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“El valor de la vida humana ante la fe y la razón
artículo de ramiro pellitero, profesor de teología  de la universidad de navarra  www.religionenconfidencial.com
lunes 26 de noviembre de 2012




El autor del libro “El rumor inmortal” (Rialp, 2010, pp. 15s.), R. Spaemann, explica así su título: “La existencia del ser al que llamamos ‘Dios’ constituye un antiguo rumor que se resiste a ser acallado. Ese ser no es un fragmento del mundo. Más bien sería causa y origen del universo. Con todo, forma parte del rumor el hecho de que en ese mundo descubrimos rastros de ese origen, lo cual viene a respaldar la fuerza del rumor. Tal es la única razón por la que se oyen tantas cosas acerca de Dios”.
Pues bien, una de esas huellas de Dios es el valor de la vida humana, como “algo que pertenece a la herencia moral de la humanidad”. Lo ha dicho Benedicto XVI en su mensaje para la sesión del “atrio de los gentiles” en Portugal (Guimaraes y Braga, 16-17/XI-2012). Al valor de la vida humana se puede llegar por la razón; al mismo tiempo, ese valor solo se hace patente por la fe. Se trata de uno de los campos (la bioética) en los que la relación entre razón y fe se demuestra enriquecedora para las dos partes. Analicemos la argumentación del Papa.

1. Al valor de la vida humana se puede llegar por la razón. Dice la encíclica Evangelium vitae: “Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término” (n. 2). Así lo expresa Benedicto XVI: “No somos un producto casual de la evolución, sino que cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios: somos amados por Él”. En la comienzo de la cita de Evangelium vitae conviene detenerse, para fijarse quizá en ese “aun entre dificultades e incertidumbres”, pues con frecuencia las culturas, sin ir más lejos la nuestra, no están abiertas a esa herencia moral que nos han dejado los mejores representantes de la humanidad. 

2. Si el valor de la vida se puede comprender por la razón, ¿para qué necesitamos a Dios? El Papa responde evocando una experiencia humana: “La muerte de la persona amada es, para quien la ama, el suceso más absurdo que se pueda imaginar: ella es incondicionalmente digna de vivir, es bueno y bello que exista (el ser, el bien, la belleza, como diría un metafísico, son transcendentales intercambiables). Igualmente –continúa–, la muerte de esta misma persona aparece a los ojos de quien no la ama como un suceso natural, lógico (no absurdo)”. Ante esta situación, se pregunta Benedicto XVI: “¿Quién tiene razón? ¿El que la ama (‘la muerte de esta persona es absurda’) o el que no la ama (‘la muerte de esta persona es lógica’)?”
El Papa entiende que “la primera posición [que la muerte del ser amado es una cosa absurda e irracional] se puede defender solamente si toda persona es amada por un Poder infinito; y este es el motivo por el que necesitamos a Dios”. 
En efecto, cabe deducir por nuestra parte: si Dios no existiera, no se plantearía que la muerte no sea natural, pues sobreviene siempre; algo parecido cabría deducir si Dios no fuera un poder infinito. Solamente “protesta” contra la muerte quien no la considera como “natural”, y sabe o intuye que de alguna manera puede ser vencida. Y esa intuición, que manifiesta el que ama, no puede ser una mentira irracional.
Prosigue Benedicto XVI apelando a la experiencia: “De hecho, quien ama no quiere que la persona amada muera; y, si pudiera, lo impediría siempre. Si pudiera... El amor finito es impotente; el Amor infinito es omnipotente”. 
Por tanto, podríamos decir, el anhelo de amar eternamente, o tiene un sentido que Dios de alguna manera llena, o no lo tiene; y entonces es un engaño de la naturaleza; pero un engaño “universal”, un sinsentido que se daría en todos los que aman; pero los mejores representantes de las culturas se han negado a aceptar ese sinsentido, sugiriendo que el anhelo de un amor eterno de alguna manera nos vincula a Dios.

3. Pues bien, señala el Papa, la fe confirma el valor de la vida humana con certeza: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3. 16). Sí, interpreta Benedicto XVI, Dios ama a toda persona, y, este amor la hace digna de vivir. En la misma línea lo entiende Juan Pablo II: “La sangre de Cristo, a la vez que revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es el valor de su vida” (EV, n. 25). 
Aquí surge un problema: “En la época moderna el hombre ha querido sustraerse a la mirada creadora y redentora del Padre (cf. Jn 4, 14), apoyándose sobre sí mismo y no sobre el Poder divino. Casi como sucede en los edificios de cemento armado sin ventanas, donde es el hombre el que controla la ventilación y la luz, igualmente, incluso en un mundo autoconstruido, utilizamos los ‘recursos’ de Dios para transformarlos en nuestros productos”. Se plantea el Papa: “¿Qué decir entonces? Es necesario volver a abrir las ventanas, ver de nuevo la amplitud del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo”. 
¿Cómo lograrlo? ¿Cómo hacer justicia a la realidad, concretamente, en cuanto al valor de la vida humana? “De hecho –subrayemos la afirmación de Benedicto XVI– el valor de la vida se vuelve evidente solamente si Dios existe”.  

4. Por eso, retomando un consejo de Pascal a sus amigos no creyentes, que Joseph Ratzinger viene dirigiendo desde 2005 también a los amigos que no creen, propone: “Por eso, sería bello que los no creyentes quisieran vivir ‘como si Dios existiese’”.
En aquella ocasión señalaba: “De este modo, nadie se encuentra limitado en su libertad, pero todas nuestras cosas encuentran un sostén y un criterio del que tenemos urgente necesidad” (Conferencia en Subiaco, 1-IV-2005).
Explica ahora con referencia a los no creyentes: “Aunque no tengan la fuerza para creer, deberían vivir sobre la base de esta hipótesis; en caso contrario, el mundo no funciona. Hay tantos problemas que deben resolverse, pero nunca se resolverán del todo, si no situamos a Dios en el centro, si Dios no vuelve a ser de nuevo visible en el mundo y determinante en nuestra vida”. 
Insiste recurriendo a la experiencia positiva en alto grado (sobre todo de los santos): “El que se abre a Dios no se aleja del mundo y de los hombres, sino que encuentra hermanos: en Dios caen los muros de la separación, somos todos hermanos, somos parte los unos de los otros”. 
La propuesta de Benedicto XVI “vivir como si Dios existiese” se sitúa en la línea del “rumor inmortal” al que se refiere Spaemann. Como bien observaba Sandro Magister con motivo de la traducción italiana en 2008, el libro del filósofo alemán es el primero de una colección que lleva por título: “Como si Dios fuese real”.
Por lo demás, parece claro que esa propuesta implica la disposición por ambas partes, creyentes y no creyentes, a purificar, en el  diálogo entre fe y razón, tanto las ideas y las palabras sobre Dios, como el modo concreto de ese “vivir”. El valor de la vida humana crecerá ante la razón y la fe vivida, en la medida en que el testimonio de los cristianos asuma la experiencia universal de una razón y un corazón iluminados y vivificados por Dios.
Así se expresaba Joseph Ratzinger en aquella conferencia de Subiaco: “Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo. El testimonio negativo de cristianos que hablaban de Dios y vivían contra Él, ha obscurecido la imagen de Dios y ha abierto la puerta a la incredulidad. Necesitamos hombres que tengan la mirada fija en Dios, aprendiendo ahí la verdadera humanidad. 
Necesitamos hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de manera que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Sólo a través de hombres que hayan sido tocados por Dios, Dios puede volver entre los hombres”.


Opus Dei, Vigo