TRES ARTÍCULOS TOMADOS DE almudi.org


23 enero 2015. Juan José García-Noblejas
scriptor.org
Entiendo que el desatino tiene visos de abuso de confianza respecto de Papa Francisco, cuando habla en confianza con los periodistas y sin ningún tipo de
off the record

Errar es humano, rectificar de sabios. Por lo visto, los periodistas son muy humanos, pero algunos resultan poco sabios. Muchos, demasiados, arriman el ascua de la actualidad a su sardina ideológica o nutricia.
Algunos luego rectifican. Muchos, demasiados, no lo hacen. Quizá interesa menos prestar un servicio al lector o espectador y a la verdad, que buscar el sesgo escandaloso en la audiencia y el contento de la mano que da de comer.
Ya casi, ante el valor comercial e ideológico del marketing redaccional, parece una antigualla aquello de que la tarea y pelea diaria del periodista es saber buscar y saber ofrecer la verdad a sus lectores. A no ser que la verdad periodística sea algo más cercano a lo criticado por Antonio Machado en sus Proverbios y cantares (LXXXV), versos archiconocidos: "¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela".
Bueno, pues en vez de guardarla, resulta que esa verdad del medio y del periodista, es hoy la que mayormente se publica. Y como sucede que "todo no puede decirse", entonces la verdad se declina, con fingida humildad intelectual, reducida a mi verdad. La que a fin de cuentas responde a mi ideología, o la del periódico que me cobija y paga, o la de lo políticamente correcto que circula en este momento.
Tal parece el caso de algunos periódicos, televisiones y periodistas (no es del caso poner ejemplos, pero abundan) manipulando el sentido de la conversación que el Papa Francisco tuvo con los periodistas en el avión durante el reciente viaje a Ceilán y Filipinas. A la ida, y a la vuelta (aquí, transcripción italiano integral).
Se diría que, además de las urgencias, las prisas y las improvisaciones, había en algunos periodistas y en algunas redacciones exceso de celo escandaloso e ideológico en simplificar lo dicho por Papa Francisco.
En simplificar y también enmendar la plana a Francisco. Tanto en lo referente a los extremos de la libertad de expresión y la blasfemia (para algunos, la primera domina despóticamente sobre la segunda) como al número de hijos en las familias católicas (algunos dictaminan con pasmosa seguridad presuntas cifras católicas y enmiendan la plana a la Humanae Vitae).
Entiendo que el desatino tiene visos de abuso de confianza respecto de Papa Francisco, cuando habla en confianza con los periodistas y sin ningún tipo de off the record.
Por una parte, el abuso respecto de los lectores que esperan leer y escuchar, si no la literalidad de las palabras de Francisco, sí el sentido preciso con que realmente y con verdad apuntan a la realidad.
Por otra, en este caso, el abuso de confianza que supone torcer el sentido de algunas frases de Francisco, dejándolas mutiladas y aisladas del contexto de confianza en el que Francisco las pronunció. 
Porque Francisco está por "la libertad de expresión" y al tiempo por la prudencia ante la realidad humana. Y está por la realidad humana y la prudencia y al tiempo por "el consuelo y esperanza ver tantas familias numerosas que acogen a los hijos como un verdadero don de Dios". Con audacia.
Juan José García-Noblejas
__________________________  
27 enero 2015. Ernesto Juliá
religionconfidencial.com
Los bisabuelos, los abuelos y los jóvenes padres seguían viviendo responsablemente el cuidado del tesoro que Dios les había confiado; y le daban gracias por cada uno de los descendientes
En estos días ha vuelto a mí memoria la alegría que me llevé hace años, allá por 1997, cuando me dieron la noticia. Los padres de un amigo acababan de celebrar su 60 aniversario de Boda. Habituado a celebrar las Bodas de Plata y de Oro de personas conocidas, lo de los 60 años era ciertamente una nota especial. Y no solo el hecho; sino también la realidad de una familia semejante. Una vez más la realidad es siempre más rica que cualquier novela.
Con dos hijos en el Cielo ─fallecidos, uno apenas nacido y otro sin llegar a cumplir los dos años─, los nueve restantes estaban todos vivos, y con familias de todo tipo, unas más numerosas que otras. De los nueve, uno tiene el síndrome Down, y vive con sus padres; los demás llegaron a la celebración con todos sus hijos, y con algún que otro nieto. En total, 7 biznietos, 45 nietos, 9 hijos, y 10 parientes políticos. Habían muerto un yerno y una nuera, y en la familia, además de llevar el duelo con serenidad y paz, se organizaron para dar el calor materno y paterno a los huérfanos.
Entre todos, y en buen acuerdo, se repartieron los gastos de la celebración, y después de vivir la Eucaristía ─celebrada por un nieto─ en acción de gracias, una comida familiar en un restaurante asequible: ninguno disponía de una casa capaz de acoger esta Familia Numerosa.
