Libertad del minimalismo
Alejandro Bermúdez,
Director de la Agencia Católica ACI Prensa


Benedicto XVI debe ser la pesadilla de todo apostador. Siempre con las posibilidades en su contra, sigue adelante en su pontificado para desesperación de los “analistas” que, fallando en sus pronósticos, al menos pueden agradecer no haber puesto dinero en ellos. ¿No era Ratzinger el pantzerkardinal, el “Rottweiler de la Iglesia” a, el purpurado que jamás sería aceptado como cabeza de la denominación religiosa más numerosa del mundo o por la “opinión pública”? Y oh sorpresa, elegido pontífice, ¿no fue este el Papa que debía renunciar por el escándalo de Marcial Maciel o los escándalos sexuales en Europa? ¿El que fue censurado por al menos un par de parlamentos de países europeos por atreverse a decir que el preservativo no es la solución para la pandemia del sida o levantar la excomunión a un obispo que resultó siendo un negacionista del Holocausto judío?
¿No es este el pontífice que guía la Iglesia Católica entre libros-escándalos y “vatileaks” que parecen no acabar? Y sin embargo, tras siete años continuos de predicciones sobre su supuesta inviabilidad, Benedicto XVI ha sobrevivido a los diagnósticos de todos los “expertos” demostrando cuánta razón tenía el analista político norteamericano Bill Schneider: “La prensa secular simplemente no “pesca” la religión”. ¿Cómo entender la inmutabilidad de este Papa que, embestido por sucesivas olas de mala prensa, no solo no se amilana, sino que preside iniciativas--en la liturgia, la enseñanza de la fe, el apostolado--que están transformando a la Iglesia? Para “pescarlo” los “expertos” deberían comenzar por dejar de leerse entre sí y leer directamente al cardenal Ratzinger.
En un texto publicado hace 30 años, el entonces teólogo Ratinzger escribía que la victoria de la Iglesia al final de los tiempos no debía suponerse fulgurante o si quiera visible a los ojos del mundo. La promesa de Jesucristo de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, explicaba Joseph Ratzinger, no sería en nada parecida a las victorias políticas, militares o deportivas; porque la Iglesia se entiende a sí misma no como una institución que es ante todo comunidad de quienes libremente han escuchado a Jesús y decidido seguirlo a cualquier precio. Y por tanto, decía el futuro Papa, si en su segunda venida, Cristo encuentra un puñado de creyentes en una catacumba huyendo de las persecuciones, Jesucristo habrá cumplido su promesa y la Iglesia habrá triunfado.
Por eso, este pontificado, desde la perspectiva de quienes ignoran su minimalismo radicalmente cristiano, es ilegible. Y entonces solo cabe especular inútilmente: ¿es candoroso al extremo o maquiavélico como nadie? Pero, ¿cómo podría ser maquiavélico un pontífice apasionado por la verdad, que no teme pedir perdón, reconocer su falta de familiaridad del terreno político o solicitar públicamente la ayuda de sus fieles y colaboradores? ¿Cómo podría ser candoroso y torpe el hombre cuya talla intelectual llevó al filósofo Jürgen Habermas a reconocer que es “más inteligente que yo?”. Los analistas de hoy tienen todo el derecho de creer que lo que creemos los católicos, incluyendo al Papa, son patrañas. Pero no pueden al mismo tiempo honestamente reclamar la capacidad de poder entenderlo, interpretarlo y, menos aun, decirle cómo debe gobernar a la multitud de fieles que lo siguen, lo aman y confían en él.