HOMILÍA SANTA MARÍA LA MAYOR

Homilía del Cardenal Santos Abril y Castelló

30 de septiembre de 2014

Homilía pronunciada por el Cardenal Santos Abril en la basílica romana de Santa María la Maggiore, con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo.

Misa en acción de gracias por la beatificación de Álvaro del Portillo
Roma, 30 de septiembre de 2014
(Liturgia de la Palabra: Ez 34,11-16; Ps 23[22],1-3.4.5.6; Col 1,24-29; Jn 10,11-16)
Con gran alegría estamos reunidos hoy en esta basílica romana dedicada a Santa María. Nuestra Eucaristía cobra un matiz particular, pues agradecemos al Dios tres veces santo por la reciente beatificación, decretada por nuestro querido Papa Francisco, del Obispo Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei. La santidad de Dios se refleja en sus santos y, con expresión del Santo Padre, tiene rostro. A la luz de la Liturgia de la Palabra, me gustaría contemplar con vosotros esa bondad de Dios que Álvaro del Portillo supo encarnar: queremos “descubrir a Jesús en el rostro”del nuevo Beato. Con una fidelidad llena de amor, siguiendo el ejemplo de san Josemaría, anunció el mensaje cristiano en obras y de verdad, haciéndose eco de la belleza de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, y su afán por las almas le empujó a llevar el calor de nuestra fe al mundo entero.
1. “Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré” (Ez 34,11). Es grande la promesa que Yahveh hace, por boca del profeta Ezequiel, a los miembros del Pueblo elegido que habían sufrido la deportación. A pesar de las infidelidades de los hombres, el Señor manifiesta su cercanía, y se compromete a protegerlos y a guiarlos: “Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar” (Ez 34,17).
La historia de Israel avanza sostenida por la esperanza del cumplimiento de estos vaticinios, que se realizarían plenamente con la Encarnación del Verbo. En efecto, Jesucristo aplica a sí mismo esta conmovedora imagen, y se presenta como el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas que recibió del Padre (cfr. Jn 10,11.29). Así, manifiesta al mismo tiempo su íntima ‒consubstancial‒ unión con el Padre y la misión que tiene delante de los hombres. En los cuidados del Buen Pastor reconocemos, pues, la misericordia del Padre Eterno, que busca a sus hijos para atraerlos a sí, reuniéndolos en una misma casa, que es la Iglesia.
La misión de Jesucristo se prolonga de modo particular en los Apóstoles y sus sucesores. Él se hace presente en aquellos que ha designado como Pastores de su Pueblo: por eso, san Pablo se considera servidor de la Iglesia, y es consciente de haber recibido un encargo preciso, en favor de los fieles (cfr. Col 1,25). Comunicar este inmenso amor de Dios hacia los hombres es algo que sobrepasa las capacidades humanas, y casi parecería una temeridad pretender hacerlo; no obstante, el Apóstol exclama que cumple su misión no por su propia virtud, sino por la de Cristo: “lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí” (Col 1,29). Álvaro del Portillo fue un pastor fiel, según el anuncio que el profeta Jeremías había hecho al pueblo, de que Dios concedería pastores según su corazón (cfr. Jer 3,15). Así, el beato Álvaro correspondió a la fidelidad llena de misericordia de Dios, que la Escritura designa como verdad y amor.
Al inicio de esta celebración Eucarística, en la oración colecta nos hemos dirigido a Dios, el Padre de las misericordias que colmó al beato Álvaro del Portillo de un espíritu de verdad y de amor . Y es que la gracia actuó con fuerza en este obispo bienaventurado, manifestando con su vida entregada al Pueblo de Dios la misericordia del Padre. Lo hizo en una época en la que también los hombres y mujeres siguen necesitados de experimentar la ternura del Padre, que cura las heridas de los corazones, fortalece las almas débiles y reconduce por el buen camino a quien lo había perdido (cfr. Ez 34,16). Por eso, el beato Álvaro invitaba a acercarse al Señor, a perseverar fielmente a su lado para colmar la vida de dicha: “no ‘le’ dejes, y te enamorarás; sé leal y acabarás loco de amor a Dios”escribió en una ocasión, comentando el punto final de la obra de san Josemaría, Camino.
2. El espíritu de verdad impregnó la vida del beato Álvaro del Portillo. Fue un auténtico colaborador de la verdad (cfr. 3 Jn 1,8), de esa verdad que salva, que es la fe en el Dios Uno y Trino. Difundió entre muchas personas de la más diversa condición el mensaje evangélico. Siguiendo las huellas de san Josemaría Escrivá de Balaguer, realizó viajes desde América hasta Oceanía para mantener numerosos encuentros de catequesis, explicando la doctrina cristiana a los hombres y mujeres del mundo de hoy, tanto en países de arraigada tradición cristiana como en aquellos en los que el anuncio de Jesucristo aún se sigue abriendo paso. En su colaboración con la Sede Apostólica fue un fiel custodio de la Tradición de la Iglesia, al mismo tiempo que sabía que había que transmitirla a sus contemporáneos con la misma fuerza y vivacidad de la Iglesia primitiva. En este sentido, colaboró eficazmente en los trabajos del Concilio Vaticano II, cuyas enseñanzas se encontraban constantemente en su predicación y empeño pastoral: especialmente la llamada universal a la santidad, el papel insustituible de los laicos y su libertad, la vocación y misión de los sacerdotes.
