerdote un 20 de julio, y mi madre murió un 21 julio. Pienso que es una forma de decir que, desde el Cielo, ellos me secundarán siempre en mi sacerdocio. Bellísimo.
— ¿Cómo ha sido capaz de hacer aquello que su madre pensaba que no podría hacer?
He estado nueve años en Propaganda Fide. Yo nunca pensé en irme a Roma. Cuando llegué allí, todo era nuevo: nuevo prefecto, nuevo secretario, nuevo subsecretario. Así hemos aprendido escuchando a los obispos, pues, como sabéis, Propaganda Fide se ocupa de toda África, toda Asia, toda Oceanía, de una buena parte de América Latina y del norte de Canadá.
— ¿También de la designación de obispos?
También la designación de obispos es de nuestra competencia. Por tanto, la gracia de tratar con tantos obispos de África, Asia, Oceanía, América Latina, también europeos, es una riqueza extraordinaria. He aprendido con la gente. He rezado también. Esto me ha ayudado, porque cuando estaba en Guinea siempre pensé que un obispo o un sacerdote no puede hacer su trabajo sin la ayuda de Dios, porque Cristo ha dicho “sin mi ayuda no podéis hacer nada”. He organizado mi tiempo, entonces, como he dicho en mi conferencia, para retirarme un día y estar con el Señor. Pero no era suficiente con esto. Me dije: cojamos tres días cada dos meses. Ahí yo estaba sólo completamente por tres días, sólo la Biblia y la Eucaristía. Sin comer. Porque así ha hecho Jesús antes de comenzar su trabajo, ha ayunado por cuarenta días, y he pensado que quizá hacer penitencia, alimentarse sólo de la Palabra de Dios y de la Eucarística puede ayudar a un hombre de Dios a hacer mejor su trabajo. Cuando llegué, no pude hacer esto más. Por fortuna, el Prefecto necesitaba un administrador para la gestión de las finanzas de Propaganda Fide y se ha ido a almorzar con el Padre, el Prelado de la Obra. Le ha dicho que buscaba un sacerdote que le ayudara con las finanzas. El Padre le ha dicho que conocía a un sacerdote que se llamaba Francesco di Muzzio.
Francesco di Muzzio se ha transformado así en nuestro colaborador. Él me ha dicho si quería asistir una vez al mes al retiro que tenían en San Eugenio. Le he dicho que sí, porque no sabía cómo continuar con mi preocupación espiritual. Así comencé a ir poco a poco a San Eugenio durante un año. Al segundo año Carlos Nanei, un colaborador del Prelado de la Obra, me invitó a un almuerzo.
Él me dice: tú asistes siempre al retiro. ¿Te gustaría conocer mejor la Obra? Le dije que sí, porque esos retiros me ayudaban mucho. Poco a poco he entrado en la familia. Pienso que la oración me ha ayudado a quitar la preocupación por mi madre. Porque para los que trabajan en Roma es importante encontrar estos momentos, porque si no sólo hay trabajo, sólo trabajo, con la preocupación siempre de ascender en la carrera... 
— Puede contar alguna anécdota de Benedicto XVI, a quien usted ha tratado mucho.
