COLABORAR CON LOS PLANES DE DIOS


Trabajar la confianza (VIII):
Dios ha elegido a mi hijo
Dios tiene un plan para cada uno, nos llama a todos. La familia cristiana tiene el desafío de acompañar a cada uno en ese discernimiento del plan de Dios. 
Octavo vídeo de la serie “Trabajar la confianza”.
14 Enero 2019

Todos tenemos vocación, luz de Dios para ver nuestra vida en diálogo con sus propuestas y fuerza para lanzarnos con entusiasmo a la misión y la santidad. San Josemaría lo describe así: “Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación” (Carta 9-I-1932).
La familia cristiana es el contexto donde nace y se desarrolla la vocación de cada uno, y padres y madres están llamados a acompañar a los chicos en este camino de descubrimiento del proyecto de vida.
Frecuentemente la decisión de uno de los jóvenes de entregar la vida a Dios es una alegría para la familia, aunque puedan surgir las lógicas dudas e inquietudes. Otras veces puede ser una sorpresa e, incluso, motivo de disgusto. Por esto, siempre acompañar y aceptar la vocación de un hijo o hija suele ser un gran desafío para las familias.
Cuando Dios llama a nuestros hijos a vivir un camino de entrega a través de una vocación específica, se plantean numerosos interrogantes: ¿Estará tomando la decisión correcta? ¿Y si se equivoca? ¿Tiene la madurez suficiente para elegir este camino? ¿Será consciente de que no tendrá una familia? ¿Y si se trata de una ilusión romántica pasajera? Cuestionamientos propios de quien ama profundamente a su hijo o hija y desea con todo su corazón cuidarlo y protegerlo siempre.
Querer a los hijos, implica querer su libertad. Pero eso, implica también correr un riesgo, exponerse a la libertad de los hijos de manera que ellos, junto con Dios, sean los verdaderos diseñadores de su camino hacia la santidad.

Preguntas para el diálogo:
§  ¿Conozco a mis hijos, sé qué cualidades tienen y en qué puntos deben mejorar? ¿Les ayudo en su formación para que vayan creciendo poco a poco en las virtudes que más necesitan?
§  Los padres y madres están llamados a acompañar a los hijos en su camino de descubrimiento del proyecto de vida, ¿procuro dedicar tiempo a tener conversaciones con mis hijos sobre sus aspiraciones, deseos, proyectos de futuro? ¿Conozco el corazón de mis hijos? ¿Sé dónde está, en qué lo tiene puesto?
§  Las decisiones de los hijos cuestionan los propios paradigmas, ¿Estoy dispuesto a poner de lado mis propias expectativas respecto al futuro de mis hijos y ayudarlos a descubrir y abrazar con libertad el camino concreto para realizar el proyecto de vida que Dios ha querido para ellos?
§  Aunque tenga mis propios miedos y dudas respecto a la elecciones de futuro que mis hijos hagan, ¿intento estar abierto y superarlos, comprendiendo también que la juventud es la edad propicia para tomar decisiones audaces?
§  Asegúrate de que tú y tu cónyuge compartís las mismas ideas sobre el respeto por la libertad de los hijos en sus opciones de vida.
§  Pensad juntos cómo acompañar a los chicos en este camino de descubrimiento del proyecto de vida: cultivar la piedad y la vida de oración, entusiasmar con la ilusión de formar una familia cristiana, fomentar el cariño por los sacerdotes y las personas que entregan su vida a Dios en el celibato, crear un ambiente de generosidad y preocupación por los más necesitados, rezar por la vocación de vuestros hijos e hijas.
§  Si tienes preguntas sobre un determinado camino o vocación, pregunta a un referente de la institución, el sacerdote de la parroquia, etc.
§  Si tu hijo o hija está indeciso respecto a su futuro, muéstrale la confianza que tenéis en él y ayúdale a ver que Dios nos acompaña siempre en el camino de nuestra vida.

Propuestas de acción
- Escucha atentamente las razones que han llevado a tu hijo a seguir un cierto camino de formación y no te apresures a dar tu opinión. Más tarde, cuando hayas pensado sosegadamente en lo que tu hijo se ha propuesto, podréis hablar con calma del asunto.
- Si tu hijo o hija ya ha descubierto su vocación, vuestra labor de padres sigue siendo importantísima: se trata de seguir acompañándolo en toda su vida de entrega a Dios, en las distintas etapas y procesos, ayudándolo a vivir su vocación como su camino de realización y plenitud. Demostradle confianza en sus capacidades, dándole los instrumentos necesarios para que crezca y madure, en un clima de auténtica libertad.

