EL CARDENAL SCOLA Y EL MATRIMONIO

Scola: cuatro soluciones para los divorciados vueltos a casar
22 SEPTIEMBRE, 2014
ROMA, 22 de septiembre de 2014

EUCARISTÍA, RECONCILIACIÓN Y LOS DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR
de Angelo Scola
[…] Debe tenerse presente lo que he dicho hasta aquí cuando nos enfrentamos a argumentos delicados que comportan un sufrimiento particular, como la cuestión de los divorciados vueltos a casar. A quienes después de un fracaso de su vida conyugal en común han establecido un nuevo vínculo les está prohibido el acceso a los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía.
A menudo se acusa a la Iglesia de falta de sensibilidad y comprensión en lo que atañe el fenómeno de los divorciados vueltos a casar, sin reflexionar atentamente sobre las razones de su posición, que ella sabe que están fundados en la revelación divina. Sin embargo, aquí se trata no de una acción arbitraria del magisterio de la Iglesia, sino más bien de la conciencia del vínculo inseparable que une la eucaristía y el matrimonio.
A la luz de esta relación intrínseca, hay que decir que lo que impide el acceso a la reconciliación sacramental y a la eucaristía no es un único pecado, que puede ser siempre perdonado cuando la persona se arrepiente y pide perdón a Dios. Lo que hace que el acceso a estos sacramentos sea imposible es más bien el estado, la condición de vida, en la que se encuentran quienes han establecido un nuevo vínculo: un estado que, en sí mismo, contradice lo que es significado en el vínculo entre eucaristía y matrimonio.
Esta es una condición que debe ser modificada para poder corresponder a lo que es realizado en estos dos sacramentos. La no admisión a la comunión eucarística invita a estas personas, sin negar el dolor y las heridas que sufren, a ponerse en camino hacia una comunión plena que se realizará en los tiempos y en los modos determinados, a la luz de la voluntad de Dios.
Más allá de las distintas interpretaciones de la praxis de la Iglesia primitiva, que aún no parecen dar prueba de comportamientos sustancialmente diferentes a los de hoy, el hecho de que haya desarrollado cada vez más la conciencia del vínculo fundamental entre eucaristía y matrimonio marca el resultado de un recorrido realizado bajo la guía del Espíritu Santo, más o menos como, en el tiempo, han tomado forma todos los sacramentos de la Iglesia y su disciplina.
Así se entiende por qué tanto la “Familiaris consortio”  como la “Sacramentum caritatis” han confirmado “la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía” (SC, 29).
En esta perspectiva tenemos que resaltar dos elementos que deben ser estudiados más profundamente. Ciertamente, la eucaristía, en determinadas situaciones, contiene un aspecto de perdón; sin embargo, no es un sacramento de curación. La gracia del misterio eucarístico realiza la unidad de la Iglesia como Esposa y Cuerpo de Cristo, y esto requiere en la persona que recibe la comunión sacramental la posibilidad objetiva de dejarse incorporar perfectamente en Cristo.
Al mismo tiempo tenemos que explicar de manera más clara por qué la no admisión a los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía de quienes han establecido una nueva unión no debe ser considerada un “castigo” por su condición, sino más bien un signo que indica el camino para un recorrido posible, con la ayuda de la gracia de Dios y la inmanencia en la comunidad eclesial. Por esta razón, y por el bien de todos los fieles, cada comunidad eclesial es llamada a poner en marcha todos los programas apropiados para la efectiva participación de estas personas en la vida de la Iglesia, respetando sin embargo su situación concreta.

Formas de participación en la economía sacramental
La vida de estos fieles no deja de ser una vida llamada a la santidad.
Extremadamente valiosos a este respecto son algunos de los gestos que la espiritualidad tradicional ha recomendado como apoyo para quienes se encuentran en situaciones que no permiten acercarse a los sacramentos.
Me refiero, sobre todo, al valor de la comunión espiritual, es decir, a la práctica de comulgar con el Cristo eucarístico en la oración de ofrecerle a Él el propio deseo de su Cuerpo y de su Sangre, junto al dolor por los impedimentos a la realización de este deseo.
Es equivocado pensar que esta práctica es ajena a la economía sacramental de la Iglesia. En realidad, la denominada “comunión espiritual” no tendría sentido fuera de la economía sacramental. Es una forma de participación en la eucaristía que se ofrece a todos los fieles; y es adecuada para el camino de quien se encuentra en un determinado estado o en una condición particular. Entendida así, dicha práctica refuerza el sentido de la vida sacramental.
Se podría proponer, de manera más sistemática, una práctica análoga también para el sacramento de la reconciliación. Cuando no se pueda recibir la absolución sacramental, será útil promover esas prácticas que se consideran – también por parte de la Sagrada Escritura – particularmente adecuadas para expresar la penitencia y la petición de perdón, favoreciendo la virtud del arrepentimiento (cfr. 1 Pedro 4, 7-9). Pienso sobre todo en las obras de caridad, en la lectura de la Palabra de Dios y en las peregrinaciones. Estos apropiados gestos podrían ir acompañados de encuentros regulares con un sacerdote para discernir el camino de fe de cada uno; y pueden ser también expresión del deseo de cambiar y de pedir el perdón de Dios, mientras se espera que la situación personal se desarrolle en modo tal que permita acercarse a los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía.
Por último, basándome en mi experiencia como pastor, desearía recordar que no es imposible proponer a estos fieles, según unas condiciones determinadas y con un cuidado adecuado, “el compromiso de vivir en plena continencia”, como declaró San Juan Pablo II, “es decir, abstenerse de los actos propios de los cónyuges”. Puedo decir, después de tantos años de ministerio episcopal, que este es un recorrido que implica sacrificio, pero también alegría, y que la gracia de Dios hace realmente factible. He tenido la oportunidad de readmitir a la comunión sacramental a católicos divorciados y vueltos a casar que habían llegado a dicha decisión después de una reflexión madura.
La experiencia pastoral también nos enseña que estas formas de participación en la economía sacramental no son puros paliativos. Más bien son, desde el punto de vista de la conversión – que es propia de la vida cristiana -, una fuente constante de paz.

