MISERICORDIA Y VERDAD, UNA FALSA CONTRAPOSICIÓN

 
El cardenal Carlo Caffarra [1] explica en este artículo cómo conjugar -sin contraponer - "verdad" y "misericordia", especialmente en el caso de los divorciados civilmente y vueltos a casar que desean acceder a la comunión sacramental. La argumentación, parte de los diálogos de Jesús con los fariseos, en los que el Señor menciona el relato del Génesis para exponer su doctrina.
Carlo Caffarra


El estudio que voy a examinar nace, me parece, de una preocupación, de la que deriva la cuestión fundamental que el artículo quiere resolver. La preocupación es no oponer misericordia y verdad, sino conciliarlas según la prioridad de la primera sobre la segunda. El impacto práctico –en el sentido más alto de la palabra– de la irresuelta oposición sería devastador para la persona humana. De esa preocupación nace la cuestión fundamental a la que el artículo quiere responder: ¿son conciliables la misericordia y la verdad? Y, en caso afirmativo, ¿cuál sería la forma de dicha conciliación?
Debo advertir inmediatamente que el autor, si no me equivoco, comete un “desliz semántico” que afecta a toda la construcción de la respuesta, pues hace coincidir verdad con ley; dicho desliz semántico es evidente desde el principio, donde el significado que da a la “verdad” es el de “medir a los hombres según una regla”. Léase atentamente el siguiente texto: “…Consideramos que la misericordia permite mantenerse fiel a la verdad. Si medimos a los hombres con una regla, es inevitable dividirlos en justos y pecadores; tras lo cual solo queda invitar a estos últimos a convertirse adecuándose a la norma” [p. 330].
El desliz semántico lleva al autor a formular la cuestión de fondo como sigue: ¿cómo conciliar la irrepetible condición del sujeto agente con las generalizaciones propias de la ley moral? La misericordia realiza la conciliación en cuanto afirma el primado del sujeto respecto a la ley. Primacía que se expresa en la figura de la “excepción” a la ley general; y el juez que establece la legitimación de la excepción es la conciencia.
Los estudios históricos llevados a cabo por el P. Servais Pinckaers O.P., han demostrado que este modo de resolver el problema de la relación universal–singular nació con la teología post tridentina.
Ahora quisiera mostrar que la respuesta que da nuestro autor a un problema real y central en la reflexión ética, es falsa. Me empuja a esto, entre otras cosas, el hecho de que esa solución se está convirtiendo en el paradigma fundamental con el que muchos afrontan el tema del acceso a la Eucaristía de los divorciados vueltos a casar, dando la impresión de que así se concilia la afirmación de la absoluta indisolubilidad del matrimonio (rato y consumado) con la posible admisión del divorciado vuelto a casar a la comunión eucarística.

1. En primer lugar intentaré precisar con rigor el concepto de verdad tal como se usa en el contexto de una teología de la misericordia. “No hablar como conviene no constituye solo una falta hacia lo que debe decirse, sino que también pone en peligro la misma esencia del hombre” (Platón).
La famosa disputa de los fariseos con Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mt 19,3-9 y paralelos) nos introduce en la conciencia de Jesús, en cómo trataba a las personas que le plantean problemas prácticos. Los fariseos preguntan a Jesús en qué medida se puede hacer una excepción a la ley de la indisolubilidad; cuáles son las circunstancias que legitiman su derogación: ¿sólo en caso de adulterio o hay otros motivos? Jesús ni siquiera responde. Rechaza el planteamiento, la lógica de la pregunta, y se remonta al “Principio”. Se remonta a cómo Dios hizo y hace las cosas.
“Para Jesús el Principio es la intención del Creador… Ese principio está presente en toda la historia y permanece siempre como impulso y medida de la historia, es el juicio de ella… Para Jesús, un permiso o una derogación del Principio… pertenece al pasado, que se revela temporal y concluido… Para Jesús, Moisés es pasado, el Principio no” (F. Rossi de Gasperis, Sentieri di vita, 1; Paoline, Milano 2005, p. 32).
El Principio es la luz de Dios que está presente en el hombre, lo acompaña siempre, incluso en la desesperación más profunda. El episodio del hijo pródigo es su representación existencial (cf. Lc 15,11-32).
La conversión del hijo implica un juicio de condena de todo lo que ha hecho. Se trata de un juicio sobre su condición vista a la luz de su condición original: a la luz del Principio: “¿Cuántos siervos en casa de mi padre…? ¡y yo aquí me muero de hambre!”. La memoria de la condición original (“en casa de mi padre” = el Principio) genera un juicio sobre la condición actual (“y yo aquí me muero de hambre”), del que nace la decisión de volver.
El Principio no se sitúa cronológicamente, como Moisés. Simplemente está.
¿La categoría del mandamiento–ley es la más adecuada para expresar este modo de pensar de Jesús? Es decir, ¿el Principio se puede reducir al mandamiento? Pienso que no. Y por varias razones.
Jesús apela al Principio en el contexto de una discusión casuística, de aplicación de una ley a casos particulares.
Como ya dije, el Principio es el designio originario del Creador sobre la pareja humana. Es ciertamente normativo, hasta el punto de no admitir aboliciones, ni siquiera por parte de Moisés, que las justifica por la dureza del corazón. Pero la normatividad del Principio no se debe en última instancia a un acto de la voluntad divina: es la normatividad propia de la constitución misma de la pareja humana. La categoría más adecuada es la categoría de la verdad práctica, esto es, de la verdad sobre el bien de la persona.
En definitiva, el Principio bíblico es la verdad, el sentido de la persona humana tal como Dios la pensó y la quiso: como la creó. Misericordia y verdad así entendidas están siempre una en la otra. La Misericordia es la obra de Dios que en Cristo edifica al hombre verdadero; la verdad es el proyecto, la intención que guía el obrar misericordioso de Dios.
Hablar de prioridad de la misericordia en el sentido de que legitime excepciones a una ley, solo tiene sentido en una construcción legalista: ¡en la reflexión ética es un capítulo cerrado!