Con el papa Benedicto XVI he colaborado como Secretario, siendo él Prefecto. Algunos de los textos que preparaba el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso debían ser aplicados en los países de misión y, por tanto, debíamos elaborarlos conjuntamente.  Lo que me ha sorprendido era la atención que nos prestaba a cada uno de nosotros, cuando en las reuniones nos escuchaba a cada uno de los que asistíamos. Después de habernos escuchado, repetía lo que cada uno había dicho. Quiero decir con esto que él prestaba atención a lo que cada uno de nosotros había dicho. Es un hombre de escucha, humilde, humilde. Como Papa, en mi calidad de secretario me he reunido también con él con frecuencia, porque debía llevarle las listas de obispos para su firma.  Muchas veces nos hemos reunido.  Una vez le llevé veinte listas, porque a causa de su programa no es posible recibir con mucha frecuencia a la gente. Por eso acumulamos tanto trabajo, y entonces le he presentado veinte listas. Ahí tuvimos la posibilidad de hablar durante casi una hora, porque debía explicarle por qué había elegido a éste y no a aquél. Después él firma, siempre con confianza. Es un hombre de escucha, de humildad, de profundidad. Siempre he dicho que Juan Pablo II nos señalaba, al inicio de su pontificado: abrid las puertas a Jesucristo. Pero Benedicto XVI dice: no dejéis a Jesús en la puerta, hacedlo entrar en vuestra vida, porque si entra cambiará vuestra vida. Esto es, Benedicto XVI nos ayuda a profundizar nuestra fe, a profundizar nuestro ser sacerdotal. Es probablemente el hombre que mejor ha entendido la tragedia que estamos viviendo ahora y, por eso, de inmediato en su pontificado ha convocado un Año paulino. Porque nosotros tenemos necesidad de hacer esta experiencia personal de Jesús. Si uno no ha se ha encontrado con Jesús personalmente, como Pablo lo ha hecho, no puede perseverar. Hará cosas; si es sacerdote, dirá la Misa, predicará, pero no tendrá una relación personal con Jesús. Él nos dice que miremos por qué ha ocurrido este cambio de vida. Y es porque se ha encontrado personalmente a Jesús. Durante todo un año, toda la Iglesia debe mirar a san Pablo, de modo que cada uno pueda decir que ha encontrado a Cristo. Ahora estoy crucificado con Cristo: no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Mi fe en el Hijo del Hombre es una fe que cambia mi vida. Esto me ha confirmado un texto que traduje del copto. Existe en esa lengua un texto de los Padres del desierto que narra el encuentro de dos monjes. Uno le pregunta al otro por qué la gente no persevera en su vida cristiana o monástica. El otro le contesta que, como él sabe, la vida cristiana, la vida sacerdotal, la vida monástica, es como un perro. El perro ve un animal y se levanta para correr tras de él y prenderlo, siempre ladrando. Los demás perros escuchan estos ladridos y corren también detrás. Sin embargo, llega un momento en el que esos perros, que no ven al animal que persiguen, se preguntan hacia dónde van, por qué corren, y se detienen. Sólo los que efectivamente ven al animal continúan la carrera hasta darle alcance. Así también sucede con nosotros. Si no hemos visto a Cristo, si no hemos tenido una experiencia personal con Él, nos detenemos, no continuamos. Ciertamente podemos hacer cosas, decir Misa, predicar; sin embargo, no hay nada. Por tanto, Benedicto XVI busca ayudarnos a vivir plenamente nuestra fe.
El segundo año que ha convocado el Papa fue el Año sacerdotal. Sabemos la crisis terrible que atraviesa el sacerdocio, una crisis verdaderamente terrible, cuando el sacerdocio es el motor de la vida cristiana. El sacerdote celebra la Eucaristía, da el perdón del Señor. Si no existen sacerdotes, la Iglesia no existe más. Pero se necesitan sacerdotes santos. El Papa ha dicho entonces: mirad a san Juan María Vianney, el cura de Ars, ese hombre sin cultura y sin mayor formación que, sin embargo, con Jesús era un hombre plenamente. Ahora está por comenzar el Año de la fe, porque falta la fe en nuestro mundo. También me sorprenden sus homilías, que no son divagaciones, porque es un gran teólogo, dichas en forma clara y simple, con palabras que salen de su propia experiencia sacerdotal, cristiana, teológica. Esto es lo que me sorprende de Benedicto XVI. He tenido la fortuna de acompañarlo tres veces en sus viajes. Lo acompañé en 2009 a Camerún y Angola; en 2010 a Benín; y en 2011 a México y Cuba.
— ¿Nos podría contar algo del viaje a Cuba?
Primero México, después Cuba. México fue un descubrimiento para mí, porque era la primera vez que visitaba este país. Sin embargo, me sorprendió el dinamismo, el gozo, la alegría de este país… Todos son jóvenes, todos cantan, todos tocan la guitarra. A pesar de los problemas que tiene -el problema de la droga, de la violencia, me dijeron que no sé cuántas personas morían cada año por la violencia-, es un país cristiano. Cuando llegamos a Cuba, había un clima más frío, más difícil, sin manifestaciones. Sin embargo, al segundo día han dicho que el gobierno llevó a la Misa hasta los que no eran católicos, porque en verdad había mucha gente allí. La Iglesia tiene más dificultades, porque no tiene la posibilidad de tener obras sociales. Pero dicen que ha habido una apertura. El Santo Padre se ha reunido con Raúl y también con Fidel Castro. Parece que ha habido una apertura, porque han decretado festivo el Viernes Santo. Quiero decir que existe un futuro positivo.
