TESTIMONIO EMOCIONANTE

Ella desvela su drama, perdona y agradece a Dios la ocasión de serle útil

El intento de chantajear a un político provida con el pasado de su mujer logra el resultado opuesto



   
29 mayo 2016
Lee Chatfieldmiembro de la Cámara de Representantes de Michigan, tuvo que decidir si aceptar o no el chantaje de una persona que le dijo que había oído "un rumor" e iba a seguir investigándolo. Un "rumor" que podría perjudicar su campaña por la reelección: Lee, hijo de un pastor y graduado en un instituto cristiano, es conocido por sus posiciones provida, y el chantajista amenazaba con divulgar el aborto cometido por su esposa Stephanie en 2008.

Lee y Stephanie son padres de cuatro hijos. Se conocieron en el instituto y se casaron muy jóvenes, mientras él se licenciaba en Educación y en Ciencias Políticas. Muy integrado en la comunidad, miembro de la Asociación Nacional del Rifle, jugador y entrenador de fútbol (europeo), en enero de 2015 asumió el cargo para dos años, un mandato que tiene ahora que renovar.



Es militante de la organización Right to Life [Derecho a Vivir], así que no iba a ser agradable para él que se supiese esa circunstancia de la vida de su esposa. Porque decidió no ceder al chantaje y asumir las consecuencias de darlo a conocer él mismo. Stephanie misma lo hizo, con un post en el perfil de Facebook de Lee.

El resultado ha sido contrario al esperado por el chantajista. No sólo ha dejado al descubierto la catadura moral de sus rivales políticos, sino que ha ganado para la causa provida el testimonio de Stephanie sobre el síndrome postaborto, además de que ella da un ejemplo de perdón cristiano ante la intromisión, agradeciéndola incluso por el bien que pueda seguirse de que ella reconozca públicamente lo que hizo.


Lee, ante un abortorio de Planned Parenthood pidiendo que deje de recibir subvenciones públicas.

"Vean por favor a continuación la declaración de mi esposa sobre su embarazo imprevisto en el instituto. ¡Estoy enormemente orgulloso de mi mujer y de su valentía!". Con estas palabras presenta Lee el siguiente testimonio de Stephanie:

Sé provida... pero ayuda a las mujeres que lo necesitan
Alrededor de nosotros, en nuestra comunidad, hay mujeres que necesitan ayuda en el embarazo. Hay chicas jóvenes que tienen embarazos imprevistos y sienten que no tienen dónde ir ni nadie a quien acudir. Estas chicas están asustadas. Y estas chicas -que se sienten solas, desamparadas o avergonzadas- adoptan lamentablemente la única solución que creen que puede resolver su supuesta crisis: el aborto. Sé esto personalmente, porque siendo adolescente en el instituto aborté.

Siendo sincera, desearía desesperadamente haber tenido el coraje como adolescente de aceptar y acoger a mi hijo en este mundo. Desearía haber tenido la misma valentía que me impulsa ahora a compartir mi historia. Pero no la tuve, y tomé una decisión que he meditado y lamentado casi todos los días desde entonces. Me ha obsesionado. Me ha hecho llorar. En ocasiones ha hecho difícil mirarme al espejo. En aquel momento sabía que lo que hacía estaba mal, pero nunca imaginé el peso y la culpa que tendría que arrastrar como consecuencia. Pero ahora me ha llegado el momento de contar mi historia, y si este testimonio ayuda a otras chicas, alabado sea Dios.

En primer lugar, querría dar las gracias sinceramente a la persona que recientemente contactó con mi marido. Usted informó a mi marido que había oído un rumor e iba a seguir indagando. Usted prometió que se aseguraría de que esta historia se hiciese pública. En realidad, su deseo de hacer pública esta historia me animó a hacer algo que debería haber hecho hace años. Tras hablarlo con mi marido, pensé que contar mi historia era lo mejor. Y fuesen cuales fuesen las intenciones de quien deseaba hacer pública esta historia, de esto estoy segura: Dios lo usará para bien y será para gloria de Dios.

En el instituto, una noche tomé la mala decisión de ir a una fiesta. No recuerdo la mayor parte de lo que sucedió aquella noche, pero a juzgar por mi apariencia y aspecto físico a la mañana siguiente, supe que habían abusado de mí. Tres semanas después, descubrí que estaba embarazada. No se lo dije a mis amigos. No se lo dije a mis padres. A decir verdad, no se lo dije a nadie. Estaba avergonzada y asustada.

La decisión que tomé una semana después, abortar a mi hijo, fue la peor de mi vida. En vez de buscar consuelo en las personas que me rodeaban y más me querían, me hice cargo de la situación en la única forma que conocía. No debería haberlo hecho. Fue mi salida fácil, pero no sabía que iba a verme afligida por una culpa insoportable durante los meses e incluso años posteriores.



Hasta que no hablé con mis padres y con mi entonces antiguo novio (ahora mi marido, Lee), no me di cuenta del perdón total y la gracia que Dios ofrece gratuitamente por medio de su Hijo Jesucristo. Cristo ocupó mi lugar en la Cruz y cargó con el peso de mi pecado para que yo pueda tener vida eterna. Y aunque mis pecados han sido perdonados, en absoluto quiero minimizar el error que cometí aquel día, porque ahora ese pecado engrandece el amor y la gracia de mi Salvador al contar esta historia.

A todas las chicas: si os enfrentáis a un embarazo imprevisto, sean cuales sean las circunstancias, que sepáis que quienes os rodean os aman y quieren ayudaros. En tu zona hay centros de ayuda a la embarazada que existen con la única misión de ayudar a chicas como tú. Ahí está la ayuda. No serás juzgada, más bien serás amada y perdonada. Sé valiente. ¡Contacta con ellos y busca ayuda!

Para todas las que han abortado y pueden estar luchando con la culpa: en Cristo está el perdón. ¡Hay una vida que vivir! Dios me ha bendecido con cuatro niños preciosos y un marido maravilloso y que me ama, que nos cuida y me adora por lo que soy, incluidos mis errores. Dios me ha perdonado y Él te perdonará a ti también.

A todos los militantes provida: estad contra el aborto, sí, pero seguid siendo proactivos y buscando chicas y mujeres que están heridas, que están sufriendo, que se sienten confusas, para que podamos prestarles asistencia. Aportemos soluciones y mostremos el verdadero amor de Cristo a todas y cada una de las mujeres de nuestra comunidad y de nuestra familia.

Y a todos los que leáis esto, recordad lo que yo olvidé: que Dios es mayor que nuestro pecado. Confío en que Dios pueda seguir usando a una persona imperfecta como yo para Su gloria. Y mientras continúe el debate entre el derecho a la vida y el derecho a decidir, esto es lo que sé con certeza: que tomé la decisión equivocada. Ahora mi intención es utilizar mi historia para ayudar a otras chicas, para amar a los demás y para servir como testimonio vivo de la gracia y el perdón de Dios.


Vigo