SOBRE LA VOCACIÓN Y EL AMBIENTE FAMILIAR




Dios fue preparando el alma de la autora mucho antes de la llamada. Una familia cristiana, prácticas de piedad, respeto a la libertad, el ejemplo de su abuela… Y cuenta el “detonante” de su vocación y el proceso, con oración, acompañamiento y la Virgen.
 Mariola Borrell Arquitecta y directora de la Asociación Familiar Carena (Barcelona)






 “Cuando pienso en mi vocación no puedo explicarla solo desde el momento en que empecé a planteármela. Sin querer, me voy atrás en el tiempo. Creo que mi vocación, y todas, empiezan mucho antes de que nos demos cuenta”. Mucho antes Hay muchas cosas de antes de ese momento en el que eres consciente de que Dios te pide la vida, que nunca has relacionado y no les das importancia, pero que claramente forman parte del plan de Dios para ir preparando el terreno del alma. En mi caso, y creo que en todos, no se puede pensar en mi vocación sin pensar en mi familia. Tengo la suerte de haber nacido en una familia cristiana en la que me han educado en la fe con mucha naturalidad, libertad y alegría.
No he vivido la fe nunca como una imposición o como algo “que toca”, sino como algo muy desde el disfrute. Por la manera de transmitir la fe de mis padres, siempre he pensado “qué suerte tenemos de vivir cerca de Dios”, ¡qué chollo ser cristiano! Y no es que en casa nos dieran charlas a mis hermanos y a mí, todo lo contrario, me enseñaron a tratar a Dios con mucha naturalidad, como un amigo, como alguien de la familia. Entender a Dios así de cerca… como padre, como amigo, te hace muy libre. Hace que te salga de dentro quererle y vivir con Él. Por poner algún ejemplo: en mi familia el día que había más chuches en todo el año era la noche de Pascua. También en Semana Santa me acuerdo de la típica vigilia de oración ante el monumento la noche del jueves santo. Nunca nos obligaron a ir, solamente oíamos un comentario de mi padre en la cena que decía: “esta noche me iré un rato a hacer vela a la parroquia para acompañar a Jesús, que está muy solo porque sus amigos le han fallado…”. Y claro… ¡todos queríamos ir! No era cuestión de charlas, ni de grandes explicaciones, ni de obligaciones o prohibiciones. Era cuestión de contagio. ¡Yo también quiero! Y allá que nos íbamos de 3 a 4 de la noche… yo solo recuerdo allí dormir todo el rato… pero íbamos: Jesús estaba solo y queríamos estar con él.
Me parece fundamental el papel de la familia en la vocación de cada persona, y en su camino hacia Dios: los niños aprenden a querer al Dios que les muestran sus padres. Y yo tengo la suerte de que me lo enseñaran así, como un regalo. La fe es un chollo y a nuestra familia nos ha tocado la lotería.

Dos ejemplos
Unido a la formación cristiana de la familia, otro punto muy clave en mi vida han sido los testimonios. Tener testimonios cercanos de coherencia, de amor, de santidad, de entrega, de apostolado… con vidas muy normales. Ver en carne y hueso que es real que Dios llena, que Dios hace feliz. Mi abuela, por ejemplo, yo no lo pensaba mucho… pero era un testimonio constante de que vale la pena dar la vida por los demás. Iba a verla una tarde: “¡No sabes lo que me ha pasado! Llevaba el coche lleno de naranjas y yogures que iban a tirar en el supermercado para llevarlo a los comedores de los pobres, y me ha parado la poli… ¡casi me meten en la cárcel!”, contaba partida de la risa.
La teoría la escuchas, pero la vida se te queda grabada, y ver la alegría profunda y contagiosa de la vida entregada, marca. Unos años más tarde, mi tía más joven dejó a medias la carrera de medicina para irse al convento. Otro impacto. ¡Lo deja todo por Dios! Y la íbamos a ver y todas las monjas jóvenes y simpáticas y con una alegría contagiosa. Otro toque: la felicidad de la vida de entrega en carne y hueso. Y así en otros miembros de la familia, en amigos, en personas cercanas…
Y yo con una vida muy normal, muy feliz, con amigos, planes, moto, buenas notas… Un par de tardes a la semana iba, como otras amigas mías, a un centro del Opus Dei donde estudiaba y recibía formación cristiana. Empecé a ir… porque me parecía divertido lo que se hacía allí… y, al descubrir que aquello no era un centro de actividades extraescolares, sino que era una familia, empecé a ir con más frecuencia y a tomarme en serio la formación que allí se daba: amor a la Eucaristía, al Papa y a la Iglesia, sentido de la lucha, de la gracia, necesidad de los sacramentos…
¡Necesitamos formación! Vamos creciendo y se nos van explicando las matemáticas, la historia y la lengua de manera cada vez más completa… y necesitamos que la fe también se nos explique con más profundidad, que no nos quedemos con la catequesis de primera comunión. Si tuviera que resumir la formación que recibí esos años en una palabra diría “oración”. A mí, lo que me enseñaron en ese centro de la Obra fue que mi vida cristiana no es hacer cosas, no es cumplir mandamientos. Mi vida cristiana es una relación personal de amor con Dios. Dios y yo. Yo y Dios. Y cuando uno empieza a tener una relación personal con Dios, a tener intimidad con Él… la vida cristiana se transforma. ¡El Papa Francisco no para de decirlo! “La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. […] Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo”.

