SER MADRE



ISABEL SAN SEBASTIÁN
ABC, día 6/05/2013
Ser madre es una hazaña heroica que se complica cada día que pasa, pero es la más hermosa de las empresas a las que dedicar una vida




PERDONEN que hoy escape a la política de letra pequeña, a las miserias cotidianas que solemos glosar los columnistas, para adentrarme en un territorio infinitamente mayor y más inexplorado, por aquello de que la mayoría de quienes se dedican a ese oficio son varones, carentes, por ende, de la experiencia que guía mis dedos en el teclado: la de ser madreEscribo movida por la emoción del día, aunque también, y ésa es constante, por la convicción de que entre los muchos errores que está cometiendo nuestra sociedad en esta época agónica, uno de los más graves consiste en despreciar el valor infinito de la maternidad hasta el extremo de convertirla en un obstáculo para el pleno desarrollo de la mujer. Una equivocación de proporciones gigantescas que pagaremos muy cara; que estamos pagando ya, de hecho, con poblaciones envejecidas y cada vez más desestructuradas, germen de una crisis global que apenas ha empezado a mostrar su rostro fiero.
      Soy periodista desde hace más de un cuarto de siglo. He tenido el privilegio de cubrir acontecimientos de trascendencia histórica, como la caída de los regímenes comunistas en Europa del Este, y de entrevistar a líderes de talla mundial. He participado en primera línea en la lucha contra el terrorismo, escrito ensayo y novela, viajado por cuatro de los cinco continentes... Nada, absolutamente nada de todo eso se asemeja en importancia al trabajo de ser madre. Tampoco ninguna de esas actividades me ha proporcionado alegrías equiparables a las que me brindan mis hijos a diario. Me considero extraordinariamente afortunada por haber podido compatibilizar mi carrera con esa aventura apasionante que es la maternidad, gracias a la comprensión y apoyo de mi maestro, Luis María Anson, en esos años de la infancia en que los niños demandan más presencia física. Pero constato con pena, con inquietud, con rabia, que mi hija pequeña tendrá más dificultades aún de las que me encontré yo a la hora de conciliar sus sueños de crecimiento profesional con el empeño de construir una familia.
       ¿Cómo podemos ser tan ciegos? ¿Qué clase de estafa es ésta? Después de siglos de opresión y lucha, una vez alcanzada a duras penas esa ansiada igualdad de derechos, plasmada en la legislación, que no en la práctica, nos plantean esta disyuntiva diabólica y pretenden vendérnosla, encima, desde la «progresía», como una gran conquista del feminismo. El aborto se convierte en un «derecho», equiparable al de pernada, derivado de considerar a los hijos una propiedad, más o menos molesta según las circunstancias, susceptible de ser liquidada a voluntad. El ascenso laboral se condiciona a la disponibilidad ilimitada de tiempo, lo que obliga a posponer cualquier otro compromiso vital hasta el absurdo o renunciar sin dar batalla. Las calles se llenan de madres-abuelas (y padres-abuelos) que no podrán gozar del placer de jugar a muchos juegos, sencillamente porque se lo impedirá la edad, ni tampoco estarán en las mejores condiciones para educar con la suficiente energía. Los tratamientos de fertilidad se multiplican, con el correspondiente coste personal, económico y social, porque el reloj biológico es implacable. La tasa de reproducción se desploma...
     Las alarmas no dejan de sonar. Todos los indicadores señalan que deberíamos lanzarnos sin demora a una serie de profundas reformas encaminadas a crear un hábitat más amable para esa especie amenazada... aunque nadie hace nada. No se tocan los horarios, siendo como son en España demenciales. No se presupuestan ayudas. Ni siquiera se intenta prestigiar esa figura en el discurso público.
    Ser madre es una hazaña heroica que se complica cada día que pasa, pero es, y siempre será, la más hermosa de las empresas a las que dedicar una vida.


Opus Dei, Vigo