— Yo querría volver sobre uno de los temas que ha tratado en su conferencia, y que es un tema que el Papa trata en la Verbum Domini, además de una manera muy clara, con palabras que usted nos ha recordado, y que yo creo que deberíamos poner en la puerta de nuestro despacho para tenerlas siempre presentes. A mí, de esas palabras del Papa sobre la homilía, se me plantea una pregunta personal en referencia a las homilías que yo diga y en referencia a las que a veces escucho. ¿Cómo es que, habiendo hablado el Papa tan claro de la necesaria referencia a la Palabra de Dios que se proclama, de la obligación de hablar de la Palabra y de evitar divagaciones, cómo es que no entramos en esa dinámica y seguimos con nuestros discursos de carácter general, a veces mencionando la Palabra de Dios, o a veces olvidándola? ¿Y qué tendríamos que hacer para caminar por ese camino que nos ha señalado el Santo Padre?
Es una pregunta muy interesante, también difícil. Pienso que una primera cosa, que dice también el Santo Padre, es que el predicador debe sentirse el primer interpelado por la Palabra de Dios. La Palabra no es para los otros, es para mí. ¿Qué me dice a mí la Palabra de Dios? ¿Qué cosa cambia en mi vida la Palabra de Dios? ¿Cómo recibo la Palabra de Dios? Por tanto, el primer aspecto es trabajar sobre uno mismo. La homilía que voy a pronunciar es una homilía que debo pronunciar para mí mismo. De ahí la familiaridad con la Palabra de Dios de la que habla el texto. No se trata sólo de una familiaridad intelectual, ya lo conozco, sino que la Palabra de Dios se transforme en algo familiar, que llegue a ser una cosa mía, una cosa que toca mi propia vida. Esto quiere decir que también nosotros tenemos trabajo por delante para adquirir una espiritualidad de profundas dimensiones.  Esto es, cómo contemplar la Palabra de Dios. Por esto es importante no separar la Sagrada Escritura de la adoración a Jesús en la Eucaristía, porque la Palabra es Jesús, y la Eucarística es Jesús. Por tanto, si consigo encontrarme con Jesús en su dimensión de Palabra y en su dimensión eucarística, entonces pienso que yo recibo un don que me permite no divagar, que me permite que la gente no me aplauda porque he hablado bien, sino porque he revelado a Jesús.  Pero no se puede revelar a Jesús si Jesús primero no se me ha revelado a mí. Por tanto, es un trabajo… Cuando escucho a Benedicto XVI, sé que él habla de una cosa que vive. No es un teólogo que habla sobre las palabras que ha aprendido. Verdaderamente él es un gran teólogo, pero casi olvida esa dimensión teológica, y expresa una experiencia vivida. Así se puede responder a esta pregunta, que no es simple. Pienso que en primer lugar el predicador se debe sentir interpelado por la Palabra de Dios.
— ¿Interpelado extensa o brevemente?
Sabéis que nuestro corazón es duro y la Palabra de Dios penetra con dificultad. Se necesita tiempo, se necesita tiempo. El Señor es paciente con nosotros.
— Dos preguntas concretas. Una por curiosidad: ¿cuántos habitantes tiene su país y cuántas diócesis hay? Y la otra: en las Misas diarias, ¿aconseja una breve homilía?
