EL IESE y la función social de la empresa


El IESE y la función de la empresa en la sociedad
“La empresa es una comunidad de personas que sirve a otras personas dentro de una sociedad de personas. Solo después de considerar esto tienen cabida los capitales, las instalaciones, la tecnología y las realidades jurídicas”. Así lo ha recordado el Gran Canciller de la Universidad de Navarra, Mons. Fernando Ocáriz, durante su visita hoy al campus del IESE en Barcelona para participar en el congreso académico “La empresa y sus responsabilidades sociales”, que conmemora los 60 años del IESE.
5 de Julio de 2019


Participar en este Congreso, que cierra los actos de celebración del sexagésimo aniversario del IESE, es ante todo para mí motivo de alegría y ocasión de manifestar, una vez más, mi agradecimiento a san Josemaría Escrivá de Balaguer, que fue instrumento de Dios para promover esta iniciativa. Mi agradecimiento va también a todas las personas que han contribuido en el pasado y contribuís ahora a hacer de aquella iniciativa una Escuela con prestigio e impacto, que son una prueba del servicio que presta a la sociedad.
Al felicitar hoy al IESE, extiendo mi felicitación también a todas las Escuelas que siguen su ejemplo, llevando sus mensajes por todo el mundo, cada una con las peculiaridades que sugiere su entorno geográfico y social, y con la configuración que, libre y responsablemente, le dieron sus fundadores y le siguen dando hoy sus directivos, profesores y empleados, una representación de los cuales nos acompañáis hoy. Me uno de un modo especial a unas palabras que transmitió al IESE el anterior Prelado del Opus Dei, Monseñor Javier Echevarría, refiriéndose al trabajo que se realiza en el IESE y en los centros inspirados en el modo de hacer del IESE: "Se ha demostrado y se demuestra una tarea muy necesaria en el actual contexto histórico, y lo será siempre. Porque también en este sector de la actividad profesional, los cristianos han de ser y comportarse como sal de la tierra y luz del mundo (cfr. Mt 5, 13-14)”[1].

Los orígenes del IESE
Sesenta años son ya una edad considerable, también para una institución académica que tiene vocación de permanencia, que es algo muy distinto de la repetición monótona de las mismas cosas a lo largo del tiempo. Desde aquel primer programa de formación de directivos que comenzó en noviembre de 1958, el IESE ha experimentado notables cambios. Algunos se aprecian en sus edificios y en los recursos materiales, en la estructura, en las personas, en las estrategias y en las políticas, y se han traducido en resultados de mejora profesional, humana y social para los miles de mujeres y hombres que han pasado por sus aulas y se han beneficiado de la huella profunda y fecunda que el IESE ha dejado en la sociedad.
Lo que movió al fundador del Opus Dei a promover la creación del IESE fue, precisamente, el deseo de dejar esa huella en la sociedad. El profesor Francisco Ponz, que fue Rector de la Universidad de Navarra y que vivió en Barcelona en los años cuarenta, contaba que en sus viajes a Barcelona en aquellos años san Josemaría "comentó alguna vez el interés apostólico de mejorar la formación y la vida cristiana de tantas personas que en Cataluña se ocupaban de dirigir empresas de todo tipo(…). Hacía ver la trascendencia espiritual y social que tendría el que quienes tenían la responsabilidad en la promoción, dirección y desarrollo de empresas fueran cristianos ejemplares y actuaran en todo conforme a su fe, con buen criterio profesional y cristiano, de acuerdo con las enseñanzas y los principios morales de la Iglesia, con espíritu de servicio hacia sus empleados y obreros y hacia la sociedad en general, sin dejarse arrastrar por ambiciones meramente humanas, por el simple anhelo de un enriquecimiento material”[2].
He querido recoger esta larga cita, porque sirve muy bien para introducir el tema que me ha sido propuesto desarrollar aquí: El IESE y la función de la empresa en la sociedad. Lógicamente, no voy a tratar aspectos técnicos de este tema, que no son de mi competencia y en los que vosotros sois los expertos. Quiero hacer, en cambio, algunas reflexiones, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, al hilo de la Doctrina Social de la Iglesia, de acuerdo con la declaración de misión del IESE: formar “líderes que se esfuerzan por tener un impacto profundo, positivo y duradero en las personas, las empresas y la sociedad a través de la excelencia profesional, la integridad y un espíritu de servicio”[3].

