CONFERENCIA SOBRE DON ÁLVARO


“Álvaro del Portillo fue un hombre al servicio de la Iglesia”

Los actos del centenario de Álvaro del Portillo en el Oratorio de Bonaigua (Barcelona) comenzaron el pasado jueves con la intervención de Mons. Pedro Rodríguez, Profesor de Teología en la Universidad de Navarra y Académico de la Pontificia Academia de Santo Tomás. En la conferencia expuso Álvaro del Portillo cumplió los encargos de la Santa Sede “con decisión, claridad, serenidad y empeño”.

22 de febrero de 2014



La trayectoria de Álvaro del Portillo fue “un sacrificado servicio a la Iglesia”, llevado a cabo con “decisión, claridad, serenidad y afán”, expuso Pedro Rodríguez. Ante unas 250 personas, explicó que Álvaro del Portillo “tenía una inteligencia preclara, una envidiable capacidad de trabajo y una serenidad sorprendente: unos talentos que con gran sencillez, siguiendo los consejos de san Josemaría, puso desde el primer momento al servicio de la causa de Dios". 
Álvaro del Portillo –explicaba Rodríguez– llegó a Roma con los doctorados de Ingeniería de caminos y de Filosofía, y allí obtuvo el tercer doctorado: en Derecho Canónico. “Del Portillo se preparaba así, entre otras cosas, para algo que iba a ser determinante de toda su vida: ayudar al Fundador del Opus Dei en la hermosa y sufrida batalla de abrir el camino teológico, institucional y jurídico del Opus Dei”. Pronto Pío XII le nombró miembro de la comisión para la aplicación de la constitución Provida Mater Ecclesia, que fue el primero de una larga cadena de encargos durante cinco pontificados. 
El profesor de la Universidad de Navarra explicó que aunque animaba a otros a hacer carrera universitaria, “los que le conocimos sabemos que Álvaro del Portillo nunca quiso hacer la 'carriera' que a lo largo de la historia ha condicionado a tantos eclesiásticos”, porque “aquel sacerdote sólo tenía ojos para Jesucristo y su Iglesia”. Para Rodríguez, “esta actitud de Álvaro, unida a la dulzura y bondad de su carácter, provocaba en las personas que le trataban esta síntesis de respeto y de confianza amigable”. La mayor parte de los textos que escribió “pasarán inadvertidos para la opinión pública”, porque la investigación de Álvaro del Portillo le llevó a escribir más de mil votos y dictámenes, dirigidos a los prelados y a los expertos, especialmente durante su participación en el Concilio Vaticano II. 
El Académico romano explicó que Álvaro del Portillo no buscó figurar y hablaba lo justo, pero “cuando le buscaban estaba, y le buscaban muchas veces porque su palabra era profunda y atinada, y su trabajo, eficaz: era un hombre que resolvía problemas, sabía superar situaciones complicadas y contagiaba seguridad”. 
Para D. Pedro Rodríguez la madurez de la trayectoria eclesial de Álvaro del Portillo se identifica en buena medida con su servicio a las tareas previas, propias y posteriores del Concilio Vaticano II. Justamente después de anunciar el Concilio Vaticano II, el 25 de enero del 1959, Juan XXIII le nombró consultor de la Congregación del Concilio y presidente de Grupo de trabajo sobre el apostolado de los laicos. Desde ese momento ya no dejó de trabajar al servicio del Concilio Vaticano II. Fue consultor de diversas Comisiones conciliares, como la de la Disciplina del clero y el pueblo cristiano.
Escribió 'Fieles y laicos en la Iglesia' y 'Escritos sobre el sacerdocio', dos libros “imprescindibles para entender los Decretos conciliares sobre los laicos y sobre los presbíteros”, explicó Rodríguez. El Profesor de Teología también contó que cuando él llegó a Roma, en 1967, para ir desde allí a diversos países de Europa con un proyecto de investigación sobre la teología del laicado en el Movimiento Ecuménico, Álvaro del Portillo le entregó un texto de 150 folios a máquina, escrito en latín. “He tenido que escribirlo para la Comisión del Código. Puede servirte en tu trabajo”. Era un primer esbozo de lo que después sería el libro “Fieles y laicos en la Iglesia”, y le recomendó, una vez en Bélgica, visitar en Lovaina a un gran amigo suyo, Mons. Gérard Phillips, que había sido Secretario de la Comisión conciliar que preparó la Const. Lumen Gentium. Rodríguez fue a verle con las 150 densas páginas en latín bajo el brazo, y volvió con unas anotaciones que el teólogo de Lovaina le entregó sobre el dictamen de Álvaro del Portillo. 
En tres proposiciones el profesor belga dejó escritas estas palabras sobre el proyecto de Álvaro del Portillo para el Código: “Placet: Que se insista sobre la vocación universal de los laicos a la santidad, que debe ser expresada también en las leyes y las prescripciones jurídicas. Placet: Que el legislador canónico deba reconocer la igualdad y dignidad de todos los cristianos y proteger los derechos de los laicos y sobre todo que se conciban y promuevan dinámicamente. Placet: Que a ningún hombre se le niegue la dignidad de la persona humana y que se reconozca la igualdad de la mujer en la Iglesia y que esté dispuesto a llevarla a la práctica”. Para Rodríguez esta síntesis que hace Gérard Philips define la figura eclesial de Álvaro del Portillo y puede considerarse emblemática de su combate  teológico-canónico. 
El prof. Rodríguez concluyó la conferencia con las palabras que Juan Pablo II dirigió a Álvaro del Portillo para felicitarle por sus 80 años, ya pocos días antes de su muerte. El Papa le manifestaba que su vida había sido “un trabajo lleno de fidelidad realizado al servicio de la Iglesia santa”.




Opus Dei, Vigo