2. Ya me parece oír la acusación: esa perspectiva niega de hecho la historicidad de la persona humana; no reconoce al sujeto en las circunstancias irrepetibles en que vive, ni la importancia que tiene. El artículo que estamos examinando, moviéndose –como he dicho– en el contexto preciso de una reflexión y de una construcción ética legalista, piensa la dimensión histórica del sujeto en los siguientes términos: la ley moral en cuanto norma general, no puede tener presente todas las circunstancias particulares en que vive el sujeto; y por tanto, excepciones a la ley moral son posibles o incluso necesarias.
La construcción ética de fondo del artículo, desde mi punto de vista, afronta un problema verdadero, que ninguna antropología, ética y praxis pastoral, puede ignorar. Pero la modalidad con la que el problema se afronta lleva al autor a dos conclusiones: misericordia y verdad/ley pueden oponerse; es la conciencia del individuo la que debe dirimir el conflicto.
El “nudo” de la cuestión está en admitir en principio la posibilidad de un conflicto entre misericordia y verdad. Este punto de partida, que nace del oscurecimiento del concepto de verdad, lleva a un callejón sin salida, a un aut-aut teóricamente insostenible: o el bien de la persona o la observancia de la ley. Y la misericordia es la actitud de quien exime al sujeto, por razón de su situación, de la norma general.
¿Cómo se sale de ese callejón sin salida? A través de una justa comprensión de la verdad práctica, es decir, de la verdad sobre el bien.
Existen verdades puramente especulativas, en las que la razón simplemente reposa. Pero también existen verdades ético-religiosas sobre el bien de la persona, que tienen ciertamente un contenido formal, pero ese contenido es solo su punto de partida. Están pidiendo, exigiendo ser realizadas en su contenido por el acto de la persona. O mejor: son de tal naturaleza que “provocan” la libertad de la persona que debe realizarse en ellas.
La verdad práctica es como la partitura musical. Se puede leer y estudiar: existe un alfabeto musical. Pero solo en su ejecución los signos manifiestan su invisible realidad. Se puede discutir sobre la verdad práctica, pero lo que significa solo se sabe cuando la libertad la realiza.
Existe por tanto una “cohesión esencial” entre personas y verdad práctica [= ley natural]; y una “cohesión existencial”, que es actuada por la libertad. Y esto es un punto fundamental.
La veritas agenda está inscrita en la persona, y no tiene en absoluto carácter de lex exterius data: ésta es la cohesión esencial. No “sentir” esta cohesión es uno de los signos más dramáticos de que la persona humana se encuentra perdida (cfr. Rm 7,14-23). La veritas agenda vive dentro de la autodeterminación de la persona, y es la conciencia la que la introduce. La libertad la realiza o la niega; ésta es la cohesión existencial o la verdad de la subjetividad.
La persona en su obrar no es un caso contemplado o no por una ley. La persona es la veritas agenda; está siempre inmersa, radicada en el Principio.
En el primer esquema tiene sentido preguntarse si puedo hacer una excepción a la ley, dadas mis particulares circunstancias. En el segundo no tiene sentido: sería como preguntarse si en mi obrar puedo hacer excepciones a mi “ser persona humana”.
“La verdad de la subjetividad es… una noción existencial de relación entre existencia simple y decisión libre, entre realización afectiva y pura posibilidad… comporta la sujeción y la adecuación completa y absoluta que el hombre debe a la verdad misma, si quiere estar en la misma verdad. Si quiere poseerla, debe primero dejarse poseer por ella” (Cornelio Fabro).
De esta verdad hablaba el beato J. H. Newman al escribir: “El espíritu está por debajo de la verdad, no sobre ella; está obligado no a disertar sobre la verdad, sino a venerarla”.
El corazón del drama del hombre no es su confrontación con una ley. Es el drama de una persona que puede decidirse a negar con su elección la verdad de sí mismo, conocida por su razón y/o por la fe. Que puede decidir arrancarse de raíz de su Principio, que brilla siempre en su mente, intimior intimo meo et superior superiori meo [2].
El Deus dives in misericordia se ha hecho protagonista de este drama, porque ha decidido devolver, en Cristo, al hombre a la plenitud de [la verdad de] su humanidad. Es un drama que narra una historia inédita y propia de cada persona.
De hecho, la Iglesia es mediadora de la divina misericordia en dos modos o lugares: en el ambón, donde ayuda al hombre a tomar conciencia de la cohesión esencial; y en el confesionario, donde ayuda a cada uno a realizar su cohesión existencial. ¡Cuidado con confundir los dos!
La gradualidad del recorrido no consiste en la capacidad de aplicar una ley universal a una condición que siempre es única: esa es tarea del juez, no del ministro de la misericordia.
Dicha gradualidad en conducir a la persona a que viva cada vez más en la verdad del bien: itinerarium libertatis in Veritatem. Las indicaciones del itinerario no son leyes fijas, sino un acompañamiento sabio y prudente. La gradualidad no es un camino hacia una meta: no es la tensión hacia un ideal (= pelagianismo). Es, en cambio, la aprobación consciente y libre dada por el individuo a la verdad del bien, haciéndose cada vez más libremente verdadero y verdaderamente libre. Y es un camino único, propio de cada persona, no globalizable. Opus maximum misericordiae Dei!