La empresa
Ya desde los orígenes de la Escuela, su misión concebía a la empresa no solo como un capital que trata de generar un rendimiento, ni como unas instalaciones que dan trabajo a unas personas, ni siquiera como un proyecto que presta servicios a los consumidores y a los trabajadores, sino sobre todo como una comunidad de personas, anticipándose de alguna manera al Concilio Vaticano II que, al fundamentar toda la actividad económica en la centralidad de la persona humana, afirmaba que “en las empresas económicas son personas las que se asocian, es decir, hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios” (Gaudium et spes, n. 68). Unos años después, san Juan Pablo II explicaba en la Encíclica Centesimus annus que la “finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera” (n. 35).
La empresa es, pues, una expresión de la sociabilidad de la persona, que necesita la relación con otras personas para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales, para dar sentido a su trabajo, para prestar un servicio a los demás y a la sociedad y, en definitiva, para conocerse a sí misma y alcanzar así su plenitud como persona y como hijo de Dios. Con palabras de Benedicto XVI, “la criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios” (Caritas in veritate, n. 53). Como dice un reciente documento de la Santa Sede, “toda empresa es una importante red de relaciones”[4]: relaciones, en primer lugar, orientadas hacia adentro, hacia la intimidad de la organización, y luego volcadas hacia el exterior, hacia los clientes, proveedores, inversores y la sociedad en general. La empresa es una comunidad de personas que sirve a otras personas dentro de una sociedad de personas; solo después de considerar esto tienen cabida los capitales, las instalaciones, la tecnología y las realidades jurídicas.
De aquella sociabilidad y carácter relacional se deriva la misión externa de la empresa: la satisfacción de necesidades de otras personas, primero mediante la producción de bienes y servicios, pero también de otras muchas maneras, como la innovación y la creatividad, el desarrollo de una cultura de trabajo y servicio, el cumplimiento de los deberes fiscales y sociales, el ejemplo de una dedicación al servicio y tantos otros, que muestran que la empresa es, en definitiva, una gran transformadora de la sociedad, para bien, o para mal.
La función de la empresa pasa, pues, por la libertad y la capacidad creativa de las personas, de sus propietarios y directivos primero, pero también de todos los hombres y mujeres que se unen para sacarla adelante como empleados, proveedores, distribuidores y colaboradores externos. Porque esa función social no se agota en el acto creador, sino que continúa en todas las actividades diarias, en el trabajo, alegre y variado unas veces, monótono y pesado otras, en el esfuerzo continuado y en el ejercicio de las virtudes necesarias para que todo eso se haga realidad cada día.

El trabajo humano
Es evidente que la empresa es un ámbito privilegiado para el ejercicio del trabajo humano. Ciertamente no es el único ámbito donde está presente, porque el trabajo llena también las variadas tareas del hogar, de la política, de las administraciones públicas, de la educación y de tantas organizaciones benéficas y sociales.
Con razón afirmaba san Juan Pablo II que “el principal recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo” (Centesimus annus, n. 32). Esta es una afirmación audaz, que choca con muchas propuestas actuales, quizá bien intencionadas, pero equivocadas o, al menos, incompletas. Unas ponen el acento en la técnica, en la organización, en la eficiencia, en el dinero o en el poder; otras, en cambio, miran con recelo al ser humano como un depredador que pone en peligro la supervivencia de nuestro mundo.
Por el contrario, el Concilio Vaticano II afirma que “la actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues este con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo” (Ibid., n. 35).