Como servidor de la verdad, el beato Álvaro también promovió la creación de universidades y centros de enseñanza, impregnados del espíritu evangélico. En una época que exalta el valor de la libertad, no dejó de recordar que la verdad hace libre al hombre (cfr. Jn 8,32), y específicamente, la verdad de la dignidad de los hijos e hijas de Dios.
Por eso, junto a este servicio infatigable a la verdad ‒y como fundamento imprescindible‒, en la vida del beato Álvaro contemplamos un espíritu de amor rebosante. Era una caridad operativa, que lo llevó a secundar constantemente al fundador del Opus Dei de una manera silenciosa, pero no por eso menos eficaz. En esta entrega tampoco faltaron los dolores y contradicciones, que supo llevar con una auténtica paz, reconfortado por la gracia de Dios. Así, podía decir lo mismo que san Pablo escribía a los de Colosas: “ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).
En su ministerio pastoral, supo ser un sembrador de paz y de alegría. Muchos testigos recuerdan la mirada serena del beato Álvaro, que transparentaba una profunda relación filial con Dios Padre, y que comunicaba espontáneamente la paz de quien se sabe hijo muy amado. En sus viajes pastorales invitaba a las personas que lo oían a dejar que esta serenidad cristiana gobierne su actividad diaria, haciendo del trabajo, de la vida familiar y las demás realidades cotidianas una ocasión de encuentro con Jesucristo.
Sabía también este santo pastor que la paz solo puede llegar a la comunidad humana si las relaciones que le dan forma están llenas de justicia y de amor. Por eso, en viajes y cartas pastorales encontramos invitaciones apremiantes a no ser indiferentes hacia la suerte de los demás hermanos. Porque el Señor llama a todos a ser también instrumentos de su misericordia, aliviando las necesidades materiales y espirituales de los hombres que comparten con nosotros la existencia. Así, son numerosas las iniciativas de beneficencia y promoción social cuyo origen está ligado de un modo u otro a la vida y predicación del beato Álvaro.
3. “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor” (Jn 10,16). Podemos decir que esta inquietud del Señor estuvo fuerte en el corazón de pastor del nuevo beato. Su mirada se dirigía a todo el mundo. Por eso, con sus enseñanzas, oración y ejemplo impulsó a sus hijos e hijas a trabajar en los ambientes más variados, convirtiéndolos en una ocasión de presentar la figura de Jesús a las personas con las que convivían. En efecto, como enseña el Papa Francisco, “todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” . Animó a muchos cristianos a ser consecuentes con su vocación de ser luz del mundo, dejándose iluminar por el Señor. En algunas ocasiones, comparaba la fuerza transformadora de la Eucaristía en las almas con el sol cuyos rayos, en el ocaso, parecen incendiar la tierra: así también los cristianos pueden brillar y dar luz por donde se muevan, si reciben al Señor en el Sacramento del Altar.
Llevar la luz y el calor de Cristo a todas las almas: ese fue un afán que caracterizó la vida del nuevo beato. Por eso, secundó la llamada de san Juan Pablo II de realizar una nueva evangelización en los países en los que se había obscurecido el mensaje de alegría y misericordia de Nuestro Señor. Y también comenzó el apostolado de la Prelatura del Opus Dei en otros sitios donde todavía no se había afianzado el Evangelio.
Como nos lo recuerda el Papa Francisco, “la nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados” . Esta Misa en acción de gracias es también una invitación para que reavivemos todos nuestro compromiso apostólico. La celebramos en este templo, que custodia la venerada imagen de Santa María, Salus Populi Romani. A ella acudió el Santo Padre Francisco a la mañana siguiente de haber sido elegido sucesor de Pedro. El beato Álvaro también fue numerosas veces peregrino de este santuario mariano. Así, el 1 de enero de 1978 estuvo rezando aquí para iniciar un año mariano de acción de gracias por el 50º aniversario de la fundación del Opus Dei. Sabía que para llegar a Jesucristo el mejor camino es recurrir a su Santísima Madre, según estas palabras del fundador del Opus Dei, que había recibido en lo más profundo de su corazón: “A Jesús siempre se va y se «vuelve» por María”.
Queridos amigos, también hoy queremos confiar nuestro camino cristiano a la protección de Santa María. Y repetimos nuestro agradecimiento al Señor que, por la mediación de su Santísima Madre, nos ha mostrado su misericordia en la vida del beato Álvaro del Portillo: ¡que el nuevo Beato intercede para que seamos buenos hijos de tan buena Madre! Así sea.


Opus Dei, Vigo