El “detonante”
Con estos ingredientes, sin saberlo yo, mi alma estaba “en onda”. Un alma que vive la fe con alegría, confianza en Dios y como un trato personal con Él, intimidad con Él… está abierta a la acción del Espíritu Santo. Pienso que la formación de la gente joven debería ir por aquí: mostrar la belleza de la fe y la persona de Jesús. Cuando un cristiano descubre la grandeza de su religión y descubre que a quien sigue, el protagonista, es una persona viva, no un personaje histórico muerto o una ley o un libro… ¡qué cambio! Los jóvenes conectamos con lo grande, con la belleza. Ver la fe así nos impulsa a quererla con mucha libertad y mucha alegría.
Dios nos prepara desde que nacemos para lo que Él quiere, pero siempre se sirve de algo concreto para tocarnos el corazón y hacernos pensar en qué quiere de nosotros. En mi caso este “detonante” no lo tengo muy claro… una suma de todas estas cosas, conversaciones que me hacían pensar, un viaje a Roma en el que descubrí lo que era el Opus Dei… y un toque: fue en primero de bachillerato. Escuché una conferencia de un periodista, que habló de muchas cosas muy interesantes… y, entre muchas otras cosas, dijo que había entrevistado a Juan Pablo II. Dijo que “cuando lo miraba a él, no le veía a él, veía al Señor. Tenía una mirada sincera, transparente, una mirada feliz. Era como si miraras el Cielo”. Nada más. No dijo nada más ese periodista, pero a mí, esas palabras me tocaron. Me impactaron mucho, y es que Dios se sirve de cualquier cosa para hacernos entrar en honda. Yo quiero –pensaba-.
Me atrajo muy profundamente. No pensaba con mi cabeza en entregarme a Dios, ni en plantearme nada, era como algo muy de fondo, desde dentro del alma: “Yo quiero que por mi vida, por mi mirada, mi actitud profunda, alegre… muchas almas deseen vivir cerca de Dios, ¡quiero que Dios pueda utilizar mi vida!”. Quiero. No sé por qué le he llamado detonante… pero el detonante hace eso: abre el corazón. De repente me hizo ver mi vida en un panorama inmenso. Y un deseo grande de que Dios pudiese hacer lo que quisiera conmigo.
Enseguida, rezando, en mi rato a solas con Dios, me di cuenta de que estaba Él detrás. ¿Me estás pidiendo la vida, en serio? ¿A mí? ¿Ahora? Miedo. Vértigo. Claro… este panorama inmenso, este horizonte… atrae pero, a la vez, da vértigo. Son sentimientos encontrados. Quiero que Dios se sirva de mi vida… quiero ser suya. Y a la vez… “¡uuuuy, pero yo no quiero dejar mi vida feliz, tranquila… no quiero dejar mis planes, mis amigos, mi comodidad, mi moto…!”. El miedo en realidad salía de ahí, de que te das cuenta de que estás entrando en terrenos movedizos, que vas a perder la comodidad, la seguridad, el control. Mi vida planeada, controlada. Mi sueño de casa perfecta.
En mi cabeza, el Opus Dei era una casita donde vivían cinco numerarias. Gente muy buena, que ayudaba a mucha gente, a mí también… pero ya. Tenía una visión muy pequeña de la Obra. En Roma, en una convivencia, unas semanas antes, me había dado cuenta de que el Opus Dei era mucho más. En Roma vi que la Obra eran esas cosas que yo había visto en casa (amor a Dios, confianza en Él, amor a la libertad, alegría, apostolado) en versión “revolución universal”. Vi a gente de todos los colores, razas, trabajos, estudios… ahí, al lado del Papa, en el Vaticano. Veía que la Obra era universal… y, a la vez, muy familia. Gente en todo el mundo dispuesta a vivir solo para Dios y para acercarle almas. Cada uno desde su sitio pequeño. Cada uno desde su trabajo, desde su carrera, desde su lugar… transformando el mundo. Me impactó –no fui consciente hasta al cabo de unos días– ver que la Obra era algo tan normal y a la vez tan de Dios. Cuánta gente pequeña, corriente… enamorada de Dios en tantos rincones del mundo.