La función de la empresa en la sociedad, hay que buscarla en el servicio a la persona, que es a la vez el destinatario, el promotor, el creador y el realizador de todo lo que llevan a cabo nuestras organizaciones. Porque, al mismo tiempo que la persona domina la naturaleza, fabrica cosas y genera riqueza, se hace a sí misma: se realiza y se desarrolla. De nuevo, tenemos aquí todos los componentes de la función social de las empresas: las personas, el propósito u objetivo que las mueve, la dirección del proyecto, y la inserción en el amplio ámbito de la sociedad en la que participan, a la que sirven, de cuyos recursos se nutren y a cuya prosperidad contribuyen. Al considerar el valor central del trabajo de esa persona que es, a su vez, el centro de la empresa y del mercado, san Josemaría proponía descender desde las alturas de la organización hasta la realidad cotidiana de la tarea profesional, para proponer sus tres dimensiones fundamentales: santificar el trabajo, santificarnos en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo (cf. Es Cristo que pasa, n. 45).
“Si queremos de veras santificar el trabajo”, nos decía, “hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural” (Forja, n. 698). Me parece estar oyendo su voz cuando nos decía: “¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: (…) no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto” (Amigos de Dios, n. 47).

La empresa, una realidad positiva
Estas palabras devuelven nuestra atención a esa comunidad de personas que es la empresa. Todos los que acuden cada día a una de ellas lo hacen movidos por motivaciones muy diversas, de las que, a menudo, no son del todo conscientes: tratan de ganarse la vida y sacar adelante a su familia, desean experimentar satisfacciones personales, aprender conocimientos y desarrollar capacidades, disfrutar de oportunidades de carrera, hacer amigos, ayudar a otros, sentirse útiles, colaborar al progreso de la sociedad… Algunas de esas finalidades están incluidas en el contrato laboral, pero otras muchas no. En todo caso, en los puestos de trabajo se produce cada día un continuo trasvase de prestaciones. Se recibe mucho, no solo un salario, una felicitación por el desempeño o unas posibilidades de promoción, sino también conocimientos, capacidades, relaciones, amistades… Y, al mismo tiempo, se da mucho: tiempo, esfuerzo, atención, ilusión, conocimientos, experiencias… Todo eso se da a la empresa y a sus propietarios, pero también a los demás directivos y empleados, a los clientes, proveedores y distribuidores, a la comunidad próxima, a las propias familias y a la sociedad en general… y se recibe todo de ellos. Se dan bienes privados, pero también bienes comunes, que forman parte del bien común de la empresa con la que esta contribuye al bien común de la sociedad, y se reciben bienes privados y comunes, bienes que se crean entre todos, y de los que todos se benefician.
De modo que hasta los más egoístas, que quizás concibieron su trabajo exclusivamente como un medio para satisfacer sus intereses personales, acaban sirviendo a los clientes, ayudando a sus colegas, esforzándose por mejorar el rendimiento de los talentos que Dios les dio… Pero lo importante no son los resultados, sino, sobre todo, el cambio que experimenta cada uno en sí mismo. La empresa es, sin duda, una gran transformadora de personas, como mencionaba antes: para bien, o para mal.
San Juan Pablo II decía que la empresa se configura como una comunidad de personas que participan de un mismo propósito, que es “la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres” que se unen para dar un servicio a la sociedad (Centesimus annus, n. 35). Y los bienes que se generan en esa comunidad humana no son solo los propios de unas relaciones mercantiles, sino que, como sugería Benedicto XVI, “el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria” (Caritas in veritate, n. 36).
Podría parecer que esta es una visión utópica, que las empresas no tienen hoy buena prensa y que los medios de comunicación nos recuerdan cada día sus errores. Hay, desde luego, razones para esa visión pesimista, porque conocemos bien las debilidades y errores de que somos capaces los seres humanos. Pero esta no es la última palabra.
San Josemaría, que conocía muy bien ese ambiente, cuando visitó el IESE en noviembre de 1972 y se reunió con los profesores y el personal, los alumnos y antiguos alumnos, ¿qué les dijo? “A los que tengáis que manejar cuartos, os miran con recelo. Yo no (…) A vosotros os debe la sociedad esa cantidad de puestos de trabajo que creáis. El país os debe la prosperidad. A vosotros os deben, tantas gentes, esta promoción de la vida nacional. Hacéis, por tanto, una labor muy cristiana… Me encanta vuestro trabajo, vuestras tareas, (…) Hijos míos, vuestros negocios están metidos en el Evangelio. El Señor os mira con cariño (…) Yo también os miro a todos con un afecto especial”.