Breve apéndice.
A la ya famosas dos “excepciones” propuestas por el P. Garrigues O.P. ya se han hecho críticas muy consistentes mostrando su insostenibilidad. Me limito a una sola observación de carácter lógico. Recordando lo que a B. Russel le gustaba repetir: muchos han tratado de destruir la lógica, pero al final es la lógica la que destruye a muchos.
Si elaboro una hipótesis de conducta (en este caso, el acceso a la Eucaristía por parte del divorciado vuelto a casar) basado en circunstancias rigurosamente precisas, y digo: “dándose estas circunstancias, la conducta hipotéticamente considerada es una excepción legítima a la ley universal”, en realidad no hago una excepción, sino que propongo una ley contraria.
En efecto, cada vez que se den esas circunstancias, aquella conducta será legítima: he elaborado un esquema de conducta indefinidamente repetible y generalizable. Eso es precisamente lo que hace la ley, toda ley.
Por tanto, una de dos. O se dice que el matrimonio (rato y consumado) es siempre y en toda circunstancia indisoluble, y por tanto es lógicamente imposible elaborar hipótesis al estilo de Garrigues; o bien se admite la legitimidad de hipótesis de este género, y entonces ya no se puede volver a afirmar la absoluta indisolubilidad del matrimonio. Non datur tertium, nisi tertium confusionis: proclamar una verdad solo de palabra, afirmando otra mediante la legitimación de una praxis cuyos presupuestos implícitos contradicen la verdad proclamada. Es la “performative contradiction” (contradicción performativa).
Jesús no se dejó atrapar por los fariseos en esa [pseudo-]lógica: miraba al Principio.

[1] Traducción de Luis F. Montoya, del original italiano publicado en La nuova bussola quotidiana, el 23-06-2015:http://www.lanuovabq.it/it/articoli-misericordia-e-verita-una-falsa-contrapposizione-13046.htm, en el que respondía a otro artículo que intenta conciliar los dos conceptos haciendo prevalecer la misericordia sobre la verdad.
[2] “Más íntimo que lo más íntimo de mí, y más superior que lo más superior a mí” (San Agustín) (ndt).


Opus Dei, Vigo