Casos de nulidad matrimonial
En conclusión, debemos considerar la situación de quienes creen en conciencia que su matrimonio no es válido. Lo que hemos dicho hasta ahora sobre la diferencia sexual y sobre la relación intrínseca entre el matrimonio y la eucaristía invita a una atenta reflexión sobre los problemas vinculados a la declaración de nulidad matrimonial. Cuando se presenta la necesidad y los cónyuges piden la anulación, es esencial verificar de manera rigurosa si el matrimonio era válido y, por lo tanto, indisoluble.
Esta no es la ocasión para repetir las razonables recomendaciones que han surgido en las respuestas al cuestionario presentado en el “Instrumentum laboris”, que conciernen al enfoque forzosamente pastoral de este conjunto de problemas. Sabemos muy bien lo difícil que es para las personas implicadas reflexionar sobre el propio pasado, marcado por un profundo sufrimiento. También a este nivel se vislumbra la importancia de concebir la doctrina y el derecho canónico como una  unidad.

Sacramento del matrimonio y fe
Entre las preguntas que necesitan un ulterior examen debemos recordar la relación entre fe y sacramento del matrimonio, que Benedicto XVI ha abordado varias veces, también al final de su pontificado.
Efectivamente, la relevancia de la fe para la validez del sacramento es una de las cuestiones que la actual situación cultural, sobre todo en Occidente, nos obliga a valorar muy atentamente. Hoy, al menos en determinados contextos, no se puede dar por descontado que los cónyuges que celebran un matrimonio tengan la intención de “hacer lo que la Iglesia tiene el propósito de hacer”. Una falta de fe podría llevar, hoy, a la exclusión del bien mismo del matrimonio. Si bien es imposible expresar un juicio definitivo sobre la fe de una persona, no podemos negar la necesidad de un mínimo de fe sin la cual el sacramento del matrimonio no es válido.

Una sugerencia
En segundo lugar, como aclara también el “Instrumentum laboris”,  es deseable que se pueda encontrar alguna vía para acelerar los procesos de nulidad – en el pleno respeto de todos los procedimientos necesarios – y para hacer más evidente la naturaleza íntimamente pastoral de estos procesos.
Siguiendo esta línea, la próxima asamblea extraordinaria podría sugerir que el Papa valorice más el ministerio del obispo. En particular, podría sugerir que éste examine la factibilidad de la propuesta, sin duda compleja, de dar vida a un procedimiento canónico no judicial que tendría como su árbitro final no un juez o un colegio de jueces, sino más bien el obispo o un delegado del mismo.
Con ello propongo un procedimiento regulado por una ley de la Iglesia, con métodos establecidos de recogida y valoración de las pruebas. Ejemplos de procedimientos administrativos ya previstos actualmente por la ley canónica son los procedimientos para anulación de un matrimonio que no ha sido consumado (cánones 1697-1706) o por motivos de fe (cánones 1143-50), o también los procedimientos administrativos penales (canon 1720).
Como hipótesis, se podría explorar el recurso a las siguientes opciones: la presencia en cada diócesis, o en un conjunto de pequeñas diócesis, de un servicio de asesoramiento para los católicos que tuvieran dudas sobre la validez del propio matrimonio. A partir de aquí podría ponerse en marcha un procedimiento canónico para valorar la validez del vínculo, realizado por un responsable adecuado (con la ayuda de personal cualificado, como los notarios requeridos por el derecho canónico). Este procedimiento sería riguroso en la recogida de pruebas, que se enviarían al obispo junto a los dictámenes del responsable, del defensor del vínculo y de una persona que asiste a la persona solicitante. El obispo (que podría también confiar esta responsabilidad a otra persona mediante poderes) debería decidir si el matrimonio es nulo o no (y podría consultar a varios expertos antes de dar el propio dictamen). Sería posible en cualquier momento para uno de los cónyuges apelar a la Santa Sede contra dicha decisión.
Esta propuesta no quiere ser un escamoteo para resolver la delicada situación de los divorciados vueltos a casar; más bien, quiere hacer más evidente el vínculo entre doctrina, cuidado pastoral y disciplina canónica. […]

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