Pero aquella conversación no terminó con esos elogios a los empresarios y directivos, sino que les recordó sus deberes: “No olvidéis -añadía san Josemaría- el sentido cristiano de la vida. No os gocéis de vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados si alguna cosa fracasa”, les decía. O sea, les recordaba que es legítimo tratar de conseguir un rendimiento satisfactorio para el capital, pero evitando siempre la tentación de buscar el dinero, el poder y el éxito personal por encima de todo.
Cuando, en aquella reunión de 1972, un antiguo alumno preguntó a san Josemaría cuál es la primera virtud que ha de esforzarse en adquirir un empresario, respondió inmediatamente, como algo que tenía muy asumido: “La caridad, porque con la justicia sola no se llega (…) La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar”. Y añadió; “pero no hables de la caridad: ¡vívela!”. Unos años después, Benedicto XVI, en la Encíclica Caritas in veritate, se expresaba así: “La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo ‘mío’ al otro; pero nunca carece de justicia (…) No puedo ‘dar’ al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde a él(…) la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón” (n. 6).
Ahora es probable que el lenguaje en el mundo de los negocios sea distinto: la justicia y la caridad han dado paso a la responsabilidad social, la solidaridad y la sostenibilidad. Pero el cambio en la terminología no debe ocultar la realidad. A veces las ideologías y los medios de comunicación quieren presentarnos la moral cristiana como un conjunto de prohibiciones, de cargas, de obligaciones, que acaban ahogándonos. O como algo privado, que cada uno puede vivir en su casa con la puerta cerrada, pero que no debe salir a la calle, porque no tiene cabida en los debates públicos. O se presentan los problemas económicos como algo meramente técnico, al que bastan las soluciones técnicas, sin tener que despertar la conciencia de las personas.
Ahora bien: si la empresa es una comunidad de personas, no es válido juzgarla solo por una parte de sus resultados, solo por aquellos que tienen una dimensión económica, en términos de beneficios, rentabilidad, eficiencia o cuota de mercado. Las personas, lo hemos recordado antes, han de ser protagonistas y destinatarios de las acciones que tienen lugar en las empresas. Hay que considerar ese protagonismo, no en tercera, sino en primera persona, porque nosotros, todos y cada uno de nosotros, tenemos un papel que llevar a cabo en la vida diaria.
Escuchemos de nuevo a san Josemaría: “Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir” (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114).
Ese "algo santo, divino escondido en las situaciones más comunes" es, en su realidad más íntima, el amor de Dios, que nos precede, nos acompaña y nos sigue siempre; es Dios mismo, porque "Dios es amor" (Jn 4, 8). Esa llamada a descubrir en todo el amor de Dios y corresponder a ese amor es, en definitiva, la vocación universal a la santidad, que Dios le había hecho ver en 1928, cuando inspiró el Opus Dei. Él quería que llegase a todos aquel mensaje de san Pablo: “esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (I Tes., 4,3), y esto en el trabajo, en la vida ordinaria, porque “estando plenamente metido en su trabajo ordinario, entre los demás hombres, sus iguales, atareado, ocupado, en tensión -concluía san Josemaría-, el cristiano ha de estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios” (Es Cristo que pasa, n. 65); “solo así podemos emprender esa tarea grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí todo el fermento de la Redención” (Ibid.,183).
Os habréis dado cuenta de que todas estas consideraciones han ido cambiando de nivel. Empezaban tratando de motivaciones económicas, extrínsecas; pasaron luego a otras intrínsecas y sociales, y después se han referido a una dimensión trascendente, que se orienta a los demás y, finalmente, a Dios.
Quizá en los trabajos profesionales los pasos van dirigidos a cumplir con lo previsto en el contrato laboral, para tener derecho a la remuneración concordada, pero pronto se descubre que el trabajo cambia por dentro, genera conocimientos y capacidades, adquiere un nuevo sentido… y se descubre el servicio a los demás, la colaboración en tareas comunes, la conciencia de formar parte de una realidad superior, que, efectivamente, abre nuevos horizontes… hasta llegar a Dios, como fin de nuestra vida.