Meditar con la Sagrada Escritura y con el Catecismo de la Iglesia Católica
§        Entonces Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Mujer, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Gen 2, 21-24.
§        Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. Y yo dije: ¡¡Ah! ¡¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Jer 1, 4-9
§        Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios: a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro; a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron a casa. Mc 3, 13-19
§        El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27)
§        La vocación depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo El puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda criatura (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1998)
§        La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida cristiana de acuerdo con el Evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios (Cf Lumen gentium, 11). (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2226)
-Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: (Cf Mateo 16, 25) «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10, 37). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2232)

Meditar con el Papa Francisco
§        Pidan conmigo por los jóvenes, para que sepan responder con generosidad a su propia vocación, y movilizarse por las grandes causas del mundo. (Intención de oración del papa Francisco de abril 2017)
§        También en estos tiempos inquietos en que vivimos, el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, nos llama a la alegría. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchardiscernir vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad. (Mensaje del Santo Padre Francisco para la 55 Jornada mundial de oración por las vocaciones)
§        En la base de discernimiento podemos identificar tres convicciones, muy arraigadas en la experiencia de cada ser humano releída a la luz de la fe y de la tradición cristiana. La primera es que el Espíritu de Dios actúa en el corazón de cada hombre y de cada mujer a través de sentimientos y deseos que se conectan a ideas, imágenes y proyectos. Escuchando con atención, el ser humano tiene la posibilidad de interpretar estas señales. La segunda convicción es que el corazón humano, debido a su debilidad y al pecado, se presenta normalmente divido a causa de la atracción de reclamos diferentes, o incluso opuestos. La tercera convicción es que, en cualquier caso, el camino de la vida impone decidir, porque no se puede permanecer indefinidamente en la indeterminación. Pero es necesario dotarse de los instrumentos para reconocer la llamada del Señor a la alegría del amor y elegir responder a ella.” (Documento preparatorio Sínodo: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional)
§        Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. (Es Cristo que pasa, 27)
§        El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir —más que enseñar— esa piedad a los hijos. (Conversaciones, 102)
§        Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal. (Conversaciones, 104)
§        Los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional. (Conversaciones, 104)
§        El servicio vocacional ha de ser visto como el alma de toda la evangelización y de toda la pastoral de la Iglesia. Fiel a este principio no dudo en afirmar que la pastoral vocacional no se puede reducir a actividades cerradas en sí mismas. Esto podría convertirse en proselitismo, y podría llevar también a caer en «la tentación de un fácil y precipitado reclutamiento» (Juan Pablo II, Exhort. ap. Vita consecrata, 64). La pastoral vocacional, en cambio, ha de colocarse en estrecha relación con la evangelización, la educación en la fe, de forma que la pastoral vocacional sea un verdadero itinerario de fe y lleve al encuentro personal con Cristo, y con la pastoral ordinaria, en especial con la pastoral de la familia, de tal modo que los padres asuman, con gozo y responsabilidad, su misión de ser los primeros animadores vocacionales de sus hijos, liberándose ellos mismos y liberando a sus hijos del bloqueo dentro de perspectivas egoístas, de cálculo o de poder, que muchas veces se dan en el seno de las familias, aun aquellas que son practicantes ( Mensaje Papa Francisco a los participantes en el Congreso internacional: “Pastoral vocacional y vida consagrada. Horizontes y esperanzas”).

Meditar con San Josemaría
§  Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable. (Es Cristo que pasa, 27)
§  El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir —más que enseñar— esa piedad a los hijos. (Conversaciones, 102)
§  Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal. (Conversaciones, 104)
§  Los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. Unas veces prestarán esa ayuda con su consejo personal; otras, animando a sus hijos a acudir a otras personas competentes: a un amigo leal y sincero, a un sacerdote docto y piadoso, a un experto en orientación profesional. (Conversaciones, 104)

Recursos para seguir reflexionando
§  Serie sobre la vocación: Algo grande y que sea amor
§  Libro “ A mí también me llama ”, José Manuel Fidalgo.