Mi país tiene doce millones, pero somos más, porque como tuvimos una dictadura, al menos cuatro millones están fuera, en Francia, Alemania, Senegal, Costa de Marfil, en todos esos países. Pero presentes, son doce millones. De estos doce millones, el 73% son musulmanes y el 4% católicos. Pero convivimos bien, sin dificultad. Diría que algunos musulmanes son buenísimos, porque rezan con regularidad. Se acuerdan que existe Dios. Porque nosotros sabemos que debemos rezar por la mañana, y así, y sin embargo, muchos cristianos no lo hacen. En cambio, los musulmanes están regularmente rezando durante la jornada. Como párroco escuchaba el muecín a las cuatro de la mañana y me decía: tú estás durmiendo todavía… levántate. Por tanto, ellos se acuerdan de Dios. Quisiera contaros una leyenda, que aprendí de los musulmanes, para insistir sobre la oración. Un hombre, un señor que se llamaba Abdelghani ibn Said, quería saber quién sería su vecino en el Cielo. Porque si tenemos un mal vecino en la Tierra, es ya difícil vivir con él. Sin embargo, lo tenemos un máximo de cincuenta años, pero ¿y si debemos tenerlo por la eternidad? Es mejor saber entonces quién será nuestro vecino. La respuesta fue: tu vecina en el Cielo es Maimuna.  El hombre ha preguntado: ¿quién es Maimuna? Maimuna es una chica que vive en Kufa. Abdelghani ibn Said fue entonces a Kufa a preguntar quién era Maimuna ahí. En el pueblo le han dicho que Maimuna es una loca que guarda las ovejas cerca del cementerio. Abdelghani se dirige entonces al cementerio, donde está Maimuna con sus ovejas. Cuando la encontró, le llamó la atención que las ovejas de Maimuna estaban mezcladas con lobos. Pero los lobos no se comían a las ovejas, y las ovejas no tenían miedo a los lobos. Maimuna estaba rezando. Cuando terminó de rezar, Abdelghani le ha preguntado cómo era posible que sus ovejas estuvieran en armonía con los lobos. Maimuna le ha respondido que ella ha mejorado su relación con Dios, y Dios ha mejorado la relación entre los lobos y las ovejas. Si nosotros tenemos una vida de oración, Dios nos ayuda a vivir en sintonía y armonía entre nosotros, aunque nosotros seamos unos lobos respecto de los otros. Esto resalta la importancia que tiene la oración para un musulmán, y también cómo debe ser importante para nosotros nuestra oración. Así, pienso que los musulmanes pueden ayudarnos a recordar la presencia de Dios en nuestra vida, la importancia de la oración.
Las diócesis son tres, pero son pequeñas a causa de la falta de sacerdotes. Ahora deben compartirlos. Hay tres solamente por el momento.
Por lo que atañe a la homilía: Vivo con dos monjas y cada día les predico una pequeña homilía, no larga. Sin embargo, me siento en la obligación de hacer entrar en la Palabra, porque la Palabra de Dios entra en la celebración eucarística, se hace comprender, lo dice también Verbum Domini. Por consiguiente, la homilía, también la breve, debe hacer entrar en la celebración eucarística. Breve. Se puede omitir, pero es bueno hacerla si es posible.

— Tengo dos preguntas: me ha parecido que por esa relación con Carlos Nanei, ese sacerdote colaborador del Prelado de la Obra, usted se puso en contacto con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. ¿Ha visto mermada su diocesaneidad? Como sacerdote, como arzobispo y como cardenal, ¿sigue siendo diocesano?
Pienso que si entendemos cuál es nuestra vocación, si nos damos cuenta de que nuestra vocación central es la santidad, no hay ningún problema sobre si somos diocesanos o no. Fui el primer obispo que, dentro de la Curia, pidió la admisión en la Obra, y lo hice porque sentía que me ayuda a mantenerme en mi deseo, que es muy lejano; la Obra me ayuda a mantenerme en el deseo de alcanzar la santidad. Pienso que cada sacerdote que ha comprendido y conocido a san Josemaría y su preocupación por la santidad -no solamente los sacerdotes sino todo el Pueblo de Dios-, no puede tener dudas sobre ello; aceptar esta gracia que el Señor nos da que es una vocación que después el Concilio ha confirmado. Por mi parte no he tenido ninguna dificultad; al contrario, Carlo me había dicho de ser cooperador, y yo le dije que quería más. Le doy gracias a Dios, porque verdaderamente una de las gracias que he recibido en Roma fue la de haber trabajado con Juan Pablo II durante cinco años. Este hombre me ha marcado mucho, sobre todo en sus últimos años y en sus últimos días. Porque entonces él me ha hecho comprender