Vuelvo a otras palabras de san Josemaría, en una homilía que pronunció el 8 de octubre de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: “No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo” (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114).

El directivo cristiano
Pero volvamos de nuevo a esa comunidad de personas que es la empresa, a la que acabamos de presentar como transformadora de la sociedad, porque es transformadora de las personas. Ahora quiero referirme brevemente a vosotros, los alumnos y antiguos alumnos que dirigís esas organizaciones, y los profesores y el personal de las Escuelas, cuya tarea principal es formar y desarrollar las capacidades, conocimientos y virtudes de los que las dirigen esas empresas.
Tomaré como punto de partida unas palabras del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que dice así: “El papel del empresario y del dirigente revisten una importancia central desde el punto de vista social, porque se sitúan en el corazón de la red de vínculos técnicos, comerciales, financieros y culturales, que caracterizan la moderna realidad de la empresa” (n. 344). A primera vista, parece que se trata de un enfoque eminentemente técnico, pero inmediatamente invoca la responsabilidad de esas personas y, especialmente, el cuidado de las personas. El Papa Francisco lo expresa de manera más directa: “La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida; esto es que le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo” (Evangelii gaudium, n. 203).
¿Cuál es la principal tarea del directivo de una empresa? Perdonad que me inmiscuya en lo que es vuestra tarea. Ciertamente esa tarea es la de convocar, formar, orientar, exigir, animar, cuidar y, en ocasiones, sanar a ese equipo humano que es el que llevará adelante las actividades de la empresa. Naturalmente, una sola persona no puede hacerse cargo de todas estas funciones, a no ser que se trate de una microempresa. Pero sobre todo si se trata de un equipo humano, en el que se reparten las tareas entre todos los directivos, ninguno, por técnico que parezca su puesto de trabajo, puede descuidar su responsabilidad hacia las personas. Desde luego no hay que olvidar otras tareas fundamentales habitualmente encomendadas a un manager, como planificar, organizar, mandar, coordinar y controlar. Pero esas tareas también tienen lugar siempre mediante relaciones interpersonales. La empresa es, en última instancia, un lugar de convivencia, y esta depende de todos, pero principalmente de los que la dirigen. De ahí la necesidad de que los dirigentes tengan muy presente que toda persona es importante, no sólo ni principalmente por lo que aporta a la empresa, sino por lo que es en sí misma. Si esto es así desde una perspectiva simplemente humana, más decisivo es para una perspectiva específicamente cristiana. Y, más en general, con palabras de san Josemaría: “un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no es un hombre o una sociedad a la medida del Corazón de Cristo” (Es Cristo que pasa, n. 167).
Pero, en todo caso, no debemos ser utópicos: el buen directivo tendrá defectos, como todos; cometerá errores, pero deberá reconocerlos y rectificar: volverá a empezar, sin ceder al desaliento. “El cristiano, decía san Josemaría, no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada” (Es Cristo que pasa, n. 75), y actúa siempre con libertad, porque Dios “no desea siervos forzados, sino hijos libres” (Amigos de Dios, n. 33).
Que las personas que desempeñan funciones directivas en la empresa incluyan en su vida una dimensión espiritual, no hay que verlo como el añadido de unas prácticas introducidas en el horario, sino de algo que forma parte de la manera de ser y de actuar de la persona.. Esa dimensión espiritual puede tener aspectos muy variados. Uno, por ejemplo, es la unidad de vida: tener principios y criterios claros de decisión y ser coherentes en su aplicación. Otro aspecto, fundamental para un cristiano, es el esfuerzo positivo por santificar el trabajo profesional: no solo hacerlo técnicamente bien, sino como ofrenda a Dios en servicio a los demás.

El futuro
Pero en un entorno a menudo más bien laicista, en una sociedad que, con frecuencia, solo parece valorar el éxito fácil, la acumulación de riqueza y de poder; en un ambiente individualista, subjetivista y utilitarista, en que la concepción ética dominante lleva, de hecho, al relativismo… ¿hay lugar para una Escuela de dirección que parte de una propuesta de inspiración cristiana como esta? La respuesta es claramente: sí. Y los sesenta años de existencia del IESE son una muestra de cómo una concepción cristiana de la vida es no solo compatible, sino un fundamento excelente para una manera de entender la empresa y su función, que guíe la formación y el desarrollo de directivos que aspiren a la excelencia técnica y también humana.
