EL FILÓSOFO HADJADJ




Converso del ateísmo y el judaísmo, publica una obra sobre la Resurrección
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Fabrice Hadjadj: Dios viene a salvarnos en lo más humano, la vida cotidiana es Su obra maestra
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Fabrice Hadjadj es uno de los filósofos más influyentes del pensamiento católico europeo de la última década.






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4 abril 2016
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[El filósofo francés Fabrice Hadjajd, autor de obras como La fe de los demonios, Tenga usted éxito en su muerte¿Qué es una familia? o ¿Cómo hablar de Dios hoy?, acaba de publicar en Francia un libro sobre la Resurrección: Résurrection. Mode d´emploie [Resurrección. Modo de empleo], en torno al cual fue entrevistado por Marie-Laetitia Bonavita para Le Figaro, conversación que reproducimos a continuación.]

Mientras los cristianos celebran la Pascua, el escritor y filósofo acaba de publicar, con un tono a la vez profundo y ligero,
 una magnífica meditación sobre el misterio de la salvación. 

-¿Cómo alguien como usted, que procede de una familia judía y atea, se convierte al catolicismo?
-Sin duda, siendo aún más ateo y más judío. He intentado sinceramente ser ateo, pero me di cuenta de que
 era de estúpidos rechazar a Dios para construir en su lugar un pequeño ídolo a mi medida: el dinero, por ejemplo, o el orgasmo, o los reconocimientos o incluso mi propio juicio. El ateísmo me hizo rechazar las divinidades construidas y me puso en disposición para acoger al Dios que nos trasciende. Y además, me llegó de golpe, rezando por mi padre enfermo: de repente supe que Dios se había hecho carpintero judío, lo que es algo bastante escandaloso, hay que reconocerlo, sobre todo hoy en día, pues hay una vuelta al antisemitismo y también un frenesí tecnológico que nos empuja a no creer en el carpintero, sino en el cyborg. Y, sin embargo, éste es el misterio cristiano.

-En su libro usted insiste en que la Resurrección tiene sus raíces en lo cotidiano. No es fácil, ¿no cree?

-Desde que el hombre empezó a imaginarse a un ser resucitado en gloria, lo representa como un supermán que hace proezas espectaculares. Este tipo que ha descendido a los infiernos y que ha vuelto de allí, ¿nos traerá una palabra de ultratumba, esotérica, envuelta en una luz y un sonido sin precedentes? Pues bien, cuando Jesús se apareció a sus discípulos les dijo: «La paz esté con vosotros»; es decir, les dijo "buenos días". Y después comió con ellos, les comentó las Escrituras, como cualquier otro rabino o como alguien que cuenta la estupenda aventura que acaba de vivir. Su apariencia es tal vez incluso la del primero que llega: María Magdalena le toma por el jardinero, por el sospechoso número uno porque piensa que ha robado el cuerpo; los peregrinos de Emaús lo toman por un caminante que no sabe lo que acaba de pasar en Jerusalén. ¿Por qué pasa esto? Porque
 Dios viene realmente a salvar a su criatura en lo que ésta tiene de más humano. Y porque la vida cotidiana es su obra maestra, algo que nadie había hecho antes que Él, hasta el punto de crear el universo para exponerlo al sol y bajo las estrellas.

-Los Evangelios le conceden un lugar importante al alimento terrestre (la sagrada mesa, el milagro del pan y de los peces). ¿En qué es divino el estómago?