La bisabuela había iniciado una tradición familiar cuando nació el primer hijo: la de poner en el Belén navideño un corderito con su nombre. Con el paso de los años, el número de los corderos fue creciendo; y surgió otra tradición: la de poner a los pies del Niño Jesús un conejito, con el nombre del nieto más pequeño que, lógicamente, cambiada de nombre cada año. Al llegar a un año de vida, el conejo desaparecía y se convertía en un cordero más.
Para su 60 aniversario de fidelidad, y además de dar gracias a Dios por el don que les había otorgado, de recibirse como esposo y esposa; quisieron tener un detalle con los biznietos, casi todos recién nacidos, y le regalaron a cada uno un conejito blanco con un lacito azul o rosa, según fueran niños o niñas. Bromas de los bisabuelos.
Todos los hijos, y las hijas, habían vivido su maternidad y su paternidad muy responsablemente, en medio de los avatares del vivir, con sacrificios más o menos grandes, según épocas y trabajos. Aprendieron de sus padres que cada hijo era un don de Dios, un tesoro que Dios les confiaba, y recibieron a cada uno con profundo agradecimiento. Uno no pudo recibir más de tres criaturas: una enfermedad grave de su mujer dejó la familia ahí. Y eso de que cada recién nacido “venía un con pan bajo el brazo” descubrieron que era verdad.
Solo a uno de ellos, que era entonces un deportista muy bien preparado, le ocurrió un percance con motivo de su prole. Su mujer acababa de dar a luz a su octava criatura. El mayor de los hijos había apenas cumplido 16 años. En una celebración entre amigos de la oficina, al comunicarles la venida al mundo de una nueva hija, uno de los asistentes se consideró en la obligación de llamarle la atención por el número de hijos, por el peligro que suponía la superpoblación en el planeta, eso que otros llaman neo-malthusianismo, y además de recordarle el número ideal de hijos para mantener el equilibrio de las generaciones, acabo la filípica diciéndole que estaba tratando a su mujer como si fuera una “coneja”.
El hombre tuvo paciencia hasta que apareció la palabra “coneja”. En ese momento, y sin muchas contemplaciones le asestó al compañero un puñetazo en la boca que le dejó mudo. Y mientras el otro se secaba la sangre, se limitó a decirle: “A la madre de mis hijos no la insulta nadie, ni tú ni la madre que te parió”. Todo acabó bien, se pidieron perdón y se dieron un abrazo. Y el compañero se acordó de que era hijo único y que siempre había anhelado otros hermanos.
Los bisabuelos, los abuelos y los jóvenes padres gozaron del griterío y de la vida que tenían delante de sus ojos. Seguían viviendo responsablemente el cuidado del tesoro que Dios les había confiado; y le daban gracias por cada uno de los descendientes.
En medio de la fiesta, los biznietos prefirieron el biberón o el pecho de sus madres, y se olvidaron de los conejitos. Los animalitos, con sus lazos azules y rosas, comenzaron a rondar entre las mesas, y como pronto se dieron cuenta de que nadie les prestaba la menor atención, se escaparon por la puerta y fueron a comer hierba al jardín.
Ernesto Juliá
______________________ 
26 enero 2015. Héctor Franceschi
aleteia.org/it
Lo que yo he vivido en mi familia y visto en tantas otras familias, y que espero que muchos tengan el valor de vivir, de arriesgarse, porque quien no arriesga no vence
Ofrecemos la traducción de la Carta abierta de Héctor Franceschi, Profesor ordinario de Derecho Matrimonial Canónico en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, al director del diario Corriere della Sera, y publicada en la edición italiana de aleteia.org.
Señor Director:
Soy el cuarto hijo de una familia cristiana numerosa. Somos diez hermanos, los dos últimos −huérfanos de una familia humilde− adoptados por mis padres cuando el octavo hijo estaba ya en la Universidad. Debo decirle que me sentí desolado cuando, en el Corriere della Sera del 20 de enero, leí el título entrecomillado del artículo de Gian Guido Vecchi: «Serve una paternità responsabile. La famiglia ideale è quella con tre figli» (Hace falta una paternidad responsable. La familia ideal es la que tiene tres hijos). Me quedé sorprendido.
Como sabe usted bien, en el periodismo las palabras entre comillas significan palabras textuales. En todo caso, me sentí como "de sobra", como ese que no tendría por qué estar si la familia ideal fuese la de los tres hijos. ¡Ya no digamos de los hermanos y hermanas que vinieron después! Yo quiero mucho al PapaFrancisco y fui enseguida a buscar esas palabras en la entrevista para intentar comprender en qué sentido las había dicho el Papa, y me quedé asombrado del modo en que sus palabras han sido malinterpretadas en el título del artículo.
Si nos atenemos a lo que el mismo Dr. Vecchi recoge en su artículo, las palabras textuales del Papa fueron:«Tres hijos es el número que los expertos consideran importante para mantener la población. Cuando desciende, sucede lo que he oído decir −no sé si es verdad− que podría pasar en Italia en el 2024: no habrá dinero para pagar a los pensionistas». Valoren ustedes mismo si esas palabras dicen que tres es el número ideal o, en cambio, que por debajo de tres hijos no habrá recambio generacional, es decir, que tres es el número mínimo.