El IESE, como parte de la Universidad de Navarra, no tiene una concepción propia de las teorías económicas o sociales: hay muchas teorías que son compatibles, en mayor o menor medida, con los supuestos antropológicos y éticos de la Doctrina Social de la Iglesia Católica. En la declaración de misión del IESE solo se afirma que “los valores éticos y morales de la escuela se basan en la tradición cristiana. Estos valores subrayan los derechos y la dignidad intrínsecos de cada persona, que consideramos el eje de cualquier organización y de la sociedad en general”. Y, en otro lugar: “cultivamos la integridad, el espíritu de servicio, la excelencia profesional y el sentido de responsabilidad en las personas que pasan por nuestra escuela”. Estos son valores, fundamentados en la verdad cristiana, pueden ser compartidos por personas de cualquier credo y también por personas sin religión alguna.
En todo caso, el contenido humanístico y ético de lo que se enseña en el IESE no es una alternativa a la calidad profesional que promovéis entre los empresarios y directivos, sino que forman parte de la misma: más aún, la carencia de algunas virtudes y valores puede ser un indicador de una calidad profesional deficiente, cuando esta se trata de medir no solo por los resultados externos (ingresos, beneficios, cifra de ventas, reputación, reconocimiento social, etc.), sino también por los aprendizajes internos (virtudes), su capacidad de transformar a la persona y su influencia sobre otras personas (colegas, empleados, etc.).
Para los que trabajáis ahora en el IESE o en otras Escuelas inspiradas por un ideario como el suyo, y para los que vendrán en los próximos años, os pueden ayudar unas palabras de san Josemaría, dirigidas a la Universidad en general, son plenamente actuales para una institución como el IESE, que forma parte de la Universidad de Navarra. “La Universidad –decía el primer Gran Canciller- no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa. Contribuye así con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante el futuro incierto, a promover –con el amor a la verdad, a la justicia y a la libertad- la paz verdadera y la concordia de los espíritus y de las naciones” (Discurso en Pamplona, 9-V-1974). ¡Qué actualidad tienen esas palabras, pronunciadas hace más de un cuarto de siglo!
Esta es la tarea que os corresponde a vosotros, profesores, directivos y empleados, alumnos y antiguos alumnos del IESE, así como a los que os unís hoy a esta fiesta de aniversario y que desarrolláis vuestra actividad en otras Escuelas y Universidades.
Decía al principio que sesenta años son ya una edad respetable para una institución académica. El IESE ha hecho una buena labor, y os felicito por ella. Pero queda mucho por hacer: nuevas generaciones llegan cada día a vuestras aulas, vuestros programas se multiplican, cada vez abarcáis más países en vuestra actividad, vuestros trabajos de investigación reciben merecidos elogios... Al llegar a este punto, os recuerdo de nuevo lo que san Josemaría dijo a los empresarios y directivos en aquella reunión de noviembre de 1972: “No os gocéis con vuestros éxitos. No os sintáis desesperados si alguna cosa fracasa. No olvidéis el sentido cristiano de la vida”. Es con este sentido, como podréis -podremos- afrontar siempre también el trabajo, "alegres en la esperanza" (Rom 12, 12), como escribe san Pablo a los Romanos.


[1] “Dirigir empresas con sentido cristiano”, en Dirigir empresas con sentido cristiano. Pamplona: EUNSA, 2015, pp. 47-48.
[2]Relación testimonial de Francisco Ponz Piedrafita, octubre de 1998. Francisco Ponz fue Catedrático de Organografía y Fisiología Animal en la Universidad de Barcelona entre 1944 y 1966, y Rector de la Universidad de Navarra desde 1966 hasta 1979.
[4] Congregación para la doctrina de la fe y Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral,Oeconomicae et pecuniariae quaestiones. Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero. 17 de enero de 2018, n. 23.