SOBRE LA LABOR DOCENTE




21 marzo 2014.
Un profesor es también, en cierto modo, un compositor de una original sinfonía, y enseñar es −quizá mejor, puede ser− una de las bellas artes



Venía esta mañana de Madrid a Pamplona por los campos de Soria. Amanecía mientras el coche se deslizaba por la autopista solitaria en la madrugada. Al admirar el paisaje acudían a mi memoria los versos de Machado aprendidos en la infancia: “Colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas, / por donde traza el Duero su curva de ballesta / en torno a Soria”.
Después de dar gracias a Dios por el poderoso sol que −cegador− se iba levantando sobre la meseta castellana llenándolo todo de luz y color, encendí la radio. Sintonicé Radio Clásica y pude estar escuchando largo rato a Maurice Ravel. “¡Cuánto me gustaría ser compositor!”, pensé al terminar una maravillosa grabación del Concierto para piano en sol mayor, bajo la dirección de Leonard Bernstein, seguida de la famosa Pavana por una infanta difunta. ¡Ser capaz de organizar una compleja sinfonía con elementos tan dispares y a la vez armónicos, que hacen disfrutar y sentirse felices a quienes la escuchan! ¡Qué envidia tengo de Ravel!
Al cabo de un rato caí en la cuenta de que un profesor es también, en cierto modo, un compositor de una original sinfonía. Si pone cabeza y corazón en su enseñanza, sus alumnos −al menos algunos de ellos− vibran en sintonía con él. Cuando un profesor pone inteligencia y pasión en lo que enseña, los mejores alumnos se emocionan también y aprenden con él. Algo parecido ocurre con los textos encerrados en los libros viejos y nuevos: vuelven a palpitar cuando un humilde lector los devuelve a la vida haciéndolos vida suya.
Todos tenemos experiencia de habernos emocionado alguna vez hasta la lágrima escuchando una composición musical de alguien desconocido por nosotros o leyendo unas líneas de un autor muerto hace siglos. Nos parece que aquella música o aquellas palabras dicen algo muy íntimo de nosotros mismos, estableciendo una misteriosa conexión entre autor y lector, una peculiar sintonía entre compositor y oyente, como si se tratara de almas gemelas.
A mí me llega muy adentro siempre que leo o escucho a algún antiguo alumno que dice como propio algo que muy probablemente me escuchó a mí y que con seguridad aprendí yo a mi vez de mis maestros. Me emociona porque viene a ser como una sinfonía expandida en el espacio y en el tiempo. De la misma forma que aquellos profesores que me hicieron aprender de memoria los versos de Machado, me han permitido esta mañana disfrutar de los campos de Soria, “donde parece que las rocas sueñan / conmigo vais!” −proseguía Machado en su poema−, así mis alumnos podrán enseñar a los suyos lo que de mí aprendieron si logro con mi entusiasmo y ejemplo que lo encarnen en sus inteligencias y sus corazones.
Como escribió George Steiner, “el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres. También lo está la vocación de enseñar. No hay oficio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños, que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos”.
Se trata, sin duda, de una sinfonía inacabada, que se continúa en el tiempo, como la música bella cuando es tocada con amor y alguien la escucha con gozo y ansias de aprender. Por eso enseñar es −quizá mejor, puede ser− una de las bellas artes.
Jaime Nubiola

Vigo