-¿Qué es comer para que Jesús lo haga después de su resurrección? Obviamente, es transformar algo en sí mismo a través de una operación banal y, sin embargo, milagrosa: cuando Léa Seydoux come pollo, el pollo ¡se metamorfosea en chica Bond! Pero incluso esto indica nuestra dependencia ecológica respecto a los alimentos y, por lo tanto, a todo el cosmos; porque para recibir estos alimentos se necesitan el sol y la lluvia, las estaciones, las abejas, la agricultura (pues ésta es la verdadera base de la economía, y no la alta finanza o las empresas de tecnología digital). Por último, cuando usted llama «¡A la mesa!», esto no tiene nada que ver con un palabra de orden ideológico o generacional: los jóvenes y los ancianos, los inteligentes y los ingenuos, los hombres y las bestias (el cachorro de la Cananea), Dios en persona (los tres personajes enviados a casa de Abraham) y los traidores (Judas se sirvió del plato del Mesías), todos vienen y se pasan la sal a pesar de sus diferencias y discrepancias.
 El Verbo coincide con el estómago porque es el lugar de una catolicidad profunda.

-El apóstol Tomás duda de la resurrección del cuerpo de Cristo. ¿Por qué dice usted: «Si dudan, vayan al fondo: que su duda sea de buena fe»?

-Porque tengo espíritu cartesiano. Los otros animales no dudan. Como demuestra Descartes de manera formidable, si podemos dudar de todo, incluso de nosotros mismos, es porque tenemos en nosotros la idea de Infinito. Por esto, todo lo que nos llama la atención podemos ponerlo a distancia, porque es algo finito, aún no es Dios.
 La existencia de Dios es, de alguna manera, la condición de la posibilidad de la duda, incluso del ateísmo. Pero el Dios infinito, apenas se abre nos remite a lo finito, como a su criatura bien amada… Para creer, Tomás pide no sólo ver, sino meter su dedo en las llagas del Resucitado. Exige una especie de milagro al revés. En un milagro normal, las llagas desaparecen. Con el Resucitado, las llagas permanecen para la eternidad. Es lo que espera Tomás, porque él rechaza una gloria espiritualista que no se tome en serio las tragedias de la historia, que rechace el horror como si no hubiera existido.

-¿Qué tenemos que hacer ante lo que usted denuncia como las dos contra-anunciaciones de hoy en día: el tecnicismo y el islamismo?
-Efectivamente, por un parte está el tecnicismo, que nos propone una parodia del Hombre nuevo: en lugar del Verbo hecho carne, la carne hecha bits… Por la otra, el islam, en el que el ángel Gabriel no aparece ante María sino ante Mahoma, y no para magnificar lo humano, sino para someterlo a una Ley "deresponsabilizadora" (que es el equivalente de la programación y el cálculo total). En ambos casos se rechaza la condición humana en su drama, en su nacimiento, en su carne y en su libertad. Pero, ¿cómo resistirse a este rechazo? ¿Cómo rechazar la propuesta de un paraíso automático o automatizado? El consuelo material y espiritual es muy tentador; y para no sucumbir a él y seguir siendo humanos será necesario creer cada vez más que Dios se hizo carne en ese carpintero judío asesinado con treinta y tres años. Entonces estaremos seguros, a pesar de todas las dudas, de que para llevar una vida divina no son necesarios los últimos dispositivos electrónicos del progreso ilimitado ni el establecimiento de la
 sharia. Por lo demás, quien sueñe con un hombre mejorado (o sometido) es intrínsecamente impotente, porque no ha sabido maravillarse ante el que llegó primero.

-¿Tendríamos el paraíso ya en la tierra si cada hombre creyera en la Resurrección?

-Ciertamente no. La fe no tiene nada que ver con una solución técnica y definitiva. Seguiría existiendo el drama; seguiría existiendo el mal pero sería «humano», por así decirlo, o «a la antigua», como en el pasado, cuando nos degollábamos abiertamente y con mala conciencia… Hoy se cometen los horrores más grandes, los más totalitarios y los más devastadores porque intentamos normalizar todo y salir definitivamente del drama. Sin embargo, como usted bien sabe, para salir de él definitivamente sería necesario no tener mujer ni hijos.
 El misterio de la Resurrección no pretende abolir el drama, sino llevarlo a cumplimiento y transfigurarlo en redención, descubriendo el don que subyace en lo ordinario y cambiando la pérdida por ofrenda.

Publicado en Le Figaro.
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

Opus Dei, Vigo