OTRA VEZ HADJADJ


“El declivismo no es más que una tendencia del progresista decepcionado”
9 enero, 2019
Por Anne-Laure Debaecker /
Valeurs Actuelles)

Cuando todo cae bajo la hegemonía de la innovación, un antiguo libro de hechizos encuadernado en cuero, manuscrito en latín, se convierte en algo nuevo y estremecedor. En una antología que reúne las crónicas escritas entre 2015 y 2017, Fabrice Hadjadj, filósofo y director del Instituto Philanthropos, se alza contra el consumismo y el uso de la tecnología que deshumaniza. Con una refrescante capacidad de maravillarse, celebra las alegrías sencillas que, en la vida diaria, a veces se nos escapan. Para concluir el 2018, nos recuerda la importancia de una vida encarnada y arraigada.

El fin de año es propicio para los balances y las perspectivas. ¿Cuál es su opinión sobre el año 2018?
            No soy muy sabio, por lo que no puedo emitir juicios finales sobre el tiempo. Además, creo en la parábola del trigo y la cizaña, lo que no arregla las cosas, porque ambos siempre crecen juntos, de manera inextricable, para bien o para mal. Lo peor a partir de lo mejor, como dice el antiguo refrán: Corruptio optimi pessima La corrupción del mejor produce lo peor»). Lo que me lleva a una posición que podríamos calificar de «óptimopesimista». Además, me gusta mucho esa particularidad gramatical de la lengua aymara (que aún se habla en la zona del lago Titicaca) según la cual el pasado está delante nosotros y el futuro, detrás. ¿Es porque el pasado ya ha sucedido y lo podemos ver como un panorama, o porque caminamos hacia él y el sentido de todo lo que ha pasado se nos da sólo al final de todo, antes de la caída de la historia? Probablemente es así porque el futuro nos persigue y hay que correr deprisa, amigo…

Usted considera que el declivismo no se opone al progresismo. ¿Por qué?
            El declivismo no es más que la tendencia del progresista decepcionado. El que dice «antes era mejor» está bastante de acuerdo con el que dice «irá mejor después» y que rechaza el hoy en toda su miseria y su milagro. Y, además, si sigo creyendo en el trigo y la cizaña, en el progreso y el declive, el bien y el mal, aquí abajo, crecen juntos. Cuanto más subimos, más dura es la caída. Cuanto más amamos, más profunda es la herida. Es la razón por la que algunos preconizan el desapego o la burla. De ahí la proliferación de antihéroes decepcionados en las novelas contemporáneas. Yo propongo, más bien, lanzarse de lleno en el drama de la vida, algo parecido a una ingenuidad apocalíptica. La noción de apocalipsis hace referencia, a la vez, a la catástrofe y a la revelación en el seno mismo de la catástrofe. En un mundo devastado, la más pequeña brizna de hierba es una maravilla y la más pequeña mano caritativa es mesiánica. Lo que quiero decir es que el más mínimo destello revela y rechaza, al mismo tiempo, las tinieblas.

¿Qué opina usted del movimiento de los «chalecos amarillos»? ¿Están, como Rousseau, en su «camino de Vincennes»?
            En el camino de Damasco, Saulo fue arrojado a tierra y descubrió su pecado gracias a la voz que le dijo: «¿Por qué me persigues?». En el camino de Vincennes, cuando iba a visitar a Diderot a la prisión, Rousseau también es derribado y descubre, no su pecado, sino el pecado del «sistema», y no a través de una voz, sino en una visión en la que «el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que le corrompe». Sin duda hay que criticar al sistema, pero de aquí a imaginarse que todo irá mejor cuando estemos en un sistema diferente… Este fue el gran problema de la Revolución francesa, que empezó con buenas intenciones y acabó en el Terror y, después, en el Imperio.
            A decir verdad, siento mucha simpatía por los «chalecos amarillos», cuyo símbolo es esta nueva prenda con la que intentamos que nos vean en una carretera por la que pasan los coches a toda velocidad: una visibilidad entre la avería y la amenaza -la avería del propio coche y la amenaza del coche del otro-, en la que las tiras reflectantes intentan prevenir el accidente fatal devolviendo la luz a quien lo puede causar… Sin embargo, bajo este uniforme es un movimiento muy heterogéneo, en el que cada persona puede hacer su pequeño ejercicio de ventriloquia para que hable de manera unívoca. Porque no sólo los alborotadores pueden aprovecharse de él, sino también los ideólogos: unos hablan de hartazgo fiscal, otros de democracia directa, los terceros de inmigración, los cuartos de un Estado providencia más eficaz… Tal vez empezó a causa de la subida de la tasa sobre el carburante, pero podemos ver claramente que lo esencial no es esto, que lo esencial es prepolítico (de ahí la fácil recuperación política), es la recuperación de una economía local, el simple deseo de tener un hogar donde vivir en familia y acoger a los amigos y vecinos.
            Martin Heidegger decía que la mayor angustia de nuestra época era la Heimatlösigkeit, que no hay que traducir como «desarraigo», sino como «pérdida de la vivienda» o del «hogar», algo de lo que pueden regocijarse sólo los brillantes individuos de la jet society, para los que el hogar es un arcaísmo ridículo. Chesterton ya lo observó en su ensayo Lo que está mal en el mundo«Por primera vez en la historia, el hombre, que desde siempre había perdido su camino, ahora ha perdido su dirección». Creo que este deseo fundamental de tener una dirección, de poder vivir en algún lugar, es el corazón de la reivindicación de los «chalecos amarillos» que, para reunirse, sólo tienen las rotondas y las barreras.