No sé ustedes, pero yo doy gracias a Dios todos los días por la generosidad de mis padres que, con grandes sacrificios, han criado nada menos que diez hijos, todos profesionales y hoy repartidos por el mundo: tres en Estados Unidos, uno en República Dominicana, otro en Kenia, donde ha creado una prestigiosa Facultad de Derecho, otros en Venezuela, nuestro país de origen, y yo en Roma desde hace más de veinte años, comprometido en la formación de juristas de todo el mundo. Entre los diez, los dos que me siguen y yo somos además sacerdotes, felices de nuestra vocación y al servicio de la Iglesia en tres países distintos.
La paternidad responsable de la que habla el Papa Francisco, como se deduce de sus mismas palabras en esa entrevista y en muchas otras ocasiones −véase el reciente Encuentro con familias numerosas en Roma y sus palabras en la Audiencia general del 21 de enero− no significa tener pocos hijos, sino tenerlos responsablemente, ya sean dos, tres o diez. No es el número lo que hace la diferencia, sino el modo en que los padres, incluso con grandes esfuerzos y sacrificios, sacan adelante la familia y cuidan del crecimiento y la educación de sus hijos, que son su primera empresa, lo más importante que tienen entre manos, más que un trabajo exitoso, una situación económica desahogada, una gran fama…, porque todo eso pasa; los hijos, en cambio, no, como he visto en mi familia, en la que ahora, con los padres ancianos, somos nosotros, a veces con sacrificios económicos y de tiempo y la necesidad de una organización coordinada, los que cuidamos de ellos, en el intento, que nunca será suficiente, de devolverles todo lo que nos han dado.
Además, como dice el mismo Pontífice −y esto no se menciona en los titulares−, la paternidad responsable hay que vivirla respetando la verdad de los actos conyugales, sin desnaturalizarlos con el uso de métodos anticonceptivos. No es solo una cuestión de moral de la Iglesia, sino algo que se refiere a la naturaleza y significado antropológico del acto conyugal, mediante el cual los esposos no solo expresan y refuerzan su unión, sino que se abren generosamente a otra dimensión intrínseca de esos actos, que es la de aceptar al otro cónyuge como potencial padre o madre de sus hijos.
Si usted me dice que la Iglesia también admite un método anticonceptivo, que es el de limitar los actos conyugales a los periodos infecundos cuando haya razones justas para retrasar la concepción de un hijo o no tener más, la respuesta se encuentra −y recomiendo su lectura− en la misma Encíclica Humanæ Vitæ, que el Papa Francisco califica como profética, y en la Familiaris Consortio de San Juan Pablo II. La diferencia entre los anticonceptivos y los periodos infecundos no es una diferencia de método, sino dos modos profundamente diversos de afrontar el amor conyugal: en el primer caso, se instrumentaliza el acto, cuando no la misma persona; en el segundo, se respetan los ritmos de la naturaleza y requiere conocer mejor al otro cónyuge, es necesario el autocontrol −la vida virtuosa, diría mejor−, y se debe pensar primero en el bien ajeno: del otro cónyuge y de la misma familia.
Como se habrán dado cuenta, para los medios de comunicación ya es un “dato cierto” que, para el Papa Francisco, la familia ideal es la de tres hijos, cuando no ha dicho nada de eso. Basta haber visto el Telediario de anoche 21 de enero, en el que entrevistan a “la familia católica ideal”, una de tres hijos. Estoy seguro de que son una buena familia católica, pero no por tener solo tres hijos. Son los cónyuges, siguiendo su conciencia bien formada y con generosidad −y muchas veces heroicidad− los que tendrán que valorar en su caso lo que Dios espera de ellos, porque, como ha recordado el mismo Papa Francisco, cada hijo es un don y una responsabilidad.
Termino, porque me he alargado demasiado, afirmando que en nuestra sociedad moderna, en la que muchos quieren tener la vida bajo control, dejando escapar a veces la posibilidad de ser sorprendidos por ella, se pierde toda auténtica esperanza para el futuro. Ante estas posturas, hacen falta familias que sepan arriesgarse, que tengan confianza en la vida, en ellos mismos y en sus hijos, que en las grandes familias a menudo llegan incluso a ser educadores de los hermanos y hermanas más pequeños y crecen en responsabilidad, al saber compartir, al ocuparse unos de otros. Además, si son creyentes, saben que la ayuda de Dios nunca les faltará. Es lo que yo he vivido en mi familia y visto en tantas otras familias, y que espero que muchos tengan el valor de vivir, de arriesgarse, porque quien no arriesga no vence.
Un cordial saludo,
Héctor Franceschi
Ordinario de Derecho Matrimonial Canónico
Pontificia Universidad de la Santa Cruz

Opus Dei, Vigo