que, después de haber hablado mucho y viajado mucho, tenía sentido el que hubiese perdido la palabra. Hoy insistimos mucho en evangelizar con la palabra, internet, radio, televisión; pero él, en sus últimos momentos, no podía hablar, lo que demuestra que el testimonio físico es la mejor forma de anunciar la Palabra de Dios. No quiero decir que no sea importante la televisión, la radio, internet. Pero si miramos la Revelación, Dios ha hecho lo mismo: primero ha enviado a los profetas; después se ha encarnado, vino físicamente, para dar un testimonio físico, y ésta es la verdadera evangelización. He comprendido esto. Él también ha cargado con la Cruz, que quisiéramos tirar lejos. El último Viernes Santo ya no podía ir al Coliseo, pero siguió el Vía Crucis desde su capilla privada. Cuando sostenía la cruz, ninguno podía ver su cara y sólo se veía su dorso. Era una forma de decir: no importa mi cara, mirad el signo de nuestra salvación. Fueron, por tanto, cinco años felices con Juan Pablo II, y ahora casi siete con Benedicto XVI. La Obra me ha ayudado mucho durante mi estancia en Roma. Recientemente he predicado un retiro en la abadía de Beloc, vecina a España. Había cien sacerdotes franceses, lo que es muy raro. Un africano, después de haber hablado durante tres o cuatro días, se me ha acercado y me ha dicho: usted ha hablado tres veces de Josemaría Escrivá, yo quisiera conocerlo, quisiera llegar a ser como él.  Está bien, le dije, no hemos tenido tiempo de hablar de san Josemaría, pero yo te puedo explicar un poco cuando vuelva a Roma. ¿Dónde estás? En Burdeos, me respondió. Entonces, cuando regresé a Roma, he preguntado si la Obra tenía labor en Burdeos. Me han dicho que no, que había Centro en Toulouse, y que un sacerdote iba regularmente a Burdeos. Les he dado su nombre para que contacten con él. Cuando puedo, procuro acercar a la gente para que les ayuden a buscar la santidad.
— Llegan rumores de etapa final del pontificado y se aprecian movimientos de poder. Con visión de fe, ¿nos podría decir alguna palabra al respecto?
También en la Santa Sede somos hombres. Y últimamente ha habido rumores desagradables, que avergüenzan. No sobre el pontificado del Santo Padre, sino sobre las finanzas. Han sido reveladas al público cartas personales al Santo Padre, tantos rumores, como la nómina del arzobispo de Milán, no importa tanto el nombre sino que se trata de cosas secretas. Y pienso que se trata de pecados.
El Papa está bien, debemos rezar por él porque es el único que hoy puede guiar, porque conoce bien la crisis que vivimos, la conoce desde dentro, y por esto está orientando la Iglesia de modo justísimo, como mencioné anteriormente, diciéndonos “mirad a san Pablo”, “mirad al Cura de Ars”; entramos en el año de la Fe, y en la Nueva Evangelización. Recemos para que el Santo Padre permanezca todavía mucho tiempo.
— ¿Y a qué lugares asiste Cor Unum?
Es verdad que, como sabéis, el Santo Padre está siempre preocupado de enviar a Cor Unum a los lugares donde hay sufrimiento, porque donde el hombre sufre, Dios sufre. Y debemos expresar allí esta proximidad de Dios, esta compasión de Dios, y así hemos estado en Haití, en el aniversario del primer año del terremoto, un país pobrísimo, sin organización, al que llegan muchas ayudas pero que son difíciles de distribuir porque no hay estructuras para ello. Hemos empezado a hacer escuelas y parece que hay un pequeño progreso. ¡Hay tanta generosidad con Haití! Pero es un país que durante años y años ha conocido la dictadura, y es difícil.
En Japón, el tsunami ha destruido casi quince mil personas, llevándose las casas el agua, pero es un país dinámico, lleno de iniciativas. Están reconstruyendo todo, y el problema es la central nuclear, que aun no sabemos si se ha podido controlar. Japón es un país dinámico y la gente no hace aparecer su sufrimiento exteriormente. He ido allí y he celebrado la santa Misa y después de la Misa el obispo me ha traído a algunas personas para saludarme que habían perdido todo; entre ellas un médico que había perdido su clínica por el agua, con un hijo muerto, y que fue salvado por un empleado suyo que lo sacó del agua.
También ayudamos últimamente a América latina en Paraguay, Colombia… y el Santo Padre nos ha pedido ayudar también a Somalia, país en el que no llueve. Estos son algunas de las preocupaciones de Cor Unum. Hemos de estar donde el hombre sufre.

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