UN BUEN TESTIMONIO

13 febrero, 2016

Durante la presentación en Roma del libro-entrevista al Santo Padre titulado “El nombre de Dios es misericordia”, ocurrió un emotivo y vital momento, que muchos medios de comunicación pasaron por alto.
Como parte de la presentación de la obra, ante el mundo daba su testimonio de la misericordia de Dios un joven privado de libertad. Zhang Agustín Jianqing, emigrante venido de China, nacido budista, perdido en la violencia extrema que le llevó a la cárcel, renacería desde el dolor.
Estas fueron sus palabras…
Me llamo Zhang Agustín Jianqing, tengo 30 años y vengo de China, más concretamente de Zhe Jiang. Puede parecer un poco raro que un chino lleve el nombre de Agustín, pero más adelante entenderán por qué.
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 Mi familia, de tradición budista, son buenas personas que en su vida siempre se han portado bien y han trabajado mucho, tanto en China como en Italia. En 1997, a los 12 años de edad, llegué a Italia con mi padre; mi madre ya llevaba dos años aquí. Han pasado 18 años desde aquel 1997 y la mayoría de ellos los he vivido en la cárcel, donde todavía sigo.
Al llegar a Italia estudié durante un par de años, pero en clase me aburría, así es que me escapaba de la escuela sin que lo supieran mis padres. Cada vez me portaba peor, peleando con mis padres porque no me daban dinero para divertirme. A los 16 años les inventé la historia de que había encontrado un trabajo lejos de casa, para poder pasar las noches en la discoteca. Solo me interesaba divertirme y sentirme poderoso. Así, en poco tiempo adopté un carácter violento y superficial; solo me interesaba el dinero y las chicas.
El dolor por el pecado cometido, purifica

Pero cometí un grave error (…) y a los 19 años fui enviado a la cárcel con una condena de 20 años. Yo no hablaba ni entendía casi nada de italiano, y además en la cárcel de Belluno, donde pasé los primeros dos años, era el único chino. Tenía un montón de problemas y como no sabía pedir ayuda de ninguna manera estaba desesperado. Lo único que me hacía sentir un poco mejor era escribir a mi familia pidiendo perdón por lo que había hecho, por todo el dolor y tristeza que había causado en sus corazones. En especial a mi madre, que en aquella época recorría todas las semanas 700 kilómetros para venir a verme en la cárcel. Siempre que me veía lloraba. Ver esas lágrimas cayendo delante de mí me ayudó a mirarme por dentro y percibir todo el mal que había causado a mi familia, y a la familia de la víctima. Mi corazón temblaba, roto por el dolor. Poco a poco fue emergiendo en mí el deseo de cambiar y que mi querida madre no sufriera más. Nació en mí el deseo de que este sufrimiento pudiera transformarse en felicidad.
El poder sanador de la compasión

Por entonces, antes del traslado a la cárcel de Padua, conocí y estreché amistad con un voluntario, Gildo… En él encontré cobijo y una paz interior que nunca había sentido antes. Por aquel entonces como yo no hablaba ni entendía el italiano, durante nuestros encuentros, pasábamos más tiempo mirándonos que hablando. Tenía el deseo, la necesidad de desahogar todo el mal que llevaba dentro, pero no podía. Simplemente su mirada, con esa compasión hacia mí, me sostuvo durante esos dos años, y me alentó a tener coraje frente a mis dificultades.
En 2007 me trasladaron a la cárcel de Padua. La primera persona que encontré allí fue un paisano mío, Je Wu, que me enseñó a trabajar allí en la cárcel, estuvo a mi lado y me ayudó. Después de unos meses, ya sabía ensamblar cajas para joyas, después fueron maletas. Mi amigo Wu era una persona alegre y un día decidió hacerse cristiano y bautizarse. Yo observaba lo contento que volvía con los amigos cuando iban a misa y decidí ir yo también allí.
Confrontando la fe de los padres
Poco a poco escuchando las palabras del Evangelio y los cantos, fue naciendo en mí una alegría que nunca había sentido… tanto que no veía la hora de que llegara el domingo. Pero como este deseo lo tenía todos los días, decidí participar con algunos amigos presos y de la cooperativa donde trabajábamos en un momento semanal de oración… Todo esto  despertó en mí el deseo de hacerme cristiano. Pero este anhelo chocaba con la preocupación de no provocar otro gran dolor a mi familia, especialmente a mi madre, budista practicante. Por eso viví durante un tiempo este drama sin saber qué era lo más adecuado. Pedí consejo a mis amigos y al buen Dios, sobre cuál era el camino adecuado para mí y para mi familia.
Enamorado de Jesús

El Viernes Santo de 2014 participé, invitado por mis amigos, en el rito del Vía Crucis y el beso a Jesús en la cruz. Al final de la celebración todos mis amigos, uno a uno, bajaron a besar la cruz. Yo tenía el deseo de ir también a besar a Jesús en la cruz, pero pensando en mi madre no era capaz de hacerlo, me parecía que iba a traicionarla por segunda vez.
Recé para que el Señor me perdonara. Al terminar, salí de la capilla y de pronto me di cuenta de que en mi corazón, arrepentido, lloraba porque no había ido a besar a Jesús en la cruz. En el dolor de ese momento entendí que me había enamorado de Jesús, que esto era verdadero y que ya no podía dejarlo. Así que me llené de valor y llamé a mi familia para pedirles que vinieran lo antes posible a la cárcel a hablar conmigo. Al día siguiente mi madre vino a verme y le conté lo que me había pasado el día anterior, diciéndole que ya no podía esconder más mi amor por Jesús. Le pregunté si me dejaba ser cristiano y bautizarme.
Ante estas palabras, mi madre se quedó como cinco minutos inmóvil, que me parecieron los  más largos de mi vida, hasta que con lágrimas en los ojos me dijo: «Si tú crees que esto es adecuado para ti, hazlo, porque si no yo sufriría más». Dicho esto, los dos rompimos a llorar como niños y nos abrazamos. Sentí la presencia del Señor y descubrí un nuevo amor en mi madre, como el de María.
Al amparo de San Agustín y santa Mónica

El día del rito de admisión fue para mí una nueva confirmación de la bondad de esta decisión, porque al oír la palabra del Evangelio que dice «estuve preso y viniste a visitarme», comprendí que Jesús había enviado a los suyos a buscarme, que Su enviado eran todos los amigos que me había encontrado en la cárcel, en el trabajo y en la catequesis, y que estaban allí presentes, conmigo. El 11 de abril de 2015 recibí el Bautismo, la Confirmación, y tomé la primera Comunión: todo en la cárcel. Aunque habría podido obtener el permiso del magistrado para celebrarlo fuera de la prisión, decidí hacerlo en el lugar y con los amigos donde Jesús vino a mi encuentro y donde yo le conocí.
Gildo el voluntario que se compadeció de mí en la cárcel de Belluno fue mi padrino de Bautismo. Al bautizarme tomé el nombre de Zhang Agustín. En la historia de san Agustín me conmueve especialmente su madre, santa Mónica, por todas las lágrimas que derramó por él, esperando recuperar al hijo perdido. Era un poco como yo, pensando en mi madre y el río de lágrimas que derramó por mí, esperando que yo pudiera retomar el sentido de mi vida.”





Opus Dei, Vigo