UNA POETISA HACIA LOS ALTARES



El 23 de diciembre de 2017, la diócesis francesa de Auxerre abrió oficialmente el proceso de beatificación de Marie Rouget (1883-1967), conocida literariamente como Marie Noël





Recientemente Antonio R. Rubio Plo le consagró un artículo en Alfa y Omega:


"La santidad es Dios que atraviesa al hombre", una frase de Marie Noël. La escritora escogió ese pseudónimo en recuerdo de su hermano pequeño, quien falleció cuando tenía 12 años un día siguiente a Navidad (Noël, en francés).

MARIE NOËL, UNA ESCRITORA FRANCESA EN PROCESO DE BEATIFICACIÓN
Hasta hace poco no había oído hablar de Marie Noël, pero sí del sacerdote con el que mantuvo correspondencia durante más de veinte años. Se trata de Arthur Mugnier, bien conocido en los medios intelectuales del París de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX, alguien lleno de sencillez, sensibilidad y espontaneidad, cualidades supuestamente poco adecuadas para triunfar en los salones parisinos entre los ProustGideValéryClaudelMauriacCocteau y otros grandes escritores. De hecho, mi primera impresión al leer su diario, drásticamente mutilado por los editores, fue pensar que se trataba de un hombre que amaba más la literatura que la religión.


Arthur Mugnier (1853-1944) mantuvo su diario (Journal, 1879-1939) durante sesenta años. Por sus páginas pasa lo más granado de la intelectualidad francesa del periodo. Al final de su vida se defendía de la acusación de mundanidad: "Mi vida sacerdotal ha sido muy activa. He bautizado, casado, predicado, confesado, catequizado... Los lectores deben considerarme un sacerdote a quien gustaba cumplir con su deber y que, en gran medida, lo cumplió".

Llegué así a la errónea conclusión de que Mugnier era solo un testigo privilegiado de un tiempo que podía ser recuperado en un libro a la nostálgica manera de Marcel Proust. Me olvidé de que en medio de las fiestas galantes o de las conversaciones enjundiosas, siguen estando las almas. Bien lo sabía Mugnier, calificado por algunos como el confesor de las duquesas, pues sus inclinaciones intelectuales nunca le hicieron perder su papel de cura de almas.


El abbé Mugnier, de simpatías dreyfusistas, tuvo muy buena relación con el establishment cultural del momento y era considerado el confesor del "todo París".

Me había olvidado de Mugnier hasta que unos meses leí la noticia de que los obispos franceses habían aprobado la apertura de la causa de beatificación de Marie Rouget, una escritora de poesía religiosa conocida por el seudónimo de Marie Noël, galardonada con numerosos premios y que vivió prácticamente toda su vida a la sombra de la catedral de la localidad borgoñona de Auxerre.


La correspondencia entre Noël y Mugnier (publicada bajo el título Muy a menudo me siento triste con Dios, buen reflejo de las inquietudes de la escritora) incluye casi doscientas cartas a lo largo de veinticinco años.

Enseguida se publicó la correspondencia entre Mugnier y Marie Noël, y ese libro me ayudó a comprender la inestimable caridad en la dirección espiritual de aquel sacerdote, que busca en todo momento descomplicar a un alma que se agita en las tinieblas de la duda y de los escrúpulos de conciencia. Marie Noël cree que debe incluso abandonar su oficio literario, pero Mugnier le insiste para no hacerlo. Su lugar no es el claustro carmelitano, como ella deseaba en ocasiones, sino el mundo exterior, el de la gente corriente o el de los círculos intelectuales. Mugnier insiste a la escritora que no debe oponer la fe a la razón. Ambas son aliadas, pero a la vez le recuerda que dicha alianza se lleva a cabo laboriosamente, por no decir dolorosamente, en muchas almas.



El desgarramiento interior de Marie Noël es perceptible un día en un andén del metro de París en el verano de 1935. Lo cuenta en una carta a su director. Cuando la escritora sale de una gran exposición de arte italiano, desde Cimabue Tiépolo, en el Petit Palais, se introduce en una estación de la actual línea 12 del metro, llamada hoy Champs Elysées-Clemenceau. Observa que a la entrada de dos túneles opuestos aparecen dos carteles indicadores. Por un lado, Montparnasse. Por el otro, Montmartre. Escribirá lo siguiente: «De un lado, el monte de Apolo, de las musas, de los placeres; del otro el monte de los mártires, de las renuncias y de las cruces, de un lado el paganismo y de otro el cristianismo. Estoy en el andén. Es necesario elegir. Y eso me ha dejado por el momento perpleja. Lo que yo hubiera querido es ir en las dos direcciones a la vez».


He aquí la disyuntiva que aún hoy puede planteársele a un viajero reflexivo, como era en 1935 la poetisa y tal vez un día santa.

Surge aquí la eterna división, que ha atormentado y sigue atormentado a muchos cristianos. Separar la fe del mundo en que uno vive, incluso despreciarlo para no contaminarse y refugiarse en unas prácticas de piedad en busca de consuelo. Es la solución más fácil, sobre todo en tiempos de crisis cuando el cristianismo parece estar olvidado y cuestionado.

La respuesta de Mugnier a Marie Noël no deja lugar a dudas: «¡Montparnasse y Montmartre! ¿Por qué crear oposiciones cuando es posible una síntesis? El agua es hermana del fuego. San Francisco cantó al uno y a la otra: “Mi casta hermana agua” y el himno al sol. Cristo ha dicho: “Soy la vida y he venido a traer vida”…». ¿De qué tener miedo?, le está diciendo su director espiritual a la escritora. Además aquel verano, Marie Noël ha sido llamada a disertar sobre la poesía de Víctor Hugo en la antigua abadía borgoñona de Pontigny, sede de unas jornadas que reúnen anualmente a las mentes más brillantes de aquel tiempo.


La abadía cisterciense de Pontigny se fundó en 1144 y fue cerrada por la Revolución Francesa. El complejo incluye la mayor iglesia cisterciense del mundo, desde 1954 convertida en catedral de la prelatura de la Misión de Francia.

Algunas de estas personalidades son reconocidos ateos y Marie Noël tiene miedo de perderse en su compañía, pues piensa que su fe es poco segura y puede ceder fácilmente a sus argumentos. Ella no se considera precisamente un Jesús entre los doctores. Sabe que le hablarán de poesía, religión y mitos, y lo entremezclarán todo. ¿Por qué arriesgarse a ir a Pontigny? ¿No es mejor quedarse a solas con sus poemas? También en esto la tranquiliza Mugnier: «Vaya a Pointigny sin temor. David no tenía miedo de Goliath. Todos esos que usted toma por grandes mentes no tienen ni un átomo de su inspiración. Solo repiten».

El consejo de Mugnier sigue estando vigente: ¿Por qué hay que elegir entre Montparnasse y Montmartre? La fe no tiene miedo. No huye de la razón. ¿Por qué, como me dijo un amigo, no me puede gustar a la vez le chapelet (el rosario) y Le Chatelet (el teatro musical de París)?