Con tres palabras
Del proceso vocacional podría escribir páginas y páginas, porque, aunque solo fueron unos meses, pensé y recé muchísimo. Podría resumir esos meses en tres palabras: oración, acompañamiento, la Virgen.
Oración. Fueron meses de mucha oración, de mucha intimidad con Dios. Jesús habla. Habla de verdad cuando el alma está dispuesta a escucharle… Los meses de discernimiento fueron meses de mucha oración. Sagrario. Cara a cara con Dios. Sabía que era un tema entre Él y yo, y que en el sagrario encontraría la solución, la respuesta sobre lo que tenía que hacer… y las fuerzas para hacerlo.
Acompañamiento desde la libertad. Agradezco muchísimo a las personas que me ayudaron en esos meses a ir discerniendo lo que Dios me pedía. Sus consejos siempre me llevaban a Dios. El resumen de nuestras conversaciones siempre era rezar más, siempre era un “es algo entre Dios y tú”, que me hacía sentir muy libre. Esas conversaciones me llevaban a dar pasos de amor a Dios, me enseñaban cómo poner medios para estar abierta de verdad a lo que el Señor quisiera. Y ya está. Luego en el terreno de juego, Jesús y yo. Doy gracias por haber tenido al lado a personas muy pacientes y muy sobrenaturales. Ver su paciencia, su cariño y su vida interior, me llevaba a tenerles mucha confianza, y a exponer con sinceridad lo que veía en la oración, lo que pensaba. La Virgen. Siempre tiene que ver con todas las vocaciones…, pero no me quiero enrollar.

En el Evangelio
Después de meses de oración, de dirección espiritual, de muchas historias… llegó el verano. Y en el mes de julio me confesé con un sacerdote que no conocía de nada. No sé por qué, pero después de la confesión estuvimos hablando un poco, y de repente me vi contándole mi vida: hace meses que estoy rezando este tema, no sé por dónde seguir, quiero pero no quiero, mis miedos… Él me escuchó en silencio, y después de todos mis líos, me dijo: “La respuesta de todo está en el Evangelio. Has rezado con Juan 6, 1?”. “No, la verdad es que no sé qué es Juan 6, 1…”.
Salí del confesionario y cogí un Evangelio. La verdad es que esperaba que fuera la escena del joven rico o de la vocación de San Mateo… y me sorprendió ver que era la multiplicación de los panes y de los peces. ¡Me encanta! Nada de evangelios de vocaciones o de jóvenes que se marchan tristes porque no se han entregado. Me metí en la escena… y me gustó mucho, pero no entendía qué tenía que ver con mi crisis. La leía una y otra vez, y nada.    Volví al confesionario. “Mossen, no entiendo: ¿panes y peces?”. Y aquel sacerdote desconocido, el Espíritu Santo a través de él, claro, de repente, dio en el clavo: “A veces Dios pide… pide todo. Y no entendemos. Pero Jesús no nos quiere quitar los panes, no nos quiere quitar la vida para quedársela Él, en plan egoísta. Él ve una multitud hambrienta… y, como tú estás cerca, te dice: ¿me das? No te quiere fastidiar, no te quiere quitar, dejar sin nada. Quiere que se lo des para multiplicarlo… para dar a todos, y para darte también a ti. Mira, al final del evangelio lo dice: sobraron tantos que llenaron doce cestos… Dios no quita nada. Jesús solo busca almas que quieran fiarse de Él... y, si le dejas, con tu vida, hará muchos milagros: alimentará a mucha gente y también a ti”. Me encanta que el Papa Francisco haya propuesto el Sínodo sobre los jóvenes y el discernimiento vocacional, ya que los jóvenes no son solo el futuro de la Iglesia, sino que ya son el presente. Tengo ocasión de trabajar con mucha gente joven y disfruto viendo que estos conectan con Cristo, con la Iglesia, con los grandes ideales... cuando se los sabemos mostrar tal cual son, sin “maquillarlos”... y cuando se los mostramos con autenticidad: con nuestra vida y con nuestra alegría.
[Especial Jóvenes y vocación — Julio-Agosto 2018 — PALABRA]